¿Pasó ya la crisis del euro?

Las crisis financieras tienden a comenzar abruptamente y a terminar sorpresivamente. Hace tres años, la crisis del euro comenzó cuando Grecia se convirtió en motivo de preocupación entre los responsables de la formulación de políticas y en motivo de entusiasmo entre los administradores de dinero. Desde finales del año 2012, prevaleció una especie de armisticio. ¿Significa esto que la crisis ya pasó?

Para los estándares habituales de las crisis financieras, tres años es un periodo largo de tiempo. Un año después del colapso de Lehman Brothers en septiembre de 2008, se había restaurado la confianza en el sistema financiero de los Estados Unidos, y la recuperación había comenzado. Un poco más de un año después de que la debacle del tipo de cambio hubiese provocado la peor recesión en décadas en las economías asiáticas, dichas economías prosperaban nuevamente. ¿Llegó la eurozona, por fin, al punto de inflexión?

Se libraron muchas batallas en el transcurso de los últimos tres años – batallas relacionadas a Grecia, Irlanda, España e Italia, para mencionar los principales países afectados por la crisis. Los guerreros financieros de la Unión Europea se encuentran exhaustos. Los fondos de cobertura primero ganaban dinero apostando a que la crisis podría empeorar, pero luego perdieron dinero apostando a una desintegración de la eurozona. Las autoridades primero perdieron credibilidad por no ponerse a la altura de las circunstancias, y luego la recuperaron en parte cuando adoptaron de manera activa iniciativas audaces. Los datos recientes sugieren que el capital ha comenzado a regresar al sur de Europa.

El actual cambio de percepciones sobre el mercado está también motivado por dos importantes cambios de políticas. En primer lugar, los líderes europeos acordaron en junio de 2012 llevar a cabo una significativa revisión integral de la eurozona. Al embarcarse en una unión bancaria, misma que transferirá a nivel europeo la responsabilidad de supervisión bancaria y, en última instancia, la autoridad para tomar decisiones y recapitalizar, estos líderes mostraron su disposición para abordar una debilidad sistémica en el diseño de la unión monetaria.

En segundo lugar, con el lanzamiento de su nuevo esquema de “transacciones monetarias directas” (OMT, por su denominación en inglés) el pasado mes de septiembre, el Banco Central Europeo asumió la responsabilidad de preservar la integridad de la eurozona. El programa OMT es un compromiso serio, y los mercados lo interpretaron de dicha forma, sobre todo debido a que la canciller alemana, Angela Merkel le dio su respaldo, a pesar de la oposición del Bundesbank. Por otra parte, Merkel visitó Atenas y silenció las voces en su coalición de gobierno que abiertamente pedían la salida de Grecia del sistema del euro.

Sin embargo, desafortunadamente, quedan tres razones para preocuparse por el futuro. Para empezar, la política va a la zaga de la economía, que a su vez está por detrás de la evolución del mercado. Las percepciones en las mesas de dinero en Hong Kong o Nueva York pueden haber mejorado, pero se han deteriorado en las calles de Madrid y Atenas.

En efecto, la situación económica y social en el sur de Europa está destinada a permanecer sombría por varios años. Como están las cosas en la actualidad, todos los países del sur de Europa se enfrentan a la perspectiva de una verdadera década perdida: según el Fondo Monetario Internacional, su PIB per cápita será menor en el año 2017 del que registraron en el 2007. Mientras que no se materialice una mejora económica sostenida, el riesgo político continuará siendo predominante.

La agitación política en cualquiera de los países del sur podría ser suficiente para encender de nuevo las dudas acerca del futuro de la eurozona. Por otra parte, la competitividad francesa y la brecha entre el rendimiento productivo de este país en comparación con Alemania se constituyen en una causa creciente de ansiedad.

La segunda razón para preocuparse es que existe consenso limitado en Europa sobre qué es lo que exactamente se necesita para que la unión monetaria vuelva a tener capacidad de resiliencia y prosperidad. La unión bancara es un avance positivo, pero no existe un acuerdo sobre reformas adicionales, tales como la creación de una capacidad fiscal común o una Tesoro común.

En especial, el norte de Europa continúa interpretando la crisis como si la misma hubiese resultado, fundamentalmente, por una falla en hacer cumplir las normas vigentes, particularmente los criterios de estabilidad fiscal de la Unión Europea. El sur de Europa se inclina más por ver la crisis como el resultado de fallas sistémicas. Es más, el norte de Europa considera a la austeridad como la madre de todas las reformas, mientras que el sur de Europa teme que los gobiernos no tengan el capital político suficiente para hacer todo al mismo tiempo.

Por último, los tres últimos años han puesto de manifiesto un patrón claro en la gestión de las crisis: Casi ninguna decisión es el resultado de deliberación serena, la mayor parte de las decisiones se toman bajo la presión de los mercados financieros y son un intento de evitar lo peor. Cada vez que dicha presión disminuye, los planes para reformar las política se dejan de lado – una actitud que se encapsula mejor en el famoso principio del “ultima ratio” de Merkel: se llevan a cabo acciones únicamente si son indispensables para la supervivencia del euro. En otras palabras, Europa muestra un fuerte sentido de supervivencia, pero no un fuerte sentido de propósito común.

Nada de esto significa que el euro vaya a colapsar. La convicción generalizada sobre que permitir que la unión monetaria se desintegre equivaldría a un suicidio económico colectivo proporciona una fuerte motivación para capear las tormentas y superar los obstáculos. Además, los resultados obtenidos hasta el momento bien pueden llegar a ser suficientes para contener los riesgos en el futuro cercano, mientras que los planes para el establecimiento de una capacidad fiscal europea, bonos comunes y la creación de un Tesoro europeo aún se encuentran en etapa de esbozo. Por lo tanto, en términos prácticos, la diferencia entre las reformas que podrían implementarse y aquellas que se están implementando o se implementarán en el futuro es menos importante de lo que parece.

Pero, al conscientemente evadir el debate sobre cuáles reformas harían que ser miembro de le eurozona sea menos peligroso y más beneficioso para todos, los líderes europeos están perdiendo una oportunidad para enviar señales que afirmen que el euro es un peldaño en el camino para avanzar hacia una unión próspera, cohesionada y con capacidad de resiliencia. Y, dichos líderes están perdiendo la oportunidad para indicar que el duro ajuste económico que sigue dominando la agenda política de gran parte del continente no es un fin en sí mismo.

Jean Pisani-Ferry is Director of Bruegel, the Brussels-based economic-policy think tank, and Professor of Economics at Université Paris-Dauphine. He was an adviser to the European Commission’s Directorate-General for Economic and Financial Affairs, and was Director of CEPII, France’s leading international economics research institute. He has also served as Senior Economic Adviser to the French finance minister, Executive President of the French prime minister’s Council of Economic Analysis, and Senior Adviser to the director of the French Treasury. Traducido del inglés por Rocío L. Barrientos.

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