Patrias

Me dan a leer una entrada en  la red donde un personaje, alto cargo que es o ha sido del Gobierno catalán, se indignaba con los acampados en la plaza de Catalunya y mandaba a los que de ellos no fueran catalanes o no muy catalanes que se vayan a mear a su patria y que sólo los catalanes meen en Catalunya. El caso, aunque chusco, no es por ello menos trágico que aquel de cuando de niños nos hacían aprender la guerra de la Independencia de España frente al imperio napoleónico y la poesía del 2 de mayo que, tras exaltar la grandeza de España, al final se dirige a los caídos en la contienda: “En la tumba descansad, que el valiente pueblo ibero jura con rostro altanero que hasta que España sucumba no pisará vuestra tumba la planta del extranjero”.

Supongo que los más sensatos o menos ilusos de mis lectores, ya al solo grito de patria, se echan a temblar; pues saben que es esa proclamación la que ha servido para las grandes sarracinas de que nuestra historia está zurcida; y así con las guerras de antaño, patrióticas o, más aún, santas, que nos han dejado el mapa troceado como ustedes saben; pero, ya en el Estado de bienestar, con la sumisión de los estados al movimiento del capital, que será el que determine qué fronteras, uniones o separaciones son las que él calcula (por fortuna equivocándose a menudo) que van a servir mejor a sus intereses y manejos, sigue la idea patriótica funcionando, resonando a hueca, pero no por ello menos tremebunda.

Lo más doloroso para lo que nos queda de pueblo es el uso de la lengua por los imperios, estados o autonomías: no pueden los regidores entender de veras la lengua de su gente, porque la lengua ni la han fabricado ellos ni es de nadie (la sola máquina gratuita y para cualquiera, que se escapa así a la ley del dinero), pero sí que pueden, por medio de la escritura y órganos del poder como escuelas academias, leyes y medios a su servicio, apoderarse de una lengua, unificarla y regularla, imponerla como suya; y es lo que tratan de conseguir (nunca del todo, por fortuna), con el latín para el imperio, el hebreo resucitado de la escritura para Israel, el español para España, el catalán o el vasco, uniformados para el servicio respectivo.

Llamo al sentido común de los que no sólo lean, sino que oigan. La diferencia entre lenguas que de verdad importa no es la división de idiomas que las organizaciones, unificaciones y divisiones de las tribus o estados hayan dibujado con raya rígida en el mapa: es que en cualquier idioma del mundo histórico, el de la escritura y la cultura, hay y sigue habiendo una división, fluctuante, pero clara, entre capas: la capa superior, que, venida de la autoridad, las letras, la escuela, el lenguaje de la Administración, militar, comercial o gubernamental, se le impone a la gente por la fuerza, por la necesidad de tener un puesto o ganarse el pan de mañana, y la capa inferior o subconsciente de la lengua de verdad, la que se habla entre la gente, y que lo hace así de bien gracias a que nadie se lo manda ni el propio hablante tiene conciencia de que la sabe.

La capa superior tiene que ser un dialecto o jerga culta (la jerga política, la financiera, la jurídica y la burocrática, la científica, la filosófica, la literaria), y esa está hecha para mentir (no puede, sin fe, sostenerse el poder ni el dinero), y es esa la que de veras está en guerra (en cualquier idioma) contra la lengua vulgar, corriente, y moliente, el “roman paladino con el cual suele el pueblo fablar a su vezino”. No es que en la lengua vulgar no pueda mentirse: se miente, y mucho y a cada paso (precisamente cuando uno quiere decir verdades), sólo que ahí no se hace sistemáticamente y por necesidad.

Esa es la verdadera guerra entre lenguas que, en cualquier idioma, siempre se está dando, donde se está jugando la suerte del poder, que es un ideal, y la del pueblo que no existe, pero que lo hay, por debajo de las personas de los señores y sus súbditos, y sigue de vez en cuando hablando.

Y si me has acompañado, lector, en este desmentimiento de las patrias , no te pares en barras y sigue conmigo al ataque al patriotismo último: el último patriotismo es el del hombre, y cualquier humanismo es un mero patriotismo, tan falto de fundamento como los otros; es el hombre el que, seguro de ser el centro del mundo, para cuyo bien y gloria Dios ha preparado así de bien cielos y tierra, con esa fe por estandarte ha procedido a lo largo de su historia a arrasar campos, talar selvas, matar en cadena bestias criadas a su servicio, proclamarse el único que habla y razona, quitarles la razón a las demás cosas, y desarrollar una ciencia o teología en que es él el que las sabe todas.

¿Reconoces ahí las mismas marcas de las guerras de patria y fe que entre los hombres se reproducen en porciones?

Nunca ese empeño universal del hombre alcanzará su fin (tranquilos, enamorados de la tierra) ni nunca su saber vendrá a ser la verdad. Pero, entre tanto, bien machacan y matan y regulan y mienten lo que pueden, tratando de apagar lo que queda de cosas desconocidas y de pueblo común bajo sus personas, tratando con su jerga de acallar el sentido y voz común de las cosas y la gente.

Ahí está la guerra o contradicción, y no deberíamos olvidarnos de ese último patriotismo cuando nos lancemos a atacar y desmentir las patrioterías y mentiras que se produzcan dentro del cotarro.

Agustín García Calvo, helenista, profesor eméritode la UCM.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *