Patriotismo de la fragilidad

Vivimos desde hace unos años horas ciertamente graves, donde la amenaza de la pronta disolución del país –largamente pretendida– recuerda aquella advertencia tan severa como melancólica del florentino Guicciardini en su correspondencia con Maquiavelo: «Todos los Estados, todos los reinos son mortales (…) Pero un ciudadano que se halla ante el fin de su patria no debe dolerse tanto de la desgracia de ella cuanto de la suya propia: porque a la patria le ha sucedido lo que en cualquier caso debía sucederle, pero la desgracia es la de aquel al que le tocó nacer en el tiempo en que tal infortunio va a producirse».

Bien cierto es: lo verdaderamente arduo es, como comprueba hoy cada uno si oye su intimidad, pertenecer a esa generación del infortunio que puede estar presenciando –como Sancho la de su señor– los espasmos de la agonía nacional. Constatar físicamente –sea uno joven, adulto o anciano– la presencia de la mortalidad cercana de su patria. Y que, por su índole telúrica (fundamentalmente, lo territorial y su disgregación), precisamente nos afecta en nuestro inconsciente colectivo y en nuestras biografías de una manera más enfermiza, más punzante de lo que sospechamos. Tanto que cabe, pues, en lugar del italiano infortunio de la cita, escribir desdicha (palabra tan española) para definir nuestro estado existencial, al menos de dos años a esta parte. Todo español con un mínimo de sensibilidad espiritual es hoy un ser –si no desdichado– próximo a la desdicha. Y quien no perciba eso, no puede entender el tenor de su circunstancia ni por lo tanto a sí mismo en su psiquismo más íntimo. Ni al otro conciudadano sensible, sujeto tan doliente en sus honduras como él, aunque ignore la fuente de su dolor.

Tiempos éstos en los que tampoco cabe el socorrido consuelo, tantas veces benefactor, del «más se perdió en Cuba» porque ahora lo que está en trance de pérdida es la tierra nuestra bajo los pies, terruños del nordeste primero para luego del norte: el contorno geográfico –la circunstancia primera– donde se desenvolvía nuestra existencia actual y milenaria. Y es que la singularidad del estado de desdicha es, precisamente, la imposibilidad de hallar consuelo, como no lo hallaban los endecasílabos de Quevedo al mirar los muros desdentados.

En este estado de cosas, las preguntas surgen de suyo: ¿Tiene sentido el amor a la patria, cuando ésta está cercana a sus postrimerías, el pulso bajo, afilado el rostro, la conciencia exangüe? ¿Cuando, desnuda de oropel alguno en el posible trance último de su vivir histórico, todavía es vituperada y reconvenida? Esas interrogaciones apuntan a una cuestión más radical que las envuelve: ¿Cabe de alguna manera un patriotismo de la fragilidad o todo patriotismo se fundamenta en una suerte de nacionalismo basado en la fortaleza propia, en la grandeza de la nación, en la vitalidad de la patria floreciente?

Graves, actualísimas cuestiones, que nos hacen acudir al último pensamiento político de Simone Weil –la pensadora de la desdicha que bien conocía y quería a España– esbozado en Londres, que se trunca con su muerte prematura allí a los 33 años, en 1943. Un pensar donde se entrelaza, como siempre en ella, la originalidad con una lucidez poco común.

La filósofa francesa, precisamente, en aquella Francia en horas agónicas desde 1940 –dominada, claudicada, avergonzada de sí misma y desestimada entre Hitler y Vichy–, hace el gran esfuerzo, como ha contado recientemente Alejandro del Río, de pensar la noción de patria desde otra perspectiva a la habitual. O, como ella dice, «pensarla por primera vez». Y modela en su pluma un patriotismo ya no basado en el prestigio de la fuerza y en la adoración sacralizada del Estado como absoluto ni en la supremacía (otra expresión de fuerza) de unos miembros sobre otros. Justo lo que pretende todo nacionalismo, como vemos y padecemos en Cataluña y el País Vasco.

Tampoco –grave error que me parece que se está cometiendo– debe fundarse ese patriotismo nuevo en el orgullo de glorias pasadas –donde la fuerza acaudilló las gestas–, que deviene a la postre otro nacionalismo tan implacable como los que se pretenden combatir. No es para nuestra autora el genuino patriotismo lugar de filias o fobias como se pretende hoy en falsificada contienda intelectual.

La alternativa de Simone Weil a tal tesitura es ofrecer, precisamente a esa Francia moribunda –y ahora a nosotros–, un patriotismo nuevo: el patriotismo de la fragilidad que surge precisamente de la desdicha de un país. No de su contento. Y que defiende una comprensión de la patria ya no como absoluto, sino como nuestro medido terreno que, sin ser el mejor posible, existe con sus múltiples imperfecciones y debe ser preservado «como un tesoro por el bien que contiene». Y que condensa aquella intrahistoria tan rica de nuestro Unamuno, esa vida intrahistórica, silenciosa y continua, que es la sustancia del progreso. La verdadera tradición, ahora en trance de extinción.

Un patriotismo, pues, cuyo móvil no es ya el prestigio de la fuerza, sino la compasión por la patria, la patria débil frente a la patria fuerte. La patria en su desdicha, que es siempre de suyo de apariencia y atractivo poco amable. Por eso, ante cualquier forma de desdicha, surge el amor a ella como una obligación contra nuestra natural repulsión ante el aspecto del desdichado. Tal que, ante nuestro país, en su infortunada situación actual.

Y este inmenso acto de amor y de justicia que propone Simone Weil con su compasión por la fragilidad se anuda muy bien con la mirada cordial, benevolente, cálida, con gotas de dolorido sentir, de Cervantes sobre la realidad española (también con su desdicha) y que heredan sutilmente nuestros mejores, tal que Jovellanos, Galdós, Unamuno, Azorín Ortega, Machado, Marías… Por citar algunos.

Claro que, ahora, descubrimos desde esta inédita perspectiva que en la actual situación de desdicha nacional ha habido por parte de nuestros supuestos guardianes de la ciudad mucha dormición y poca vigilia, cuando no rechazo e ignorancia, ciertamente culpable, de lo que la desdicha representa también en lo colectivo. Y que nuestras élites (no solo políticas, sino financieras, económicas y culturales), como en la Francia maltrecha de Weil, han «dejado caer la patria al suelo», dispersa su atención en venalidades y distracciones sin cuento.

¿Qué podemos hacer nosotros, pobres candidatos a pertenecer a la generación del infortunio de la que hablaba Guicciardini al principio de nuestro ensayo? A mi juicio, recuperar en estas horas de tempestad y ruido –donde el odio se desata– la mirada cervantina, la de ese hombre –soldado y escritor a un tiempo– que no supo odiar. Y en cuya obra toda, no digamos en El Quijote, hay un amor preferente, compasivo, valeroso, incansable por las diversas formas de la desdicha para ver de rescatarlas.

Y reconocer en los demás conciudadanos españoles a los que les importa su patria –especialmente en los desdichados de Cataluña– esa comunidad menesterosa próxima a la desdicha, tan necesitada de acompañamiento, comprensión espiritual y alivio, inencontrable en la política actual.

De manera que acudamos al lecho del moribundo, cojamos su mano trémula y repitámosle con la fe lacrimosa de Sancho: «No se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más». Y susurrarle, como consuelo, que en los nidos de hogaño sí hay, sí puede haber los pájaros de antaño. Nos pondremos a ello.

Y, mientras tanto, leer a Simone Weil, especialmente su Echar raíces, que tanta lucidez arroja, en lo personal y colectivo. En la genuina política, en suma, esa que no tenemos y que tanto necesitamos esta generación infortunada.

Ignacio García de Leániz Caprile es profesor de Recursos Humanos de la Universidad de Alcalá de Henares.

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