Pedro, ¿qué es una nación?

En el debate que sostuvieron los tres candidatos a la secretaría general del PSOE antes de su elección por los militantes de dicho partido, Patxi López, muy oportunamente, le preguntó a Pedro Sánchez: “Pedro, dime, ¿qué es una nación?”; y este le respondió: “Una nación es un sentimiento”. Cierto que una nación puede ser un sentimiento, pero también lo es el amor a los colores del club de fútbol de tu ciudad, o la devoción a la virgen del Pilar, a la de Montserrat o a la del Rocío. Hay tantas cosas que nos inspiran sentimientos, de amor y ¡ojo! también de odio, que definir a una nación como un sentimiento es una simpleza imperdonable en un líder político.

Usando una definición lo más objetiva posible, una nación es primero una sociedad política, es decir una colectividad organizada para que en ella se ejerza el poder. A la capacidad de ostentar el poder legítimo la consideramos soberanía; y a la sociedad organizada a partir de una determinada soberanía y dentro de unos límites territoriales la podemos llamar nación. Tratando de definir a la nación de una forma no ideológica, podemos concluir que nación y estado son realidades que van unidas. El estado-nación moderno surgió bajo la soberanía absoluta de los monarcas, como sucedió a partir del siglo XVI en España, Francia o Inglaterra. Pero más tarde mudó, no sin grandes dificultades, hacia el principio de la soberanía popular, que da hoy legitimad a los estados democráticos como el nuestro.

España es un estado y una nación. Bien es verdad que es una nación problemática, pero nación al fin y al cabo. Cataluña no es un estado ni tampoco una nación. Pero también es verdad que, como sociedad política de naturaleza autonómica, Cataluña dispone de un poder propio porque así lo permite la vigente Constitución española, que es la que determina la soberanía nacional. Luego Cataluña no dispone de una soberanía propia y por ello no existe como nación. Otra cosa es que miles de ciudadanos catalanes estimen que Cataluña, separándose del resto de España, deba transformar su sociedad política, hoy autonómica bajo la soberanía del Estado español, en un nuevo estado soberano y convertirse así en una nación. Pero esto es una ideología o una aspiración, que suele ir acompañada de sentimientos, unas veces respetables y otras no tanto, y no equivale para nada a una realidad objetiva, ya que estas apelaciones a una nación por construir no dejan de ser la expresión de un deseo. Una nación nunca es una esencia inmutable ni un rasgo genético permanente, ni tampoco un sueño que ha de cumplirse, ni un sentimiento compartido ante un himno o una bandera, sino una realidad histórica que puede ser perdurable pero siempre contingente. Hasta ahora la historia no le ha otorgado a Cataluña la ocasión de convertirse en una nación.

Vistas así las cosas y en relación al soberanismo catalán, hay dos preguntas que deberíamos hacernos: ¿Cómo debería ser el proceso para la creación de un nuevo estado-nación llamado Cataluña tras su separación del Reino de España?; y ¿merecería la pena llevarlo a cabo?

El independentismo catalán es una ideología legítima y su acción y expresión están garantizadas por la Constitución española, de modo que los partidos que lo respaldan pueden ejercer libremente sus actividades y de hecho gobiernan la comunidad autónoma de Cataluña. Pero este movimiento separatista es hoy antidemocrático, ya que su voluntad es violar la Constitución hoy vigente en España. La última vez que los ciudadanos catalanes pudieron manifestarse libremente y con garantías en relación a su soberanía fue en 1978, en el referéndum que aprobó nuestra Constitución, y en él en Cataluña votó el 68,3% del electorado, un 1,24% por encima de la media nacional, siendo los votos afirmativos el 91,25%, casi igual a la media nacional, que fue del 91,81%. Esto quiere decir que, además de aprobar la Constitución, la inmensa mayoría de los catalanes también establecieron el procedimiento para cambiarla, incluido el posible cambio respecto a la soberanía nacional. Así que lo democrático para hacer de Cataluña un estado-nación es llevarlo a cabo mediante una reforma de la Constitución española.

Uno de los hechos históricos que resultaron fundamentales tras la Segunda Guerra Mundial fue la voluntad de mantener las fronteras ya existentes dentro de Europa, pues sus alteraciones habían producido grandes derramamientos de sangre en siglos pasados. Desgraciadamente y transcurrido un tiempo, el fin de la Unión Soviética trajo consigo el derrumbamiento de una gran parte de las fronteras que había impuesto el comunismo en Europa oriental; y el ejemplo de la antigua Yugoslavia nos alecciona respecto a la seguridad que el mantenimiento en paz de nuestras fronteras en Europa Occidental nos ha proporcionado. La Unión Europea es la mayor conquista europea de la historia moderna y, a pesar de sus innumerables problemas, ha mantenido la paz dentro de sus fronteras. ¿Vale la pena modificar hoy nuestras fronteras y crear nuevos estados dentro de la Unión Europea? El nacionalismo, que siempre aspira a crear nuevas naciones y a extenderlas con nuevos imperios –no olvidemos eso de los ‘Països Catalans’–, es una ideología perniciosa; y por eso, aunque legítima, desafía la conciencia europeísta que hoy ha de fundamentar el futuro de nuestras democracias.

Gaspar Mairal Buil, Doctor en Sociología (Antropología Social).

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