Patria Navidad

Un viejo parlamentario socialista, de cuando eran, recibió ya hace unos cuantos lustros y por esta época navideña una misiva de un recién aterrizado compañero en el Congreso de los Diputados en el que le felicitaba con un cuidado tarjetón «el solsticio de invierno». Lo citó en el bar Manolo, lo invitó a un chato, le llamó capullo y lo mandó a tomar por el saco. Le dijo que si no quería felicitar la Navidad que no lo hiciera pero que se dejara de tocarle, a él y a los demás, las narices y las Pascuas. Y que eso no era hacer el socialista sino el gilipollas. Aquello fue hace tiempo y el novato se fue con el rabo y el solsticio entre las piernas. Hoy, sin embargo, por ciertos pagos de la rosa y no digamos ya del morado es notorio que parece haber más de lo segundo que de lo primero, en lo que a la Navidad se refiere.

Los que en tiempos de la izquierda clásica y bregada, donde había hasta obreros en los escaños, se llamaba a estos especímenes, «izquierdosos», dicho ello con desdén y señalamiento de niñatos «gauche divine», son ahora los ideólogos hegemónicos, los oráculos que dictan el camino, los poseedores de las esencias de la doctrina y los que la sirven en el plató de la tele y en la tribuna de las Cortes.

Patria NavidadMás en el primer lugar, porque ya las tienen a casi todas de alfombras y pulpitos y no corren el riesgo de que les contesten la «explica» ni les replique la «consigna». Que es una, aunque camuflada. La Navidad ha de ser prohibida. Y como no se puede de golpe, porque al pueblo le gusta mucho, hay que ir corroyéndola por partes y desguazándola a cachitos, hasta que se traguen la estrella como rueda de molino.

El proceso ha ido avanzando y cada año que pasa aumenta. Los que se apresuran a felicitar por tuiter el Ramadán, el año Nuevo chino y si se tercia la Tlacaxipehualiztli azteca, entran en una febril actividad para intentar ni pronunciar siquiera las palabras que tanto les irritan y parecen quemarles en la boca. Navidad, Belén, Niño Jesús, Pascuas, Reyes Magos son los enemigos a quienes debe condenarse al ostracismo. Su nombre no puede ser mentado. Hay que buscar cualquier sucedáneo. Lo mismo, vamos, que decir diecisiete veces «Estepais» con tal de no decir «España».

La Navidad es una fiesta cristiana. Alegre y de esperanza que conmemora el nacimiento de quienes más de dos mil millones de seres humanos, el 31%, consideran su referente espiritual. Su Dios, vamos. En España, en los diferentes grados de fe y praticancia, son una muy abultada mayoría. Para ellos tiene un valor todavía más trascendental y añadido, pero para otros muchos, aún ajenos a esa creencia, supone parte esencial de un acervo común en lo cultural y emocional que les hace compartirlo y celebrarlo con la misma intensidad, cariño y familiaridad que a los anteriores.

Se ha dicho, con tanta razón como sentimiento, que la verdadera patria de los hombres es la infancia. Y esa patria, en nuestra España, por encima de todo régimen, ideología y hasta guerra, es la Navidad por encima de cualquier otra referencia infantil. Jubilosa cuando niños y cargada de las melancolías de su pérdida cuando la ingenuidad ya se ha perdido. Una nostalgia que quiere hacer en cierta forma emerger de nuevo lo que fuimos. Un retorno, pues, a aquella patria de nuestra inocencia. A la Patria Navidad de nuestra infancia.

Y es eso lo que se empeñan en querer ocultar, derruir y escarnecer. Las Brigadas Prohibicionistas entran en ebullición por estas fechas y toman como objetivos a belenes, niñosjesuses y reyes magos. Pretenden o suprimirlos por las bravas, o como mal menor, mandarlos a campos de reeducación y adoctrinamiento para traerlos de vuelta, luego, reciclados y convertidos en los más extraños artilugios. Este año una tal Colau, que se disfrazaba antes de ser alcaldesa de superheroína abeja-maya, en sillas. Que ya puestos podían haber sido boñigas. Su colega Carmena ha optado, en cuanto al Belén, por la fumigación absoluta, al igual que en cada vez más lugares «okupados» donde rige la consigna de la prohibición y el exterminio de cualquier imagen que la concrete en lo que es su esencia primigenia. Es de suponer, dados los precedentes, que la edil madrileña y sus tropas, reserven el golpe más contundente para la cabalgata de Reyes intentando superar a las Reinas Magas Republicanas de Valencia. Pero mejor no dar ideas estrafalarias porque seguro que las adoptan.

La excusa para la persecución de la Navidad es la de la laicidad. Es mentira. No se atreven a decir la verdad ni a declarar su intención pues saben que provocarían un rechazo aún mayor. Es la imposición ideológica y doctrinaria. Y es el odio, como tantas veces camuflado de presuntos amores a la «gente». Es también, y como se acostumbra, el atropello de la libertad y los sentimientos de los demás. En este caso de una inmensa mayoría. Es, además y quizás lo más miserable, la violación de los sentimientos y las emociones, el propósito de arrebatárselas y pisotearlas, a sus mayores protagonistas. A los ciudadanos de esa Navidad. A los niños y a los que un día lo fueron y los fuimos y allí sabemos que reside nuestra verdadera Patria y allí vivimos en un momento todos. Incluso ellos que hoy han abjurado de ella y la odian.

Antonio Pérez Henares es escritor y periodista.

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