Pekín 2008 y la derrota de la libertad

Por Borja Vivanco Díaz, Doctor en Economía y licenciado en Socilogía (EL CORREO DIGITAL, 06/08/08):

En las Olimpiadas de Moscú celebradas en 1980, Estados Unidos y algunos de sus aliados -como Alemania Federal, Canadá o Japón- decidieron no acudir a la cita deportiva, como protesta por la invasión soviética de Afganistán. Otros países de la órbita occidental, como España, se inclinaron por asistir casi en el último momento, pero en vez de desfilar en la ceremonia de apertura con su enseña nacional, optaron por hacerlo tras una bandera olímpica. En las Olimpiadas de Los Ángeles de 1984, el boicot se repitió pero a la inversa: La Unión Soviética y casi todos los países comunistas no participaron en los Juegos Olímpicos.
Ni mucho menos fueron las únicas, pero ambas olimpiadas llegaron a reflejar con mayor nitidez la tensión política internacional. Con la relajación de las relaciones transnacionales y el final de la Guerra Fría, los eventos olímpicos que han tenido lugar con posterioridad a Los Ángeles 1984 se han ido desarrollando con normalidad o sin dificultades, de naturaleza política, dignas de mención. Tampoco parece que Pekín 2008 vaya a ser, en este caso, una excepción. Ahora bien, no sé hasta qué punto deberíamos congratularnos por ello.

Ocurre que en China viven en torno a 1.500 millones de personas, a quienes su Gobierno continúa sin estar dispuesto a conceder libertad de expresión, política, religiosa o cultural. La liberalización económica y de mercado producida en los últimos 15 años apenas está siendo acompañada de más garantías en libertades individuales. Y como hace unos días nos volvía a recordar Amnistía Internacional, China ha incumplido estrepitosamente el compromiso que adquirió de trabajar a favor de los derechos humanos cuando en 2001 le fue adjudicada la organización de los Juegos de 2008. Mención aparte merece el drama ininterrumpido que está sufriendo el pueblo tibetano desde que fue invadido hace casi seis décadas por el ejército comunista chino.

Hace casi veinte años, en la primavera de 1989, las manifestaciones opositoras de Pekín parecían augurar que el régimen comunista iba a correr la misma suerte que sus homólogos de la Unión Soviética o de los países de Europa del Este. Pero los inesperados y trágicos hechos de la plaza de Tiananmen, en los que fallecieron 700 estudiantes universitarios fruto de la represión del ejército, cortaron de raíz cualquier movimiento opositor. De todos modos no deja de sorprender que un país de las dimensiones de China, que lleva avanzando más de una década sin parar hacia un sistema económico capitalista, siga bajo el control de una burocracia y una elite que continúan legitimándose desde una ideología de origen marxista.
Con todo, es justo reconocer el ingenio de los líderes comunistas, por ser maestros en componer y argumentar principios políticos singulares. Recuerden aquello de ‘un país, dos sistemas’, expuesto por Deng Xiaoping, que explicaba que Hong Kong y Macao pasaban a soberanía china pero que los derechos y las libertades que sus ciudadanos gozaban, en tiempos de los mandatos británico y portugués, respectivamente, se mantendrían intactos.

Estados Unidos y la Unión Europea, en un primer momento, reaccionaron horrorizados ante los sucesos de la plaza de Tiananmen e impusieron sanciones al Gobierno comunista. No era para menos. Pero China es también un país influyente en la escena internacional, además de ser miembro con derecho a veto en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Y por encima de todo, la apertura del mercado chino acontecida a inicios de la década de los 90 ha sido contemplada como muy golosa por las multinacionales de los países desarrollados. El mercado chino ocupará un espacio cada vez más relevante, en la cartera de clientes o en las fuentes de aprovisionamiento de las economías occidentales.

Las empresas españolas parece que serán de las más beneficiadas, si creemos lo que el presidente chino Hu Jintao transmitió en otoño de 2005 en nuestro país. Conozco a empresarios y directivos vascos que están siendo recibidos con los brazos abiertos por las autoridades chinas, a la espera de sus inversiones o de la firma de contratos millonarios que permitan al gigante asiático seguir aumentando la exportación de manufacturas. Pero sé también de misioneros vascos que, cuando aterrizan en el país, han de ocultar su condición de sacerdotes católicos, pues pueden comprometer a los ciudadanos chinos con los que entablen contacto.

China está experimentando, en años recientes, tasas de crecimiento anual del PIB que rondan el 10%, gracias sobre todo al despegue económico de las zonas costeras. No es un crecimiento aislado. En cierta medida, China y otros países asiáticos como Vietnam o la misma India están replicando el desarrollismo que decenios atrás se produjo o todavía tiene lugar en otras regiones de Asia Oriental, en los conocidos como ‘Cuatro Dragones’: Corea del Sur, Singapur, Hong Kong y Taiwán. Es probable, en suma, que este modelo de crecimiento económico pueda extenderse al conjunto de los países en vías de desarrollo, desde Pakistán a Indonesia.

A principios del siglo pasado, el continente sudamericano era la región, de las economías menos desarrolladas de aquel tiempo, que mejores expectativas presentaba. Pero a inicios del siglo XXI Asia Oriental es la que encabeza, sin lugar a dudas, las previsiones de crecimiento de las economías en desarrollo. América Latina, Oriente Medio y África deberían reflexionar, en definitiva, sobre de qué manera es apropiado para ellos este modelo de desarrollo y cómo podrían importarlo.

Ahora bien, las economías de los países ricos son conscientes de que China puede convertirse en un competidor de primera categoría y capaz, además, de generar indirectamente costes sociales nada desdeñables en forma de destrucción de empleo; como en los últimos años se está ya empezando a constatar en España, en industrias como la textil o el metal. La mayor inquietud de los países desarrollados, por los procesos de deslocalización industrial, se debe primordialmente a las ventajas comparativas que economías como la china ofrecen hoy en día, al hacer uso de mano de obra mucho más barata.
Existen múltiples posibilidades para que, los propios deportistas y el resto de quienes conforman las delegaciones olímpicas manifiesten en los Juegos su disconformidad o protesta por la represión del Gobierno comunista. La historia de los Juegos Olímpicos está nutrida de ejemplos, en este sentido, de los cuales tomar nota. Pueden efectuarse muy diversos tipos de boicots que de ningún modo adulterarán la naturaleza deportiva de las ceremonias y las competiciones. Y es que recordemos que la Carta Olímpica declara que el «objetivo del Olimpismo es poner siempre el deporte al servicio del desarrollo armónico del hombre, con el fin de favorecer el establecimiento de una sociedad pacífica y comprometida con el mantenimiento de la dignidad humana.

Las Olimpiadas de Berlín, celebradas en 1936, se transformaron en un instrumento de propaganda feroz del Gobierno nazi, gracias a la habilidad del ministro Joseph Goebbels o de la cineasta Leni Riefenstahl. Polonia, Francia o Gran Bretaña, que terminaron combatiendo contra Alemania en 1939 tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial, participaron también -y con entusiasmo- en aquellos Juegos Olímpicos. Por consiguiente, la ausencia de boicots, no lo olvidemos, dará legitimidad, de cara al futuro, a la política dictatorial del Gobierno chino. De los políticos y los deportistas que acudan a Pekín depende que esto no ocurra.