Pedagogía del respeto

Diez mil soldados están desplegados por toda Francia para garantizar la seguridad ciudadana después de los atentados de la semana pasada. Se les ve armados a la entrada de escuelas judías, protegiendo centros de culto musulmanes y otros lugares sensibles de ser atacados por fanáticos. La gran manifestación del domingo fue un acto de reafirmación europea frente al integrismo violento de los yihadistas que pretenden destruir los valores occidentales.

No se trata de una batalla entre civilizaciones sino de una batalla por la civilización. El fin de la guerra fría hacía pensar que el mundo entraría en un largo periodo guiado por la paz perpetua kantiana donde los valores de la democracia, el mercado y la libertad se impondrían de forma natural y para siempre. No ha sido así.

Nuestro siglo empezó con los ataques del 11 de septiembre de 2001 que abrieron el camino a una confrontación abierta contra los supuestos autores de aquella cruel matanza. Se adiestraron en Afganistán y una coalición internacional derribó a los talibanes de Kabul. Siguió en Iraq con una guerra sin las causas invocadas de las armas de destrucción masiva. Cientos de miles de personas han muerto, han huido o se han desplazado para no ser aniquiladas. Es una guerra dispersa, ideológica, en la que el terrorismo de cuño islámico utiliza los avances tecnológicos de nuestra civilización para intentar destruirla substituyéndola por otra que niega nuestros valores.

Los millones de ciudadanos que se manifestaron en París defendían la civilización democrática, laica, multiconfesional, con separación entre los tres poderes, con la libertad de practicar cualquier religión, donde la mujer es jurídicamente y socialmente igual al hombre y donde la libertad de pensamiento hace posible la ciencia y el progreso. Es esta civilización la que el islamismo integrista quiere combatir y destruir desde el incipiente Estado Islámico que ocupa amplios territorios de Iraq y Siria. Se calcula que unos 1.400 franceses o ciudadanos que residen en Francia se han alistado a la yihad. Unos 70 han muerto en Siria que está siendo bombardeada persistentemente por drones occidentales sin conseguir frenar el expansionismo de unos fanáticos que eliminan a todos los que no comparten su causa.

Desde los atentados del día 7 de enero se han registrado más de cincuenta actos islamofóbicos en Francia. La canciller Merkel se manifestó el lunes en Berlín para defender a los musulmanes que están siendo atacados por la organización islamofóbica Pegida que, paradójicamente, a la misma hora, desfilaba por las calles de Dresde con un crespón negro en señal de simpatía con las víctimas de los asesinatos de París. Desde hace varios meses, cada lunes, miles de alemanes se manifiestan en Dresde y en otras ciudades en contra de la islamización de Europa. Alemania está sorprendida por el aumento de simpatizantes a una causa que va en contra de más de cuatro millones de musulmanes, mayormente turcos, que viven en el país y que representan el 5 por ciento de la población. En Francia son el 7.5 por ciento, el 6 por ciento en Bélgica, el 5 por ciento en el Reino Unido, en Holanda y en Suecia y el 3 por ciento en España. En el conjunto de Europa viven unos 44 millones de musulmanes, muchos de ellos con la nacionalidad de sus respectivos países. Una vez levantado el velo del multiculturalismo se ha descubierto un conjunto de sociedades paralelas que, lejos de integrarse, se mantenían al margen o en contra de los valores cívicos y políticos de nuestra civilización basada en la libertad.

La integración es difícil y no se alcanza en una generación. Hay que convivir con el respeto que se merece toda persona mientras cumpla sus deberes y exija sus derechos. No es aceptable que ataquen nuestras libertades y que unos cuantos entren con fusiles en una redacción de una revista satírica y maten a doce personas. Nada justifica estos crímenes.

El humor y la sátira forman parte importante y prioritaria de las sociedades libres. Pero hay que aceptar que varios millones de ciudadanos europeos, musulmanes, pueden sentirse ofendidos por las mofas gratuitas al Profeta. No me gustan. En Alemania, comprensiblemente, no se admiten bromas sobre los judíos ni el Holocausto. La explotación occidental de Oriente Medio ha creado movimientos radicales que se han refugiado en la religión para expulsar a Occidente y sus valores del mundo islámico intentando recrear los imperios de la Edad Media, un sueño que justifica cualquier sacrificio. El Estado Islámico, bárbaro y criminal, cabría situarlo en este contexto.

Jacques Delors, en su crítica al choque de civilizaciones de Samuel Huntington, compartía con el autor que los conflictos del futuro estarán más determinados por los factores culturales que por los económicos o ideológicos. Occidente, decía, necesita desarrollar una más profunda comprensión de las concepciones religiosas y filosóficas de otras civilizaciones. Las causas del atraso de muchas sociedades musulmanas son la pobreza, las graves desigualdades, la ignorancia y el subdesarrollo. El nuevo orden mundial deberá basarse en la pedagogía del respeto. Hace un siglo, el tratado de Versalles fijaba las nuevas reglas tras la Gran Guerra que condujo a nuevas guerras. Se pueden repetir los mismos errores, pero no hace falta.

Lluís Foix

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