Peligros del oficio

Por Rosa Pereda, periodista y escritora (EL PAÍS, 09/01/07):

Casi al mismo tiempo, en el término de un mes, saltaron a las páginas de los periódicos tres asesinos de prostitutas. Uno en Atlantic City, la ciudad del juego próxima a Nueva York, otro en Suffolk, Inglaterra, y otro en Alemania, el camionero que había actuado en Cataluña y en Francia. Los tres son asesinos en serie, y los tres encuentran sus víctimas entre las mujeres que ejercen el oficio más viejo del mundo. Y el más peligroso.

Para los lectores del género policial, y los que vemos las series televisivas modernas, la cosa es casi banal. En la ficción, estamos acostumbrados a los asesinos múltiples, nada que ver con los sofisticados personajes de un solo muerto y con poderosas razones del género clásico, personalmente implicados con la víctima y beneficiados con su muerte. Carne de policía científica, estadística y de acumulación, los asesinos en serie nunca matan bastante. Es que no matan personalmente. Ni a personas. Y las ideas, los mitos, los arquetipos, no se matan. No se mueren. Matas a una y aparecen veinte, iguales a sí mismas.

Escribo este artículo a causa de una sensación extraña: al leer la crónica de estas detenciones, sentí que la retahíla de nombres de las víctimas no me decía nada. Y comprendí que es que no tenían nada que ver. Los nombres no acababan de personalizar a las víctimas, porque no era por eso por lo que aparecían en los papeles. Ellas no habían hecho nada. Aunque su vida truncada sea intransferible e irrepetible, ellas eran intercambiables. En la mente y la acción del asesino, pero también en la de los redactores de las noticias, y en la mía de lectora. Una falta de individualidad inquietante. Que, por otra parte, también pasa con los propios asesinos. Esa manera radical y definitiva de ser lo que uno hace, o lo que le hacen a una.

Porque los asesinos en serie se vacían de individualidad, se vacían de lo humano, igual que vacían a sus víctimas, homologadas, en este caso, en una profesión que es como su esencia, y en unos pocos rasgos físicos, casi siempre artificiales: pelo teñido, ropa de sexshop. Desde Jack el Destripador, el matador impune y mítico con el que se les relaciona siempre, son su procedimiento. O su procedimiento es su firma, ese modus operandi que al final les denuncia. Si son perseverantes, y si los investigadores también lo son. En Italia había, hace quince días, cuarenta casos de prostitutas asesinadas sin resolver. Ahora pueden ser más.

La preferencia por las prostitutas en la selección de las víctimas es también inquietante. Parecería que matando putas matan menos. Esa necesaria pérdida de la mismidad que tiene que darse para poder matar, con las prostitutas está cantada, porque seguramente se da ya en el uso del oficio. Si para el machista ser mujer es ser algo menos, ser puta es ser casi nada. Hace demasiado poco tiempo extrañaba que alguna denunciara haber sido violada, como si para su transacción comercial no hiciera falta el consentimiento. O golpeada, como si valiera todo. Hasta la muerte. Y parecería además que es mucho más fácil la impunidad. Y lo es, porque es más fácil desaparecer en el desarraigo. Si nadie te echa en falta, o quienes te echan en falta no tienen bastante voz.

La evolución de la prostitución en los últimos tiempos, su relación con la emigración ilegal y mafiosa, añade, además, más peligro a esa profesión siempre peligrosa, porque sin papeles no se es ni número. Y la mayor parte de ellas son inmigrantes, muchas engañadas y todas atadas por contratos de dominación y maltrato. Los niveles de sordidez alcanzados nos colocan socialmente a la altura suburbial del XIX, esos andurriales dickensianos y galdosianos mal iluminados, invisibles en realidad, y poblados de sombras. Que rodean literalmente esas ciudades puritanas y bienpensantes. Nada que ver con lo esperado en una sociedad que ha alcanzado aparentemente un grado suficiente de libertad sexual, y que no es precisamente puritana, aunque sea altamente hipócrita.

No es por insistir, pero estos tiempos, que no son buenos para la lírica, desde luego tampoco lo son para las mujeres. Entre pitos y flautas, la violencia resulta ser una causa de muerte estadísticamente relevante en nuestro caso. Claro, claro que incluyo a las prostitutas entre las mujeres, y a esas muertas entre las víctimas del machismo. Porque, al final, eso era lo que me chirriaba en la lectura que dio origen a este artículo. La sensación de ajenidad, de distancia, con que vi los nombres de esas chicas, ocultos tras el genérico de su oficio, tras el desprecio que acompaña a su oficio, escondidos los nombres sin cara, ni ojos, en un listado de crímenes cometidos por tres asesinos en serie que han campado años por sus respetos.