Patología de la memoria

Por Edmond Amran el Maleh (Safi, 1917), novelista y ensayista marroquí. Es autor de Recorrido inmóvil (EL PAÍS, 19/04/06):

Bajo el título de Memoria rota de los judíos del norte de Marruecos (EL PAÍS, 29-03-06) y con motivo del cincuentenario de la independencia de Marruecos, la escritora Esther Bendahán realiza un análisis pretendidamente histórico sobre los judíos del norte de Marruecos. Sigamos su recorrido, que nos conduce a un juicio inapelable, resumido en esta fórmula lapidaria: “De los judíos que allí vivieron durante siglos, sólo queda la memoria rota”. He aquí una extraña patología de la memoria que deja perplejo. Pero veamos las cosas de cerca. En su obra de obligada referencia, Une histoire de famille, Joseph Toledano desvela que Dahan o Bendahán es un patronímico de origen árabe, relativo al oficio de pintor, barnizador, un apellido muy común compartido por judíos y musulmanes.

Por otro lado, la escritora es originaria de Tetuán (salvo error por mi parte), una ciudad heredera de la cultura andalusí, difícil de presentar en fragmentos, pues introduciría separaciones en esa cultura real, sólidamente asentada desde siglos, en la que se manifiestan las aportaciones judía, andalusí, árabe, bereber o castellana, en un entramado complejo de enorme creatividad.

Continuemos. Sírvanos por el momento una información muy significativa: Esther Bendahán usa como argumento, ya en las primeras líneas de su artículo, el reciente viaje efectuado a esa ciudad, probablemente en 2005, por unas trescientas personas que visitaron lo que queda de la judería y del cementerio. Precisa que esta visita se hizo bajo la protección de la Policía y del Ejército, ¡nada menos! Pero no menciona que ese cementerio, que tras tantos años no ha sido abandonado ni saqueado, es el testimonio vivo de una presencia milenaria en esta tierra. Sus tumbas son sencillas lápidas cubiertas por dibujos antropomórficos, símbolos enigmáticos de una cultura extraordinariamente original. Olvida que con el aval del Estado de Israel, los activistas sionistas, para borrar toda huella de la presencia judía en Marruecos, como en otros países, se dedicaron a desenterrar los restos de los rabinos para transferirlos a Israel. ¿Quién entonces se afana en eliminar y destruir el testimonio de esa presencia milenaria judía, parte integrante de la realidad del país?

Quizá por la misma época de la visita escenificada por la escritora como llena de peligros, para señalar que ahí yacía “esa memoria rota”, tenía lugar en Tetuán una manifestación muy significativa. La Fundación Edmond Amran el Maleh acababa de organizar, el 2 de junio de 2005, un coloquio sobre el patrimonio musical andalusí y la contribución de los músicos judíos marroquíes. Las sesiones se desarrollaron en un ambiente festivo en la Delegación Provincial del ministerio de Cultura, clausurándose con un emocionante concierto interpretado por la orquesta del Conservatorio, que permitió a los asistentes disfrutar por primera vez de algunas composiciones de esos mismos músicos judíos, herederos de la tradición judeo-andalusí. El acontecimiento fue ampliamente recogido por la prensa nacional, y no es necesario extenderse más para convencerse, contrariamente a las aseveraciones fantasmáticas que expone la escritora, de que no hay nada que pueda testimoniar de esa “memoria rota”… Dicho de otro modo, nada que permita afirmar la destrucción de las huellas de la memoria de la presencia judía como elemento constitutivo del país.

Para botón, basta la muestra de las actividades que desarrolla la Biblioteca General de esa ciudad. Su director, Abdelaziz Achahbar, tenaz investigador, lleva un combate incesante por la salvaguardia del patrimonio judeo-andalusí, custodiado en un fondo que, además de su Cuadernos y otros valiosos manuscritos, cuenta con monografías eruditas sobre poesía, romanceros o composiciones musicales. Recientemente ha publicado un texto, con reportaje fotográfico incluido, en el que demuestra que el Mellah de Tetuán, su judería, caballo de batalla de la argumentación de la señora Bendahán, nunca fue un gueto de reclusión, sino unos barrios en el seno mismo de la medina, abiertos a la circulación y al intercambio. Incluso vivían en él familias musulmanas. ¿Qué ha conducido a la escritora, a través de ese gesto, que casi podríamos calificar de autodestructivo, a esa suerte de negación de una cultura de la que, sin embargo, es heredera? Se advierten a lo largo de su análisis, contradicciones involuntarias que demuestran la confusión y la falta de fundamento de un escrito que, por desgracia, se asemeja mucho a toda una corriente de literatura que lleva el mismo sello: una negación de nuevo cuño cuyo origen puede situarse en la matriz de la ideología sionista. Se manifiesta en un comercio floreciente de libelos y otros escritos empeñados en querer presentar a Marruecos como un infierno para los judíos, que se sentirían aquí como un cuerpo extraño esperando ser liberados.

No está en mi ánimo iniciar una polémica inútil que iría en contra de la preocupación por preservar cierta verdad. Pero es forzoso constatar que cuando la señora Bendahán aborda la cuestión de la emigración masiva de judíos marroquíes, verdadera tragedia que comenzó en 1948 con la proclamación del Estado de Israel, guarda silencio sobre las responsabilidades determinantes de éste y de sus organizaciones sionistas, que emprendieron un intenso trabajo de propaganda y obra de zapa en ciudades y entre las comunidades bereberes del Alto Atlas, sembrando el pánico y obligando a salir del país a poblaciones enteras. De esta tragedia, Esther Bendahán sólo se acuerda del naufragio del Piscis en aguas de Alhucemas, el 11 de enero de 1961, en el que pereció casi la totalidad de los emigrantes clandestinos judíos marroquíes que en él viajaban. Presenta y califica textualmente el acontecimiento de tragedia que “marca profundamente a los judíos marroquíes y en Israel son los héroes de esta comunidad”, en la misma línea de los círculos dirigentes israelíes y sionistas que quisieron convertir el naufragio del Piscis-Ergos en el símbolo que selló un momento crucial en la historia de los judíos marroquíes. Después de este suceso, las salidas masivas del país pudieron realizarse con el consentimiento tácito de las autoridades. Habrá que decidirse un día a denunciar los sórdidos regateos que permitieron cerrar los ojos ante ese éxodo, contrario a los intereses del país y a la justa causa del pueblo palestino, al suministrar al Estado de Israel hombres y mujeres que dieran consistencia a su ocupación colonial, además de una fuente de mano de obra barata.

La señora Bendahán concluye por un reto: “Que sean los ciudadanos marroquíes (…) quienes sepan distinguir el conflicto con Israel de la violencia antisemita en contra del pueblo judío y se enfrenten por propia iniciativa y con vigor a las atrocidades cometidas por los fanatismos”. Puede estar segura de que Marruecos, desde el pueblo colectivamente hasta su más alta autoridad, Mohamed VI, nunca ha cedido a ninguna tentación de mezclar su apoyo sin fisuras a la causa del pueblo palestino con cualquier forma de antisemitismo. Fue la nación en su unanimidad la que se levantó sin distinción ninguna en mayo de 2003 para condenar los atentados terroristas de Casablanca, y ello a pesar de la virulencia de las prédicas extremistas. ¿Dónde está pues ese fanatismo que quita el sueño a Esther Bendahán?