Pasear a lomos de tigre

En uno de sus relatos, Rudyard Kipling cuenta el episodio de una sonriente dama de Riga que salió a darse una vuelta a lomos de un tigre y concluyó su paseo con la señora en el vientre de la carialegre fiera. Curiosamente, parecida felicidad irradiaban quienes, en esta Diada, se hacían selfies al lado de Otegi -un tigre al que gusta ahora retratarse acariciando mininos como «hombre de paz»- y en la ciudad de la masacre de Hipercor. En su ingenuidad suicida, la amazona de Kipling personifica el error cíclico de muchos gobernantes que piensan ilusoriamente que se puede resolver el «problema insoluble» del nacionalismo haciendo concesiones. Al contrario, a cada consentimiento, nuevas porfías.

Frente a esa fiera en abierta desobediencia e insumisión, cumple la hora de batirse el cobre por parte de un Estado que no puede limitarse a levantar con tomos del Aranzadi una simbólica e impotente Línea Maginot, aquellas fortificaciones infranqueables en la frontera con Alemania que resultaron en la práctica una barra de mantequilla al paso de las tropas nazis. En defensa de la legalidad, debe restablecerse un Estado de derecho seriamente hostigado y burlado, de modo que España toda viva en democracia y con ley, en vez de contra la ley, como si fuera una nación en agitado período constituyente. Ningún pueblo tiene derecho al suicidio porque no se suicida «para él solo», sino que se suicida también «para los demás», como decía Unamuno, y hay que evitar el de Cataluña. Frente al embate secesionista, reforzado por Podemos y por Colau, una vez que a la alcaldesa se le ha caído el disfraz con el que ha reemplazado aquel otro de heroína de cómic, revelando su faz independentista, se arriesga la estabilidad del régimen constitucional.

A veces, la paciencia es más poderosa que la fuerza, pero cuando la primera se agota no hay otro camino que recurrir al segundo frente para quienes no quieren obedecer y honrar la ley, refugio de libertad y de seguridad del gobernado. Habiéndose marchado tanto tiempo en dirección contraria, desandar ese camino va a ser arduo. No en vano, a la dejadez del Estado, entregando la educación al nacionalismo para que este adoctrine a las nuevas generaciones en su credo y en el odio a España, se suma la capacidad soberanista para catequizar a una parroquia resuelta a creer las cosas más inverosímiles, cebando la bomba del agravio y el victimismo.

Con esas armas, el nacionalismo expande un sentimentalismo tóxico. Esa sentimentalidad obra conversiones sorprendentes: bien de dilectos colaboradores del Fraga de los tirantes con la bandera española y puños dispuestos contra reventadores de mítines; bien de conspicuos franquistas prestos a votar sí con el descaro -a la vejez, viruelas- de un adolescente. Pero, ¿qué se puede esperar cuando casi nadie sabe estar en su sitio en este mundo al revés? Y tanto. Ahí está el presidente de la CEOE, Juan Rosell, desmarcándose de la organización que comanda, indignando a los suyos con su equidistancia entre lo que denomina «sumisión total o independencia». Verdaderamente, como dijo Groucho Marx, Rosell no debía pertenecer a una asociación que no sólo lo admite como socio, sino que lo hace su mandamás. Nunca la ambigüedad habría adquirido tales extremos, sino fuera por aquel «español del año» llamado Jordi Pujol, quien se sirvió de su independentismo pragmático para roer al Estado hasta reducirlo a un cascarón vacío. Ahora se recogen los frutos del germen desintegrador de un nacionalismo que, con las ínfulas de querer regenerar España de la mano de Pujol, busca ahora culminar la empresa emprendida por el molt honorable con doblez bien característica.

El nacionalismo no sólo ha pervertido el lenguaje, sino que se siente facultado para erigirse en «Señor del Adjetivo», ese feliz hallazgo de Agustín de Foxá en un artículo –Los cráneos deformados– donde glosa el aserto de un filósofo chino: «Si matas a un hombre, no ha sucedido nada; si alguien te llama asesino, entonces has cometido un asesinato». El Dueño del Adjetivo determina quienes son héroes y quienes criminales, al tiempo que hace enmudecer a sus adversarios

Añádanse a esta suma y sigue las ingentes cantidades destinadas a dotarse de «estructuras de Estado» y a abastecer pródigamente los «fondos de reptiles» con los que granjearse el favor de la prensa y municionar plataformas propagandísticas internacionales, secundando la estrategia de Bismarck de sobornar a la prensa durante la guerra prusiana-austriaca de 1866 y que ha creado escuela. Cifras exorbitantes, en definitiva, para propagar la fe en el futuro Estat català y desacreditar la democracia española, reeditando la Leyenda Negra, cuya última entrega en torno a la pérdida de Cuba forjó al nacionalismo previo a la Guerra Civil.

Con esos aditamentos, minorías activas y altamente movilizadas del independentismo, encuadradas en organizaciones bien pertrechadas, conforman lo que Elías Canetti denomina «masa de acoso», cuya finalidad es la consecución de un objetivo conocido y que se estima próximo. El encaramamiento de esa «masa de acoso» se ve alzaprimado por la incomparecencia de un Estado que, como el elefante de Kipling, se olvidó de su propio poderío.

Su víctima propiciatoria es esa «mayoría silenciosa» no partidaria del soberanismo y a la que se invoca con desespero, pero que ni se expresa ni comparece en el espacio público. Atrapada en una «espiral del silencio» por miedo a apartarse de la opinión dominante para no ser preterida ni excluida, asienta la hegemonía de esas minorías mucho más beligerantes. Merced a ello, la opinión de una parte se toma por voluntad general. En democracia, quien no se expresa no cuenta, es un cero a la izquierda. Políticamente improductivos cual campo en barbecho.

Empero, para evitar la apropiación nacionalista de Cataluña y reconducir la deriva separatista, urge la presencia activa de esa «mayoría silenciosa». El silent, no more del ex primer ministro británico Gordon Brown, apelando a la «mayoría silenciosa» en el referéndum de Escocia de septiembre 2014, es una bandera que nadie alza. Por contra, se idean nuevas regalías para curar las heridas tras el 1-O, a modo de bálsamo de Fierabrás, con lo que España parece condenada a que cualquier fracaso del independentismo termine siendo una victoria postrera de éste. Si se gana, porque abre las puertas a nuevos hitos; si no, porque ese objetivo no se borra de la agenda, y, si se impide un referéndum por ilícito, se trabaja por una nueva mayoría en las Cortes que lo posibilite a medio plazo. Por eso, al 9-N y al 1-O seguirá una tercera intentona, confabulados en que a la tercera sea la definitiva.

Para que ello se consume, es necesario que esa «mayoría silenciosa» fíe sin remedio la suerte de España a políticos sin convicciones que se repartan sus ropas y echan a suertes su túnica. A este respecto, es tremendamente complicado salvar una civilización cuando ésta cae bajo el poder de los demagogos, como avizoró Ortega. Su estupidez resulta más dañina y letal, si cabe, que las fauces del tigre que montó la sonriente dama de Kipling o la maldad intrínseca de declarados terroristas acariciando gatitos en las redes sociales.

Francisco Rosell, director de El Mundo.

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