Paz, coerción y medioambiente

Por Ramon Folch, socioecólogo. Director general de ERF (EL PERIÓDICO, 24/06/08):

Actualmente, en el mundo hay más de treinta zonas en conflicto armado: Irak, Afganistán, Palestina, Darfur, Sri Lanka, Colombia… Las guerras clásicas de un país contra otro han casi desaparecido, pero proliferan las luchas protagonizadas por organizaciones armadas que no son los ejércitos de toda la vida: Al Qaeda, Hamás, los talibanes, el Polisario, las FARC… Muchos ejércitos convencionales actúan ahora de fuerzas de interposición o de disuasión al servicio de la ONU, de la OTAN, etcétera. Es una mutación del orden tradicional que da que pensar. Al respecto, creo que debería revisarse la relación entre paz y fuerzas coercitivas y también entre seguridad y medioambiente.
Las disciplinas y los organismos de mediación, encargados de concebir y llevar a la práctica nuevas fórmulas y procesos, tienen una importancia creciente. El futuro Barcelona Centre Internacional per la Pau, que tendrá su sede en el cívicamente recuperado castillo de Montjuïc, responde a esta necesidad. Difundirá conceptos y formará expertos, tal como hacen el Austrian Study Center for Peace and Conflict Resolution (ASPR), que funciona en Austria, o la Folke Bernadotte Academy, que opera en Suecia. Deberá capacitar expertos para trabajar sobre el terreno en las nuevas condiciones polemológicas y, singularmente, para hacer frente a una nueva tipología de problemas. Se trata de evitar la violencia y de recomponer convivencias deterioradas.
Reducir el orden público a la acción policial es un error. Pensar que puede mantenerse sin policía, otro. Alguna forma de fuerza coercitiva es imprescindible, pues, si se quiere mantener la paz en el mundo. La violencia no nace de las fuerzas armadas, son las fuerzas armadas las que surgen históricamente de la violencia. La violencia anida en el ADN de los primates y la civilización trata de evitarla por vía cultural. Pero cuando no lo logra con razonamientos, debe aplicar la coerción sobre los violentos. Por eso una policía y unas fuerzas armadas supeditadas a las estrategias políticas son necesarias si, además de pronunciar discursos, quiere gobernarse la realidad. Parece que el Barcelona Centre Internacional per la Pau contribuirá significativamente a formar profesionales civiles y militares en este delicado e importante cometido. Es una buena noticia, que no debería desvirtuarse apartando la milicia del centro. Los esquemas tradicionales se han visto superados, pero solo podremos construir los nuevos a partir de los preexistentes, siempre es así.

POR OTRA PARTE, las tensiones relacionadas con la seguridad y el medioambiente constituyen un emergente nuevo campo de conflicto. La Organization for Security and Cooperation in Europe (OSCE), que tiene su sede en Viena, ha publicado un interesante estudio titulado Environment and Security, transforming risks into cooperation, consagrado a los conflictos y tensiones de base ambiental en la Europa oriental exsoviética, concretamente en Bielorrusia, Ucrania y Moldavia. En este territorio, que viene a ser las cuencas del Dniester y del Dnieper, el estudio identifica siete amplias zonas ambientalmente conflictivas, siendo Chernóbil la primera de ellas, lógicamente. No se trata de protestas ecologistas, sino de alta conflictividad potencial vinculada al control de recursos naturales o a amenazas muy serias sobre la salud de la población, susceptibles de degenerar en enfrentamientos violentos.
El cambio climático generalizará este tipo de problemas. El estatu quo ambiental está a punto de verse subvertido. El agua será, seguramente, el primer elemento generador de una nueva clase de tensiones que ahora apenas se entrevén. Hemos tenido un anuncio doméstico, primero con el Plan Hidrológico Nacional y, más recientemente, con el episodio de sequía hidrológica más aún que meteorológica sufrido en Catalunya. Si el agua llega realmente a faltar, el casus belli está servido. Los países desarrollados y con medios, como los de la Unión Europea, siempre tendremos el recurso de las grandes obras hidráulicas o la desalinización, pero la mayoría de los demás países no se lo podrán permitir. El control de ríos como el Tigris y el Éufrates, el Jordán, el Ganges y el Bramaputra, el Oxus y el Jaxartes o el Nilo ya genera incipientes conflictos larvados entre Turquía, Siria e Irak, Israel y Palestina, la India y Bangladesh, Kirguistán, Uzbekistán y Tayikistán, y Egipto, Sudán, Etiopía, Kenia, Tanzania, Ruanda y Burundi.

POR NO HABLAR, claro está, de los conflictos derivados de los crecientes “desastres naturales”, mal gestionados –recordemos las recientes inundaciones de Myanmar (Birmania)–, o de la pugna por el petróleo y el gas natural. No es ningún secreto que los problemas y las guerras en Oriente Próximo tienen a los yacimientos como telón de fondo. Con el peak-oil (máxima extracción de petróleo) a menos de diez años vista, los
conflictos menudearán y subirán de nivel. No hay más que pensar en Argelia o en Libia, o en el sesgo que pueden acabar tomando las tensiones por la explotación de los hidrocarburos o por la construcción
de centrales hidroeléctricas en América del Sur. Las luchas por el control de los recursos están a la puerta.
Disponemos de seis o siete años para prepararnos, no más. Antes que nada, debemos tratar de instaurar la equidad y la paz social, desde luego. Pero tenemos que ser capaces de hacer frente a los conflictos, si llegan. Llegarán. Irán de la mano de los fundamentalismos y del medioambiente. Al Barcelona Centre Internacional per la Pau le espera una ardua tarea. De pretendidos fuegos de artificio, nada de nada.