Pedagogía democrática

La sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos sobre la Ley española de Partidos Políticos y sobre la subsiguiente ilegalización de Batasuna por efecto de su aplicación es una excelente ocasión para hacer un poco de pedagogía de la democracia entre nosotros. Porque sucede que el término de ‘democracia’ ha tenido tal éxito en los últimos tiempos, ha sido tan total su asunción por todos los partidos, movimientos y gobiernos (incluso por los que se niegan a aplicarla de verdad) que corre el riesgo de quedar vacío de contenido, de convertirse en un simple comodín verbal asociable a toda afirmación o demanda particular. Al igual que ha sucedido con el término ‘derecho’, el de ‘democracia’ es una de esas palabras ‘buenas’ que siempre hay que asociar al propio discurso, porque lo dota de un halo de prestigio. Y así, de tanto manosearla, tiende a no significar nada concreto.

Pues bien, el principal valor de la sentencia de Estrasburgo en este sentido es el de decir en voz muy alta (aunque no tanto como para que no haya quien siga sin escucharlo) que ‘democracia no es cualquier cosa’, que ‘no todas las ideas son democráticas’, que ‘hay discursos políticos y acciones concretas que son radicalmente incompatibles con la democracia’. Hay en la sentencia una frase estremecedora para todo aquel que la lea sin prejuicio, proviniendo como viene del intérprete más ponderado que hay en Europa acerca de los requisitos de la democracia liberal: «El discurso y los actos de los partidos ilegalizados (Batasuna y Cia) forman un conjunto que arroja una nítida imagen de un modelo de sociedad que está en contradicción con el concepto de ‘sociedad democrática’». El tribunal no se limita a decir que estos partidos amparan o comparten la práctica del terror, sino que va más allá y explicita con toda nitidez que la actuación de estos partidos es incompatible con lo que en Europa se entiende por una ‘sociedad democrática’. Con lo cual está afirmando que la democracia, por defectuosa que sea, no es compatible con cualquier discurso ni permite cualquier clase de actuación política. Vamos, que no es cierta esa especie de apotegma simplón que se ha instalado desde hace tiempo entre nosotros y que coloniza las mentes de tantos ciudadanos de buena fe, ése que reza que ‘todas las ideas se pueden defender en democracia’ y que, por tanto, todas las ideas, partidos y personas tienen derecho a ser actores políticos legítimos en el proceso público democrático vasco.

¿Cómo explicar esta limitación básica del proceso democrático, cómo hacer entender al ciudadano inexperto que no todas las ideas son compatibles con la democracia? Porque es forzoso reconocer que esta limitación sustantiva no es comprendida ni aceptada de buen grado por el habitante estándar de nuestro sistema político, que tiende a desconfiar de cualquier sugerencia en este sentido, o a considerar que vienen siempre inspiradas por los intereses particulares del gobierno o del tribunal que se las recuerda. Sucede, en el fondo, que la gente posee una noción muy relativista de la democracia, tiende a reducirla a una serie de reglas de funcionamiento en las que no existen valores sustantivos sino sólo opiniones; y para el ‘homo qualunque’ todas ellas son igual de válidas, claro está.

Quizás la vía de la reducción al absurdo, que pone de manifiesto la contradicción intrínseca de una determinada afirmación cuando se lleva a su consecuencia lógica, sea la más conveniente para hacer pedagogía democrática entre nosotros. Y podría hacerse en la manera siguiente: si usted, amigo lector, defiende el principio de que en democracia debe ser posible defender cualquier clase de ideas y proyectos, seguramente pensará que tal principio deja el campo libre a cualesquiera idea política: pues ‘todas son defendibles’, ha dicho. Pero, ¡ay!, como les sucede a todos los relativistas ingenuos, usted ha afirmado sin darse cuenta un dogma potentísimo que está por encima de cualquier idea política concreta: el de que ‘todas deben poder defenderse’, con lo que ha afirmado implícitamente que sí hay una idea que es radicalmente inadmisible: la de que sólo algunas, no todas las ideas, puedan defenderse. Su dogma no admite como democráticamente válidas aquellas ideas que defiendan que ciertas ideas no pueden defenderse ¿No es cierto?

Ocurre entonces que su aparentemente sencillo y relativista principio tiene unos contenidos mucho más ‘fuertes’ de lo que parecía a primera vista: puesto que lleva inexorablemente a un sistema en el que se aceptarán como defendibles todas las opiniones salvo unas muy concretas: las que lo pongan en cuestión y defiendan que ciertas opiniones no pueden manifestarse, es decir, las que nieguen el pluralismo constitutivo de la sociedad, las que consideren que a ciertas personas o partidos, por defender ciertas ideas, se les puede excluir o perseguir. Es decir, que si se institucionaliza efectivamente en un sistema político concreto su principio de ‘todas las ideas son defendibles’ llegaremos a establecer uno en que estén necesariamente prohibidas e ilegalizadas ciertas ideas: las que ataquen ese dogma. ¡Paradójico, pero inexorable!

Pues bien, si esto es así, su aplicación al caso vasco es bastante evidente y sencilla: deberán ser defendibles pública y electoralmente todas las ideas salvo aquéllas que nieguen ese principio, bien lo hagan francamente, bien a través de su operatividad real. El terrorismo es una práctica que, aunque hoy en día se proclama ‘democrática’ (ya lo hemos dicho, últimamente es demócrata todo el mundo, hasta Franco se reclamaba como tal al final), niega el derecho a existir de ciertas ideas en Euskadi, o por lo menos el derecho de sus mantenedores a afirmarlas. Los elimina. Se convierte en árbitro inapelable de las ideas admisibles o rechazables. Las ideas de los terroristas, por definición, ‘valen más’ que las demás, aunque sólo sea porque las respaldan con la violencia. No caben, entonces, en una sociedad democrática definida por el principio de ‘todas las ideas son admisibles’. ¿Y Batasuna? Bueno, la regla sigue siendo la misma: si defiende de verdad que todas las ideas son admisibles, debe forzosamente condenar a quienes atacan de raíz este principio con sus actos. Si no lo hace y prefiere adoptar un melifluo y borroso discurso de ‘condeno todo pero no condeno a nadie’, está en el fondo diciendo que los que quieren acabar con mis ideas y conmigo (y las de miles de ciudadanos como yo) tienen un sitio, un buen sitio además, en su sociedad ideal. Pero, entonces, en su sociedad no se cumple el principio que dice inspirarles. Con lo que llegamos a la inescapable conclusión de que los propios principios que Batasuna y la izquierda abertzale dicen defender exigen inexorablemente su propia exclusión del proceso político, su ilegalización.

Conclusión que sólo es relativamente sorprendente, pues es lo que suele suceder a quienes juegan con las ideas. Pero que debería hacer pensar a tanto ciudadano vasco de buena fe que se deja arrastrar por el prestigioso atractivo de lo simple. Piénsenlo, y verán que, como dice Estrasburgo, al final, «democracia no es cualquier cosa». Y que eso vale en Irán, desde luego, pero también por acá.

José-María Ruiz Soroa, abogado.