Paz y alimentos

Cuando comenzó la guerra civil mi padre tenía 12 años. A pesar de su edad redactó un diario sobre lo que estaba sucediendo. De este diario sorprende que la mayor parte de sus contenidos hablen de comida. Es decir, a los ojos de aquel niño, en un entorno bélico, lo que más le preocupaba era saber cómo se las ingeniaría su padre para conseguir alubias. Guerra y hambre han sido siempre ingredientes de un mismo plato. Y, por supuesto, el alimento ha sido arma de guerra. Cortar el abastecimiento, quemar cosechas está en el abecé de la guerra clásica. Precisamente, como respuesta a las penurias de la guerra y la posguerra mundial, se estableció en Europa la Política Agraria Europea (PAC) con el objetivo de garantizar alimentos suficientes y a precios asequibles a toda la población.

Pero , al mismo tiempo, la falta de alimentos es combustible para la guerra. El 23 de febrero de 1917 una gran manifestación en San Petersburgo iniciaba las revueltas de la revolución rusa, su lema: Pan y paz. Tal como si el tiempo no hubiese transcurrido, en el 2011 en Túnez se encendía la revolución en el Norte de África al grito de Pan y libertad. Era la respuesta tras haberse doblado de modo súbito el precio de este alimento básico. Las consecuencias de aquellas revueltas las presenciamos hoy en forma de guerra y de movimientos migratorios desesperados, muchos de ellos con el hambre en las entrañas.

Malthus, a finales del siglo XVIII, consideraba el hambre y la guerra las respuestas naturales para equilibrar recursos y población. Los hechos desmintieron a Malthus y la tecnología permitió impulsar un crecimiento espectacular en la producción de alimentos. En Europa, por ejemplo, el éxito de la PAC se tradujo en excedentes alimentarios que borraron de nuestra memoria el carácter finito de los recursos. A pesar de ello todavía quedan en el mundo, según la FAO, 800 millones de personas desnutridas. Es decir, personas que simple y llanamente pasan hambre, el mejor caldo de cultivo para la inestabilidad político-social. El desarrollo económico es la mejor herramienta contra la pobreza y la desnutrición, pero este desarrollo debe ser, por una parte, inclusivo y redistributivo para a reducir la desigualdad y, por otra parte, sostenible de modo imprescindible, ya que no hay margen para muchos más errores. Sin embargo este no ha sido el patrón de desarrollo predominante.

En un escenario con nuevos vectores de demanda y con el cambio climático mostrando ya su cara más problemática, los hechos están hablando con claridad. Durante los últimos ocho años hemos sufrido tres graves crisis de precios de alimentos básicos, con serias consecuencias a corto plazo (cierre de fronteras o limitaciones a la exportación por parte de los países productores) y a largo plazo (cambios importantes en los equilibrios geopolíticos).

Los grandes centros de coordinación global (G-8, G-20, Banco Mundial, FMI) han situado estas alertas entre sus principales prioridades. El acuerdo de París sobre el cambio climático responde seguramente al cambio de actitud que propician estas alertas. No es de extrañar que la cumbre de Doha de la Organización Mundial de Comercio no haya podido completarse todavía por divergencias en el capítulo agrícola. Algunos países emergentes han considerado insuficientes las cláusulas de salvaguardia ante crisis de precios de los alimentos, dados los riesgos que comportan en la estabilidad social y política. A pesar de ello, recientemente, quizá también como signo de nueva actitud, se ha adoptado en la OMC la supresión de las subvenciones a la exportación, una de las prácticas más abusivas en el comercio de alimentos.

En resumen, nos acercamos a un escenario más tenso y con mayores riesgos en seguridad alimentaria global. Los mitos más extendidos del negacionismo van cayendo uno a uno y tras ellos solo queda la realidad, que también es global. Ya no podemos encerrarnos en la burbuja de seguridad del mundo occidental desarrollado, la burbuja tiene las paredes finas y deberán buscarse otras estrategias.

Entre otras medidas, reforzar la inversión en agricultura, establecer relaciones comerciales equitativas que no lesionen las estructuras productivas de los países menos desarrollados, apostar por los beneficios del comercio global pero sin afectar al derecho de cada país a sostener su agricultura y, por tanto, su seguridad alimentaria, evitar la especulación sobre productos alimentarios regulando efectivamente el mercado de futuros y avanzar hacia una agricultura suficiente, amable con el medio ambiente y como herramienta contra el cambio climático. Al margen de argumentaciones de carácter ético, que las hay, se trata simplemente de evitar que la inestabilidad llegue a nuestra puerta.

Francesc Reguant, economista.

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