Pedro Sánchez, ¿un segundo Zapatero?

Pedro Sánchez, camisa blanca, buen porte, sonrisa perenne y aires de la serie “Cuéntame”, se halla en un momento un tanto delicado. Superada la fase de la novedad, en la que todo son felicitaciones y parabienes, el nuevo secretario general del Partido Socialista Obrero Español debe mostrar ahora cuáles son sus prestaciones y debe hacerlo en el momento más complejo y difícil que ha vivido España desde el intento de golpe de Estado de febrero de 1981. Sólo faltaba el Ébola.

Sánchez debe mostrar sus capacidades y convencer a la sociedad de que reúne los requisitos necesarios para aspirar seriamente a la presidencia del Gobierno, insisto, en un momento, terriblemente complejo para España y verdaderamente angustiante para mucha gente. Sólo faltaba el Ébola. Pedro Sánchez fue elegido secretario general por los militantes del PSOE con una votación novedosa en ese partido. Por primera vez, los afiliados tenían derecho a escoger directamente al secretario general. El de julio fue un cónclave ampliado, en el que Sánchez, economista y ex concejal del Ayuntamiento de Madrid, ganó gracias al apoyo de la líder socialista andaluza Susana Díaz, que en aquel momento prefirió no competir por la secretaría general. Díaz no dio el paso por orgullo califal –deseaba una aclamación y no se la dieron-, por la necesidad de seguir atendiendo con mucha atención la gobernación de Andalucía, donde las cosas no son tan fáciles para el PSOE como parecen; por cautela: hay que ver cómo acaba el escándalo de los ERE, y por astucia: si Sánchez se quema, entonces podría venir la aclamación.

Sánchez debe convencer ahora a la sociedad y durante su primer mes en pista, una vez agotados los parabienes del verano, ha cometido algunos errores un tanto sorprendentes. Propuso la semana pasada que se celebrasen funerales de Estado para las mujeres víctimas de la violencia machista y tuvo que rectificar de inmediato: las mujeres no quieren funerales pomposos, quieren que no las maten. Casi de inmediato dejó escapar que él prescindiría del ministerio de Defensa, en caso de tener que afrontar una severa reducción de los departamentos ministeriales. Al cabo de unas horas el PSOE tuvo que desmentir que esa fuese la verdadera intención de su secretario general. Mucha gente no salía de su asombro. La rectificación era un mensaje claramente destinado a los militares y a todas aquellas personas vinculadas a la milicia y a la industria militar, que en Andalucía, gran bastión electoral del PSOE, no son pocas.

En su casa, Carme Chacón, ex ministra de Defensa, sonreía. Chacón y su círculo de confianza no han renunciado, ni renunciarán, al liderazgo electoral del PSOE. Esperen a después de las elecciones locales de mayo. Chacón no ha tirado la toalla. Y en Andalucía vienen tiempos problemáticos para Susana Díaz: con la irrupción de Podemos, la alianza PSOE-IU ya no es un esquema de gobernación seguro para los próximos tiempos.

Sánchez ha estrenado un nuevo equipo de comunicación y se halla en fase experimental. Probando, probando. Dos o tres errores de comunicación consecutivos no le invalidan, pero puntúan negativamente. “Sánchez parece un nuevo Zapatero, quizá más inexperto”. Esta frase se ha repetido mucho estos últimos días. La prestancia mediática del nuevo líder socialista parece innegable –es bien parecido, se mueve bien ante las cámaras, tiene una sonrisa muy agradable-, pero si no va acompañada de un verdadero cuajo político se va a volver en su contra. Los guapos, además de guapos, han de ser interesantes. La mejor estrategia de comunicación es aquella que parece no existir. Hay en estos momentos en España una creciente animadversión a la impostura. El país se siente profundamente engañado, en todos los aspectos. Engañado y autoengañado, para ser más exactos. Y sólo faltaba el Ébola.

Los profesionales de la comunicación han colonizado en exceso la gestión de la política. Y ahora parece que llega una nueva generación de consultores, formados plenamente en la cultura posmoderna, que desprecian abiertamente la ‘vieja’ política. Es decir, no poseen cultura política, ni sienten un verdadero interés por sus fundamentos clásicos. Fascinados por lo ‘nuevo’, conciben al líder como una celebridad televisiva capaz de moverse en todos los terrenos posibles en busca de los electores más alejados de la política convencional y del periodismo convencional, dos esferas en crisis. Creo que el equipo de asesores de Sánchez está intentando hacer de él una ‘celebrity’ –un personaje famoso a todos los efectos-, sin prestar la adecuada atención a los contenidos. Lo importante es llamar la atención y penetrar en las audiencias. Lo importante es que se hable de Sánchez. No sé si esta es una buena estrategia.

Sánchez está siendo comparado con el primer Zapatero y eso no es bueno para el nuevo secretario general. La falta de preparación de Zapatero para afrontar la crisis económica es el principal lastre que pesa, aún hoy, sobre el PSOE. En otros aspectos, Zapatero es valorado positivamente, o con cierta amabilidad. El anterior jefe de Gobierno dejó un rastro ‘democratista’ en la sociedad española: acometió cambios importantes en la legislación social que vinieron para quedarse –la ley de matrimonios homosexuales, por ejemplo-; afrontó con habilidad y determinación la fase final de ETA, con la imprescindible ayuda de Alfredo Pérez Rubalcaba; se equivocó, gravemente, con Catalunya, por desconocimiento de Catalunya; y tuvo miedo cuando descubrió en qué consistía realmente la crisis económica del año 2007, que no reconoció como tal hasta bien entrado el año 2008.

En mayo del 2010, cuando fue obligado a cambiar de política económica por el Directorio Europeo, por Estados Unidos y por China –todos ellos aterrorizados ante una posible quiebra de España, el cuarto país en importancia de la zona euro-, Zapatero podía haber dimitido, dando paso a unas elecciones cruciales, en las que se habría discutido a fondo sobre la política de austeridad, sus costes sociales y sus posibles contrapartidas sociales. Dadas las circunstancias del momento, hubiese sido, sin duda, un movimiento valiente y arriesgado. Quizá muy arriesgado. Quizá demasiado arriesgado. De haberlo hecho, el PSOE estaría hoy más fuerte.

Zapatero prefirió dejar de ser ZP en horas veinticuatro, para convertirse en un obediente gestor de la devaluación interna española. Dejó a su partido malparado, excitó las fantasías del PP –“España se hunde, nosotros solos la salvaremos y con ello conquistaremos un ciclo de poder de más de quince años”-, y se aseguró un retiro cómodo. Zapatero no ha sido perseguido. No ha sido incordiado. No ha sido importunado. Felipe González y José María Aznar no pueden decir lo mismo. Zapatero firmó algunas ‘pólizas de seguro’ antes de acabar su mandato. Sabía con quien debía contratarlas y se hizo amigo del personaje que en aquel momento podía organizar y coordinar la cacería en su contra: el periodista Pedro J. Ramírez, hoy en inquieto segundo plano.

Zapatero actuó con valentía en algunos aspectos, con astucia en otros y con ignorancia en otros más. Sabía que Madrid es un quebrantahuesos y tomó sus precauciones. No pudo evitar, sin embargo, que una parte muy importante de la sociedad se quedase con la idea de que era un gobernante poco preparado para enfrentarse a una situación que le desbordaba. Aquella obstinación en negar la existencia misma de la crisis fue suicida y sigue pesando sobre el PSOE. El Partido Socialista es desde entonces un partido demediado. Debilitado en Catalunya, con más problemas en Andalucía que los derivados del escándalo de los ERE, y amenazado en todas las latitudes por la fulgurante entrada en escena de Podemos.

Exhibiendo falta de preparación, Sánchez ahonda el punto débil del PSOE y no intercepta a Podemos. Una lectura demasiado posmoderna de Podemos puede constituir un error fenomenal y creo que los asesores de Sánchez, algunos de ellos formados culturalmente en el interior del ‘posmodernismo’ barcelonés, fantasioso, europeo, turístico y burbujeante, quizá lo estén cometiendo.

El PSOE tiene pánico a Podemos y se nota. Se nota demasiado. Ha comenzado a dar el nombre de ‘asambleas abiertas’ a sus actos políticos. La camisa blanca, bien arremangada. Y esas propuestas “atrevidas’ que hay que corregir a las veinticuatro horas. Reducir la política a una mera cuestión de lenguaje y estilo es un error. El PSOE puede estar en riesgo si no muestra cuajo, un rasgo ‘viejo’ y clásico, lo siento. Que nadie olvide el vertiginoso hundimiento del PASOK en Grecia.

Lo ‘nuevo’ y lo ‘viejo’ bailan una complicada danza hoy en España. La gente desea cambios, muchos cambios, y seguridades, muchas seguridades. Esa es una de las contradicciones que va a tener que resolver Catalunya en los próximos tiempos, cuando deje de vivir ‘momentos históricos’ cada cinco minutos.

En España, la noción de orden sigue siendo muy intensa y arraigada. “Siempre hay que saber a qué atenerse”, decía Ortega y Gasset. Cuando el Estado falla, sin hundirse –es muy difícil que se hunda el Estado español-, surge la guerrilla y la gente en los bares habla de la ‘casta’.

El PSOE no puede aparecer hoy como una fuerza ‘novísima’, por la sencilla razón de que no lo es. De los treinta y siete años de democracia restaurada, el PSOE ha gobernado veintidós. El PP, once. La España actual lleva más timbre gubernamental del PSOE que del PP.

Llegados a este punto, hay que introducir un matiz, no menor. En Madrid y Valencia, el PP ya acumula un ciclo de gobierno de 20 años. En Catalunya, la matriz dominante nunca ha dejado de ser nacionalista, con variaciones de sensibilidad y matiz. En el País Vasco, el PNV nunca ha dejado de mandar en lo fundamental. Y en Galicia, el PP sólo ha permitido un paréntesis de izquierdas de cuatro años. Sólo en Andalucía el PSOE es indiscutible, o casi indiscutible. Con el paso del tiempo, el PSOE se ha ido transformando en el Partido del Sur, débil en los demás territorios de España. Reequilibrar ese mapa es el gran reto que Sánchez tiene por delante. No sé si llega a tiempo.

España hace ya algunos años que entró en la posmodernidad -1992 quizá fue la fecha clave-, pero los miedos y temores de los españoles no son hoy nada posmodernos. La gente quiere cambios y seguridad. Trabajo, fantasía, diversión y cuajo.

Y sólo faltaba el Ébola.

Enric Juliana

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