Patentar la vida / Patenting Life

Por Michael Crichton, novelista (EL MUNDO, 21/02/07 –  THE NEW YORK TIMES, 13/02/07):

Usted, o alguien a quien usted quiere, puede morir por culpa de la patente de un gen que, en primer lugar, nunca debería haberse registrado. ¿Le parece esto inverosímil? Desgraciadamente, es rigurosamente cierto.

Las patentes de genes se están utilizando en la actualidad para paralizar investigaciones, impedir pruebas médicas y ocultarle a usted y a su médico información esencial. Las patentes de genes retrasan el ritmo de avances médicos en enfermedades mortales. Además, incrementan los costes de manera desorbitada: una prueba de cáncer de mama, que podría hacerse por unos 770 euros, cuesta más de 2.000 en estos momentos.

¿Por qué? Porque el poseedor de la patente de un gen puede cobrar lo que quiera, y lo hace. ¿No podría alguien hacer esa misma prueba más barata? Por supuesto que sí, pero entonces el poseedor de la patente paraliza la realización de la prueba por cualquier competidor. Es el dueño del gen. Nadie más puede hacer la prueba en lugar de él. De hecho, ni siquiera usted puede donar su propio gen de cáncer de mama a otro científico sin permiso. El gen puede existir en el cuerpo de usted, pero ahora es propiedad privada.

Esta situación inconcebible se ha llegado a producir por culpa del error de un organismo del Gobierno estadounidense que anda escaso de financiación y de personal. La Oficina de Patentes malinterpretó unas determinadas sentencias del Tribunal Supremo y hace algunos años empezó a expedir patentes de genes para sorpresa de todo el mundo, incluidos científicos dedicados al desciframiento del genoma.

En su inmensa mayoría, los seres humanos comparten los mismos genes. Esos mismos genes se encuentran también en otros animales. Nuestra estructura genética representa la herencia común de toda la vida que hay en el planeta. No se pueden patentar la nieve, las águilas o la gravedad, y no debería existir tampoco la posibilidad de patentar genes. Sin embargo, una quinta parte de los genes del cuerpo de cada uno de ustedes es en estos momentos de propiedad privada.

Los resultados han sido desastrosos. Por lo general, nos imaginamos que las patentes promueven la innovación, pero eso hay que achacarlo a que la mayoría de las patentes se otorga a invenciones humanas. Los genes no son invenciones humanas, son un elemento del mundo natural. Como consecuencia de ello, esas patentes pueden utilizarse para paralizar toda innovación y perjudicar la atención médica de enfermos.

Por ejemplo, la enfermedad de Canavan es un trastorno de carácter hereditario que afecta a niños y que se manifiesta desde los tres meses de edad; los niños no pueden gatear ni andar, sufren ataques y finalmente quedan paralíticos y mueren en la adolescencia. Tiempo atrás, no existía ninguna prueba que revelara a los padres si corrían ese riesgo. Las familias que debían afrontar el tremendo dolor de tener que sacar adelante a estos niños contrataron a un investigador para que identificara el gen y elaborara un método de análisis. Las familias afectadas por la enfermedad de Canavan en todo el mundo donaron tejidos y dinero como contribución a la causa.

Cuando en 1993 se identificó el gen, las familias obtuvieron de un hospital de Nueva York el compromiso de ofrecer la realización de una prueba gratuita a todo aquel que la solicitara. Sin embargo, los jefes del investigador, empleado en el Instituto de Investigación del Hospital Infantil de Miami, patentaron el gen y se negaron a autorizar a ningún otro dispensador de servicios sanitarios que ofreciera la prueba si no mediaba un pago en concepto de derechos de propiedad. Los padres no creían que los genes se pudieran patentar y por tanto no habían puesto la patente a su nombre. En consecuencia, no tenían ningún control sobre los resultados.

Por si fuera poco, en determinados casos el poseedor de un gen puede ser asimismo el titular de las mutaciones de ese gen y esas mutaciones pueden ser marcadores de una enfermedad. Los países que no reconocen patentes de genes ofrecen de hecho pruebas genéticas de mayor calidad que las que hacemos nosotros porque, cuando son varios los laboratorios autorizados a realizar las pruebas, se descubren más mutaciones, lo que redunda en pruebas de calidad superior.

Los defensores de las patentes de genes sostienen que este asunto es una tempestad en un vaso de agua, que las autorizaciones de uso de estas patentes se pueden conseguir fácilmente a un coste mínimo. Lisa y llanamente, eso es falso. El titular del genoma de la hepatitis C obtiene millones de dólares de ingresos de los investigadores que estudian la enfermedad. No ha de sorprender que muchos otros investigadores prefieran estudiar algo que les salga menos caro.

Olvidemos los costes, sin embargo. En primer lugar, ¿por qué razón personas o empresas han de ser los titulares de una enfermedad?

No es algo que hayan inventado ellos. A pesar de todo, en la actualidad hay más de 20 patógenos humanos de propiedad privada, incluidas la gripe hemofílica y la hepatitis C. Ya hemos mencionado, además, que las pruebas con genes de cáncer de mama para detectar el cáncer de mama cuestan 3.000 dólares. ¡Ah!, otra cosa más: si usted se somete a esta prueba, la empresa poseedora de la patente de este gen puede quedarse sus tejidos e investigar con ellos sin pedirle permiso. ¿Qué le parece? Lamentable.

La verdad pura y simple es que las patentes de genes no sirven para nada bueno y nunca servirán. Cuando el SARS [síndrome respiratorio agudo grave, más conocido como neumonía asiática] se propagaba por todo el planeta, a los investigadores médicos les entraron dudas sobre si lo estudiaban, debido a la preocupación en torno a las patentes. No hay prueba más clara de que las patentes de genes paralizan la innovación, impiden la investigación y nos hacen correr riesgos a todos.

Ni siquiera su médico, el de usted, está facultado para recibir la información más pertinente. Hay medicación para el asma que sólo resulta eficaz en determinados pacientes. Sin embargo, su fabricante ha arruinado los esfuerzos de otros competidores por desarrollar pruebas genéticas que indicarían en cuáles de ellos resulta eficaz y en cuáles no. Consideraciones comerciales de esta naturaleza chocan frontalmente con un sueño magnífico. Durante muchos años se nos ha prometido la llegada de una etapa de medicina personalizada, una medicina adecuada a la constitución particular de nuestro cuerpo. Las patentes de genes acaban con este sueño.

Afortunadamente, dos congresistas norteamericanos quieren conseguir que los beneficios íntegros del desciframiento del genoma nos alcancen a todos. Xavier Becerra, demócrata de California, y Dave Weldon, republicano de Florida, han presentado la Ley de Accesibilidad e Investigación del Genoma que prohíbe la práctica de patentar genes que se encuentran en la naturaleza. Becerra ha puesto un cuidado especial en proclamar que la ley no obstaculiza la investigación sino que, al contrario, la promueve. Está en el buen camino. Esta ley favorecerá la investigación y nos devolverá nuestro patrimonio genético común.

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YOU, or someone you love, may die because of a gene patent that should never have been granted in the first place. Sound far-fetched? Unfortunately, it’s only too real.

Gene patents are now used to halt research, prevent medical testing and keep vital information from you and your doctor. Gene patents slow the pace of medical advance on deadly diseases. And they raise costs exorbitantly: a test for breast cancer that could be done for $1,000 now costs $3,000.

Why? Because the holder of the gene patent can charge whatever he wants, and does. Couldn’t somebody make a cheaper test? Sure, but the patent holder blocks any competitor’s test. He owns the gene. Nobody else can test for it. In fact, you can’t even donate your own breast cancer gene to another scientist without permission. The gene may exist in your body, but it’s now private property.

This bizarre situation has come to pass because of a mistake by an underfinanced and understaffed government agency. The United States Patent Office misinterpreted previous Supreme Court rulings and some years ago began — to the surprise of everyone, including scientists decoding the genome — to issue patents on genes.

Humans share mostly the same genes. The same genes are found in other animals as well. Our genetic makeup represents the common heritage of all life on earth. You can’t patent snow, eagles or gravity, and you shouldn’t be able to patent genes, either. Yet by now one-fifth of the genes in your body are privately owned.

The results have been disastrous. Ordinarily, we imagine patents promote innovation, but that’s because most patents are granted for human inventions. Genes aren’t human inventions, they are features of the natural world. As a result these patents can be used to block innovation, and hurt patient care.

For example, Canavan disease is an inherited disorder that affects children starting at 3 months; they cannot crawl or walk, they suffer seizures and eventually become paralyzed and die by adolescence. Formerly there was no test to tell parents if they were at risk. Families enduring the heartbreak of caring for these children engaged a researcher to identify the gene and produce a test. Canavan families around the world donated tissue and money to help this cause.

When the gene was identified in 1993, the families got the commitment of a New York hospital to offer a free test to anyone who wanted it. But the researcher’s employer, Miami Children’s Hospital Research Institute, patented the gene and refused to allow any health care provider to offer the test without paying a royalty. The parents did not believe genes should be patented and so did not put their names on the patent. Consequently, they had no control over the outcome.

In addition, a gene’s owner can in some instances also own the mutations of that gene, and these mutations can be markers for disease. Countries that don’t have gene patents actually offer better gene testing than we do, because when multiple labs are allowed to do testing, more mutations are discovered, leading to higher-quality tests.

Apologists for gene patents argue that the issue is a tempest in a teapot, that patent licenses are readily available at minimal cost. That’s simply untrue. The owner of the genome for Hepatitis C is paid millions by researchers to study this disease. Not surprisingly, many other researchers choose to study something less expensive.

But forget the costs: why should people or companies own a disease in the first place? They didn’t invent it. Yet today, more than 20 human pathogens are privately owned, including haemophilus influenza and Hepatitis C. And we’ve already mentioned that tests for the BRCA genes for breast cancer cost $3,000. Oh, one more thing: if you undergo the test, the company that owns the patent on the gene can keep your tissue and do research on it without asking your permission. Don’t like it? Too bad.

The plain truth is that gene patents aren’t benign and never will be. When SARS was spreading across the globe, medical researchers hesitated to study it — because of patent concerns. There is no clearer indication that gene patents block innovation, inhibit research and put us all at risk.

Even your doctor can’t get relevant information. An asthma medication only works in certain patients. Yet its manufacturer has squelched efforts by others to develop genetic tests that would determine on whom it will and will not work. Such commercial considerations interfere with a great dream. For years we’ve been promised the coming era of personalized medicine — medicine suited to our particular body makeup. Gene patents destroy that dream.

Fortunately, two congressmen want to make the full benefit of the decoded genome available to us all. Last Friday, Xavier Becerra, a Democrat of California, and Dave Weldon, a Republican of Florida, sponsored the Genomic Research and Accessibility Act, to ban the practice of patenting genes found in nature. Mr. Becerra has been careful to say the bill does not hamper invention, but rather promotes it. He’s right. This bill will fuel innovation, and return our common genetic heritage to us. It deserves our support.