Pau

Tuvieron que pasar unos días hasta que se aclararon los hechos. El hombre que atropelló a decenas de personas en La Rambla abandonó la furgoneta y fue caminando hasta la Diagonal. En esa zona acuchilló a otro hombre y tomó su coche. Se saltó un control de los Mossos, tras el cual se inició una balacera que no le impidió escapar, y a la altura de Sant Just Desvern, apenas unos kilómetros al suroeste de Barcelona, abandonó el coche y huyó.

El hombre que encontraron muerto en el coche era de Vilafranca del Penedès. Había nacido en 1983. Su nombre era Pau. Le llamaban Xic.

Nos conocíamos desde niños. Si uno ha crecido en Vilafranca del Penedès en los años ochenta y noventa, como era nuestro caso, cuando era un pueblo de veras y no la ciudad dormitorio en la que parece estar convirtiéndose por momentos, lo difícil era no conocerse. No éramos muy amigos, pero hicimos juntos algunas de esas tediosas actividades extraescolares de la adolescencia, hablamos centenares de veces, nos saludamos siempre y compartimos tantos amigos en común como noches apoyados en alguna barra de bar.

No es infrecuente que cuando hay un atentado algunos digan que hay algo de incoherente, hipócrita e incluso inmoral en sentir más o menos aflicción en función de dónde o a quién le ha ocurrido el atentado. Aunque nunca tuve una opinión tajante sobre esa acusación, siempre me pareció bastante intuitiva. Pero al saber que Pau había muerto, y cómo había muerto, creí entender algo.

Cuando estas cosas ocurren en lugares y a personas cercanas o conocidas lo que se ve es cómo termina una biografía que se parece mucho a la de uno. Si la vida es una breve rendija de luz que reina entre dos eternidades de tinieblas, al saber que Pau había muerto sentí que la luz que entraba por esa rendija amagaba con apagarse. Es básicamente un miedo irracional, pero el reflejo de la propia muerte en alguien que hemos conocido —y más aún, supongo, si es del mismo lugar que uno y si era nuestro tocayo— me parece casi inevitable, y no creo que haya nada de inmoral en esa reacción inevitable: no es correcta ni incorrecta, simplemente es eso, inevitable.

Pero que uno sienta el aliento de la muerte más cercano en ese tipo de casos no quiere decir que le atribuya menos valor a los muertos de Kabul, Faluya o Damasco. No es desde luego mi caso ni el de muchos que yo conozco. Y lo mismo ocurrirá con quienes pierden a gente cercana o conocida en Kabul, Faluya o Damasco: esas muertes les afectarán más, supongo, que la muerte de un chico de Vilafranca. Hay desde luego racistas, xenófobos e hipócritas para los que “el otro” —vivo o muerto— es, por definición, menos valioso. Pero, a mi juicio, hace falta algo más para poder tildar de racista hipócrita a alguien que el hecho de que su aflicción sea más intensa en determinados atentados. El luto, y las intensidades del luto, no son necesariamente indicativos de su juicio moral.

Dice Nick Cave que los clichés contienen mucha verdad y no conviene ignorarlos. Y no se me ocurre otra manera de empezar a hacerme una idea de todo lo ocurrido ese día que con un cliché: Pau era una persona normal, vivía con esa nobleza y austeridad de pueblo que inspira confianza. Y nada irrita más a los exaltados y a los fanáticos de ambas orillas del Mediterráneo, o del Atlántico, que la normalidad; la aborrecen, les repugna, porque ellos querrían que todo el mundo fuera como ellos, exaltados, fanáticos, intolerantes. Quizás por ello intentan atacarla con arbitrariedad, porque creen que la única forma de impugnar la normalidad es matando indiscriminadamente.

Por eso hacer lo normal ante la barbarie indiscriminada es heroico. He aquí otro cliché preñado de verdad. Y por eso Pau es un héroe para mí, porque en mi memoria Pau pasea su mirada de ojos claros por la plaça de Sant Joan, porque juega las pachangas con sus excompañeros del Atlètic Vilafranca, porque toma algo con los amigos de Puigdàlber, y al hacer todas esas cosas normales día tras día, sin tregua, nos invita a decirle a los bárbaros que no pasarán, que las gentes de Vilafranca del Penedès, y de los muchos lugares del mundo como Vilafranca del Penedès, tienen miedo —¿cómo podrían no tenerlo?—, pero no se rinden. Nunca.

Pau Luque es investigador en el Instituto de Investigaciones Filosóficas de la Universidad Nacional Autónoma de México.

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