Patriotismo

En España, el patriotismo tiene mala prensa. En España, el patriotismo suele asociarse a la exaltación nacionalista, a la adhesión emocional incondicionada, al chovinismo de los nostálgicos de una pureza que nunca existió, a una idea conservadora que busca la consolidación del poder y el privilegio, al populismo y la demagogia de baja estofa de consecuencias imprevisibles. Dos intelectuales han contribuido al desprestigio del patriotismo. Samuel Johnson: «El patriotismo es el último refugio de los canallas». Mark Twain: «El espíritu del patriotismo es el del perro y el lobo». Y un filósofo ponderado como Theodor W. Adorno habla de un patriotismo negativo op se u do patriotismo –cierto: también habla de un «patriota genuino», tolerante– definido como «adhesión ciega hacia determinados valores culturales nacionales, un conformismo acrítico con formas sociales dominantes y un rechazo de otras naciones como exogrupos» (La personalidad autoritaria ,1950). En España–en el mejor de los casos–, el patriotismo sugiere una idea vaga de reminiscencias franquistas que muy pocos reclaman. No es eso. Conviene reivindicar el patriotismo. Conviene rehabilitar una idea que –en tiempos de tribulación y mudanza– puede orientarnos en la presente coyuntura. Para empezar, es preciso revisitar a los clásicos antiguos y modernos con el objeto de saber de qué estamos hablando cuando hablamos de patriotismo.

Quienes descalifican el patriotismo, deberían aproximarse a Cicerón. Y a Tucídides, Aristóteles, Tito Livio o Séneca. Y a los pensadores escolásticos y los humanistas del Renacimiento. ¿Qué hay que entender por patriotismo, más allá de ciertos usos que tergiversan o manipulan el significado del término? Lo dijo Cicerón hace veintidós siglos: Pro legibus, pro liberta te, pro patria. La patria entendida como sinónimo de libertad y ley. Una nación de ciudadanos, diríamos hoy. Por su parte, los pensadores escolásticos –discípulos de Santo Tomás de Aquino como Tolomeo de Lucca o Remigio de Girolami– hablan de una «patria que antepone lo común a lo privado» formada por individuos que comparten «leyes, libertad y foro». El Estado de derecho, diríamos hoy. Finalmente, los humanistas del Renacimiento –a medida que asumen la tradición republicana romana– adquieren «la virtud pagana del patriotismo» (Simone Weil) en la creación del homo novus. La secularización de la política, diríamos hoy. En suma, el amor patriae de los clásicos antiguos se asocia con el derecho, la libertad y las instituciones.

Para los clásicos modernos –pongamos por caso, Montesquieu y la Ilustración– el patriotismo remite a la vida en comunidad que se fundamenta en la observancia de la ley, la igualdad de derechos y posibilidades de unos individuos devenidos ciudadanos, el respeto a los intereses generales de la comunidad. El patriotismo ilustrado –como el grecorromano y el escolástico– remite a una libertad y unos derechos que hay que respetar, un progreso y bienestar que hay que conquistar, un patrimonio común que hay que conservar. El patriotismo entendido como virtud política. Y llega Mazzini: «Una patria es una asociación de hombres libres e iguales unidos en el fraternal acuerdo de trabajar por un fin único. Una patria no es una agregación, es una asociación. No hay patria verdadera sin derecho uniforme. No hay patria verdadera donde la uniformidad del derecho es violada por la existencia de castas o privilegios» (Deberes del hombre, 1860). En España, las ideas de patria y patriotismo toman cuerpo en la Constitución de Cádiz. Los patriotas españoles no solo defendían la independencia de la Nación, sino también la ley, la libertad, las instituciones, la honradez y el progreso. Agustín de Argüelles ante la Constitución de 1812: «Españoles, ya tenéis patria».

La patria española y el patriotismo español de Argüelles se dañan con la crisis de la Restauración, la guerra con Estados Unidos y en el norte de África y la emergencia de unos nacionalismos periféricos de vocación secesionista. Cánovas: «La patria no ha existido ni existe en las aglomeraciones inconscientes de hombres, a quienes tan solo el instinto o necesidades materiales y recíprocas mantienen juntos por más que formen ciudades y hasta grandes naciones». Aquellos eran otros tiempos. Pero, más de un siglo después –crisis económica, desprestigio de la política, corrupción, populismo rampante y secesionismo periférico–, las palabras de don Antonio Cánovas del Castillo recobran actualidad. Llegados a este punto, ¿qué hacer? Me permito sugerir la recuperación del patriotismo de nuestros clásicos antiguos y modernos. Recuperar el vero vivere libero ecivile de aquella Florencia renacentista que propuso leyes y prácticas cuyo objeto era la protección del bien común y el control de las facciones que pretenden imponer «órdenes y leyes que no están hechas para el público, sino para utilidad personal». Me permito sugerir –de la Florencia renacentista a la Inglaterra del XVIII– la recuperación del talante de los disidentes tories y whigs que sumaron fuerzas para evitar –el patriotismo por encima del interés partidista– que los gobernantes desmantelaran la Constitución y la patria por la vía de hecho. Maurizio Viroli: el patriotismo –pro legibus, pro libertate, pro patria– es la base de una «dinámica y abierta sociedad liberal» en la que el ciudadano encuentra «inspiración y razones para fortalecer el compromiso por la libertad».

En el monasterio benedictino de Sant Pere de Galligants (Girona), el visitante puede contemplar una lápida de mármol donde se lee lo siguiente: «Arruinado este claustro por los estragos del sitio de 1809 y por la inundación de 1843, la Comisión de Monumentos acordó en 1855 restaurarlo… realizándose las obras, terminadas en 1877, con fondos debidos al patriotismo de la Excma. Diputación Provincial». El patriotismo es también la conservación del patrimonio. Lo alcanzado a lo largo del tiempo. Hoy, en España –como ocurre en todos los países–, el patriotismo –hay que evitar estragos e inundaciones– implica conservar y cultivar –ese «anteponer lo común a lo privado vía leyes, libertad y foro»– los logros obtenidos. Por ejemplo: la unidad nacional, la democracia formal, el bienestar y la honradez. Ante la secesión, la legalidad constitucional y la crítica de la España «pragmática» que relativiza logros, valores y principios. Ante el populismo que reclama la llamada verdadera democracia, el correcto funcionamiento de los mecanismos de intermediación, participación, representación, transparencia y control propios del Estado de derecho. Ante el frentepopulismo que divide y destruye, la moderación que integra y recompone.

Ante la crisis económica, el crecimiento, la reforma laboral, la ocupación, la innovación, la competitividad y el rigor presupuestario. Ante la corrupción, la ética punitiva, el rearme moral y la ejemplaridad. ¿Un proceso constituyente? La democracia española ya está constituida. ¿Reformas? Dentro del marco constitucional establecido. ¿Un patriotismo constitucional abstracto –Dolf Sternberger y Jürgen Habermas– de derechos, libertades e identidad colectiva? Evalúese. ¿Un patriotismo prosaico que administre razonablemente la política de las cosas y el bienestar? El patriotismo es también eso. Lo dijo Maribeau: «Uno lleva la patria en la suela de los zapatos ». Solo así–sacando a colación a los ilustrados –, los ciudadanos podrán compartir« la misma felicidad, las mismas ventajas y las mismas expectativas ». Volvamos a Cicerón: Patria est ubicumque est bene. La patria está allí donde uno se encuentra bien.

Miquel Porta Perales, articulista y escritor.

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