Patriotismo y nacionalismo

Hace algún tiempo, durante los años del Gobierno tripartito catalán, escuché por radio una entrevista con Joan Puigcercós, el entonces líder de Esquerra Republicana. En varias ocasiones repitió: “nosotros, los catalanistas…”. En un momento dado, le interrumpió el periodista que le entrevistaba: “Pero ustedes, ¿son catalanistas o nacionalistas?”. Puigcercós salió del paso con la siguiente explicación: “Mire, en realidad, somos nacionalistas. Pero si nos denomináramos así, en Europa se creerían que somos un partido de extrema derecha. Por esto decimos que somos catalanistas”.

En efecto, los partidos europeos indistintamente llamados de extrema derecha, neofascistas o populistas, son todos nacionalistas. Las formas en que se expresa este nacionalismo son, principalmente, la xenofobia contra la inmigración y la defensa de la soberanía nacional frente a la Unión Europea. Según estos partidos, la crisis económica es debida a que los inmigrantes quitan puestos de trabajo a los nacionales del país y la UE les impone políticas de austeridad para pagar el despilfarro de los países del sur debido a que la moneda nacional ha sido abolida y en su lugar se ha adoptado el euro.

El nacionalismo siempre busca justificar los errores propios y cargar las culpas de lo que va mal en los demás, en este caso los inmigrantes y la UE, enemigos interior y exterior, respectivamente. El populismo siempre ofrece soluciones simples a problemas complejos. Para un ciudadano medio, poco informado y golpeado por la crisis, si se le promete que mediante la expulsión de los extranjeros y la salida del euro se resolverá la crisis económica y se reducirá el paro, tiende a creérselo. No saben que todo es bastante más complicado.

El pasado lunes, Felipe González advertía en un artículo en El País de este peligro: “El nacionalismo ha sido el virus que ha destruido a Europa durante la primera mitad del siglo XX. (…) Pues bien, de nuevo galopa esa bestia del nacionalismo insolidario, a lomos de esta crisis global (…)”. Muy cierto. De momento, estos partidos de extrema derecha cada vez tienen más fuerza electoral: han obtenido en las últimas elecciones entre un 15 y un 30 por ciento de los votos en Noruega, Holanda, Francia, Suiza, Finlandia, Austria y Hungría. Además, el avance puede ser muy rápido si se produce el efecto contagio: los partidos, conservadores o no, pueden ir adoptando posiciones nacionalistas para evitar este trasvase de votos. Es el giro que parece estar dando Sarkozy en la segunda vuelta de las presidenciales francesas para recuperar los votos obtenidos en la primera por Marine Le Pen.

En efecto, la líder del Frente Nacional, se presentó a las elecciones con un programa en el que destacaban la preservación de la identidad francesa, la salida del euro y el freno a la inmigración. Sus buenos resultados han forzado a que Sarkozy, cara a la segunda vuelta, inicie una deriva hacia posiciones en parte semejantes. Y si Sarkozy pierde, como indican los sondeos, y en las legislativas de junio sube el voto a Le Pen, es muy probable que la derecha francesa del futuro se impregne de las ideas xenófobas, antieuropeas y populistas. Si los conservadores franceses se dejan influir por las ideas lepenistas, la unidad europea está en peligro porque estas ideas pueden irradiarse a todo el continente.

Empezábamos el artículo aludiendo a la anécdota que protagonizó Puigcercós: nacionalismo y catalanismo son lo mismo. Cada uno puede dar a estas palabras el significado que quiera. Sin embargo, ambos términos pueden tener un sentido muy distinto y así lo muestra esta fase final del debate entre Sarkozy y Hollande. El corresponsal de La Vanguardia en París, Lluís Uría, nos lo relataba en su crónica del pasado lunes. Partía de una frase, muy gráfica aunque nada original, de Jacques Chirac: “El patriotismo es el amor a lo propio, el nacionalismo es el odio a los otros”. Aunque ni Sarkozy ni Hollande se atreven a rechazar esta distinción, sus interpretaciones de ambos términos son muy distintas.

Efectivamente, Sarkozy, aunque no lo reconozca, las interpreta en clave nacionalista: muestra su preocupación porque la identidad nacional francesa pueda quedar diluida en la globalización, habla no sólo de fronteras geográficas sino también de fronteras morales y culturales, es decir, de fronteras internas: ve enemigos por todas partes. En cambio, Hollande rechaza expresamente el nacionalismo y el soberanismo a los que opone el patriotismo, es decir, “amarse a sí mismo para amar a los otros, no tener miedo de nada, no temer nada en la competición mundial, en la Europa que se está construyendo”. Sólo considera enemigo al miedo.

Quizás en Catalunya podríamos aprender del debate francés: catalanismo y nacionalismo no son lo mismo. Catalanismo es amar a Catalunya, nacionalismo es odiar a España. Que cada uno escoja libremente el bando en el que quiere estar. Pero que antes estudie historia, conozca los datos de la actualidad y no se fíe de la propaganda. Yo, por supuesto, y no por las razones de Puigcercós, me considero catalanista.

Por Frances de Carreras, catedrático de Derecho Constitucional de la UAB.

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