Patriotismos y equidad

Por Joan B. Culla i Clarà, historiador (EL PAÍS, 05/10/07):

El esquema argumental es más o menos como sigue: en este país hubo décadas atrás, durante los oscuros tiempos de la dictadura, un patriotismo español extremo y montaraz, un guiso incomestible de testosterona y correajes, de camisas azules y arengas cuarteleras, de águilas imperiales, yugos y flechas. Felizmente, ese fenómeno se extinguió, o ha quedado reducido a unos flecos espectrales que sólo se dejan ver al conjuro de alguna efeméride nostálgica. Sin embargo, toda la carga coactiva y excluyente, inquisitorial y liberticida de aquellos ultrapatriotas españoles se ha trasplantado ahora a los nacionalistas catalanes y vascos más o menos radicales. Son éstos los que queman fotos del Rey o vociferan insultos por las calles de Barcelona, los únicos o los principales exponentes hoy, en España, de un patriotismo bronco y genital que amenaza seriamente nuestra democracia. Tal era -seguro que ya la han reconocido- la tesis expuesta aquí mismo el pasado día 1 por Antonio Muñoz Molina en el artículo titulado La patria gutural.

El primer problema de dicho relato es que, desde el punto de vista histórico, constituye una grosera caricaturización de la realidad. Sí, claro que Millán Astray, Queipo de Llano, sus émulos uniformados del tardofranquismo y los ultras de la transición eran nacionalistas españoles. Pero, ¿fueron los únicos? ¿El nacionalismo político español contemporáneo se reduce a ellos? Es evidente que a lo largo del siglo XX existe también, y con mucho mayor calado, un nacionalismo civil, incluso parlamentario a ratos, quizá menos gutural pero no menos excluyente que el de las salas de banderas: excluyente de las lenguas y culturas distintas de la castellana, negador de una España plurinacional y pluriidentitaria. Y muchísimo más efectivo, no en vano ha controlado casi siempre la Gaceta de Madrid, conocida más adelante como Boletín Oficial del Estado. Lo formularé de otra manera: ¿acaso Antonio Maura, José Calvo Sotelo y Manuel Fraga Iribarne no fueron, en sus discursos y en sus actos de gobierno, tres nacionalistas españoles -ellos preferían decir “patriotas”- de tomo y lomo?

No siendo una creación de la dictadura de Franco, el españolismo político tampoco se extinguió con ella. Se retrajo, sí, se camufló y atenuó por un tiempo su sempiterna hegemonía en el discurso dominante. Pero no quedó circunscrito -como sugiere Muñoz Molina- a un puñado de militares golpistas y a la extrema derecha de los bates de béisbol y los puños americanos. Basta releer los documentos programáticos de la primera Alianza Popular (1977-1980) y repasar sus campañas electorales de entonces, o sumergirse en la hemeroteca de algún diario capitalino, para comprobarlo. Y pronto, muy pronto, el nacionalismo español se empezó a desacomplejar, primero con pretextos de eficacia administrativa (recuérdese el ambiente que propició la LOAPA), más adelante ya con argumentos plenamente ideológicos, de los que, por ejemplo, la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales (FAES) ha sido desde 1989 una productiva destilería. Que la legislatura de Aznar con mayoría absoluta (2000-2004) fue, desde el islote de Perejil hasta la plaza de Colón, pura apoteosis neoespañolista, resulta una evidencia difícil de rebatir.

Y bien, un análisis mínimamente ponderado acerca de los peligros del “patriotismo extremo” en la España actual, ¿no debería considerar también este aspecto del problema, aunque sólo fuese porque las pujas identitarias interaccionan y los nacionalismos se espolean los unos a los otros? A mí me parece que sí, igual que me parece del todo excesiva la analogía dibujada por el señor Muñoz Molina entre aquellos oficiales que amenizaron su servicio militar -y el mío- con soflamas españolistas, y los individuos que estos días queman retratos regios en Cataluña. Esos

uniformados de nuestra mocedad formaban parte de un ejército aún faccioso, eran dueños de miles de reclutas, tenían las armas y, algunos, estaban dispuestos a usarlas para imponer sus ideas, como se vio el 23-F de 1981. Los incívicos que han actuado últimamente en Girona y otras ciudades no ejercen autoridad alguna, no manejan otras armas que mecheros o cerillas y, que se sepa, no han obligado a nadie a quemar nada contra su voluntad. El trazo grueso puede valer para redondear un artículo, pero no ayuda ni a entender la realidad, ni menos aún a explicarla.

Comoquiera que sea, no es mi intención rehuir el asunto que parece preocupar más a Antonio Muñoz Molina: lo “gutural”; es decir, el carácter agresivo -siquiera simbólicamente agresivo-, amenazador, insultante, virulento de ciertas manifestaciones recientes del nacionalismo catalán. Para empezar, comparto sin reserva alguna su preocupación y su desagrado ante tales conductas. Pero, a renglón seguido, me interrogo: esos cuellos hinchados, esos gritos roncos, esas caras enrojecidas, esos “mueras”, esos denuestos e improperios que él ha visto, escuchado y hasta sufrido en Barcelona, ¿componen una patología asociada al patriotismo local, o se dan también en otras latitudes y bajo otras banderas?

El 11 de junio de 2005, decenas de miles de personas venidas desde toda Castilla y León e incluso desde Madrid se manifestaron por las calles de Salamanca contra la devolución a la Generalitat de los documentos catalanes expoliados al término de la Guerra Civil. En un clima de alto voltaje emocional, bajo una marea de banderas y pancartas rojigualdas, la concurrencia profirió toda clase de insultos y descalificaciones contra los ciudadanos de Cataluña en general (“Catalanes, ladrones y manipuladores”), contra el presidente del Gobierno y, en especial, contra el líder de Esquerra Republicana, Josep Lluís Carod Rovira. En un cartel, su nombre aparecía sobre el dibujo de un ataúd, con el siguiente texto: “Ésta es la única caja que vas a tener”; en otro, se le remitía “al paredón”. Sin embargo, ningún celador del “patriotismo gutural” denunció, que yo recuerde, semejantes excesos. Ninguno, tampoco, señaló la peligrosidad de un nacionalismo -el español, en este caso- capaz de hinchar hasta tal extremo un agravio imaginario.

Los ejemplos de violencia verbal, las expresiones de odio al otro en el curso de manifestaciones políticas recientes no terminan, desgraciadamente, ahí. Durante los años 2005 y 2006, el centro de Madrid acogió, con pretextos varios (el apoyo a las víctimas del terrorismo, la condena de la negociación con ETA, el rechazo al nuevo Estatuto de Cataluña…) diversas movilizaciones antigubernamentales en las que se exhibieron símbolos fascistas y durante las cuales los epítetos más suaves hacia Rodríguez Zapatero fueron los de “embustero”, “farsante”, “cabrón” y “traidor”. En todos los casos, los convocantes y el grueso de la opinión publicada minimizaron tales exabruptos, los atribuyeron a un puñado de exaltados y los rebajaron al rango de anécdota.

Y uno se pregunta: ¿acaso las mismas verbosidades pueden ser irrelevantes en un sitio, y a 650 kilómetros de allí presagiar una amenaza mortal para las libertades? Si cargamos contra el “patriotismo gutural”, ¿qué lo simboliza más, quemar unas fotos o promover durante meses la demagógica recogida de millones de firmas en contra de que una comunidad autónoma modifique legalmente su régimen de autonomía?

Como ciudadano de Cataluña y como científico social, las miradas externas, los exámenes críticos sobre nuestra realidad política no sólo no me molestan, sino que los agradezco. Eso sí: a condición de que los inspire un mínimo de equidad.