Pensando al borde del horror

En un libro que fue de culto hace años, la Introducción a la lectura de Hegel del filósofo ruso Alexander Kojève, exponía este la «dialéctica del amo y del esclavo»: sólo es libre quien está dispuesto a arriesgar su vida para conservar la libertad; quien no lo hace ya es esclavo, aunque no lo sepa, pues siempre habrá otro dispuesto a arriesgar su vida por arrebatar mi libertad. Los ucranianos lo han comprendido sin necesidad de leer a Hegel y están dando una lección de valor y dignidad poniendo su libertad por encima de su vida. No pocos occidentales flaquean y están dispuestos a negociar con el déspota la libertad de los ucranianos, creyendo que así salvarán la suya, sin saber que la están hipotecando también. Es un test agónico para la civilización el que nos plantea el reto brutal de Putin que, más allá del conflicto entre autocracias y democracias, nos devuelve al dilema entre la vida y la barbarie.

Efectivamente, acabada a guerra fría con la rendición de la URSS pensamos que el riesgo de la destrucción mutua asegurada, la locura de la MAD, quedaba clausurado. Fue un momento de respiro liberador con el que saltamos desde la paz por equilibrio de potencias (USA-URSS), a otros dos tipos de paz mundial (y sigo ahora a Robert Cooper).

Pensando al borde del horrorEfectivamente, Europa (la UE), apostó por la paz liberal, la paz por interdependencia. El «suave comercio» dulcifica las costumbres de los hombres y les vuelve civilizados, decía Montesquieu. Se apostó por el soft power de la economía, el comercio y la cultura, por la Ostpolitik, articulando todo tipo de interconexiones energéticas o comerciales, que hoy tenemos que resetear. Cabe preguntarse si Europa hubiera podido desarrollar esa estrategia blanda de no ser porque Estados Unidos seguía confiando el poder duro, y la respuesta es, evidentemente, negativa. Hemos sido -y seguimos siendo- gorrones (free riders es el término técnico) de la seguridad que nos ofrece gratis el contribuyente americano. Pero levanta ese paraguas protector y Putin estaría invadiendo Polonia o Hungría. Por fortuna EEUU no siguió el camino de la UE, y saltó de la paz por equilibrio con la vieja URSS a la paz por hegemonía, transformándose en una enorme hiperpuissance (Vedrine); y lo consiguieron en los «rugientes noventa» (Stiglitz). Pero la hegemonía se enturbió el 11-S y sus consecuencias (Irak y Afganistán), se torció con la emergencia de China y es ahora Rusia quien les (y nos) reta y nos devuelve a la dialéctica agónica del amo y del esclavo.

Efectivamente, Putin nos invita a pactar una paz por equilibrio en Europa, pero hace trampas en la ecuación conduciéndonos, no a la vieja MAD sino más allá. Primero desata una brutal invasión que sin duda va a devastar Ucrania al tiempo que devuelve a Rusia a lo más negro de su historia. Pero para asegurarse nuestra neutralidad nos amenaza (¡por tres veces!) con la catástrofe nuclear. Y esto cambia el juego de la guerra. Las grandes potencias se amenazan (tácitamente) con la guerra termonuclear, bajo la cual pueden desarrollar todo tipo de guerras convencionales por proxy, es decir, por países interpuestos y sin enfrentarse directamente. Pero al amenazar con escalar a lo nuclear Putin se asegura barra libre. Ahora el loco soy yo (no el juego), estoy dispuesto a lo peor, o te pliegas o desato el Armagedón. En teoría de juegos se llama la estrategia del loco: convence al enemigo de que no tienes límites y eres impredecible, y se rendirá preventivamente. Y Occidente ha aceptado (al menos de momento) el juego de Putin. Pues cuando Biden aseguró (y reiteró) que la OTAN jamás iba a intervenir en Ucrania, estaba ya aceptándolo y, guste o no, reconociendo a Rusia un área de influencia: ese es tu terreno, no voy a intervenir, tienes luz verde.

Aceptar ese juego es muy grave. Para comenzar, porque Occidente no solo puede intervenir sino que debe hacerlo. Puede hacerlo, pues el tratado OTAN no impide actuar fuera de área (out of area), como lo hizo en Afganistán. Y no solo puede sino que debe al menos por tres razones. Primera: el Memorándum de Budapest de 1994 obligaba a los firmantes (EEUU y Reino Unido, aparte de Rusia) a garantizar la seguridad de Ucrania a cambio de la renuncia de esta a su enorme arsenal de armas nucleares (entonces el tercero del mundo). Dos: el Euromaidán del 2013 se desató por la voluntad de los ucranianos de pertenecer a la UE. Y tres: la misma invasión es consecuencia de la (¿irresponsable?) promesa que Bush hizo en 2008 de que Ucrania (y Georgia) entrarían en la OTAN. Ucrania ha confiado y creído en EEUU, Reino Unido, la UE y la OTAN, y les hemos fallado, lo que es todo un mensaje sobre la credibilidad de tratados y alianzas.

Si Biden hubiera mantenido la incertidumbre sobre el uso de la fuerza, y si la UE hubiera puesto encima de la mesa las duras sanciones que finalmente aprobó, pero un mes antes, ¿habría recapacitado Putin? Las presiones de los oligarcas, de los empresarios rusos, de los mismos militares ¿habrían cambiado el curso de la historia? Nunca lo sabremos, pero lo evidente es que no fuimos capaces de articular una disuasión creíble y más bien parecíamos pollos sin cabeza charloteando alocadamente.

Pero lo peor no es que, por miedo, por poner la vida por encima de la libertad, hayamos abandonado a Ucrania que hoy, como ha dicho el presidente Zelenski, lucha sola.

Lo peor es que el juego del loco no acaba ahí. Pues, si bajo el paraguas de la amenaza nuclear puede invadir Ucrania, ¿por qué va a limitarse a ese país? Puede continuar con Moldavia, que tampoco está en la OTAN y de la que ya controla Transnistria. O puede seguir con Georgia, que tampoco está en la OTAN, y de la que controla dos enclaves. O ocupar el corredor de Suwalki, aislando a los bálticos. O incluso con Finlandia o Suecia. Es decir, ¿cuándo y cómo contener la doctrina Putin de que un loco, bajo amenaza nuclear, puede invadir otros países y nosotros, atemorizados, nos abstenemos? Y todavía hay más consecuencias, pues si China ve que flaqueamos y nos rendimos preventivamente ante la amenaza del holocausto, ¿no estará tentada de hacer lo mismo que Putin para invadir Taiwán? Y finalmente, ¿no es todo ello una invitación a la nuclearización de los países? Hasta ahora el mensaje era: ármate y nadie te invadirá. Pero ahora es: ármate e invade impunemente al vecino.

No intervenir es claudicar, pero hacerlo es arriesgarse a lo peor, de modo que el dilema nos obliga a pensar al borde del horror, a calcular las probabilidades de que un loco apriete el botón nuclear para acabar con la civilización o bien acabemos aceptando la servidumbre que nos ofrece.

¿Podemos salir del dilema? No es fácil, pero puede que sí. Putin está consiguiendo lo contrario de lo que pretendía. Ha alienado a los eslavos de Ucrania por varias generaciones; ha vuelto a meter a Estados Unidos en el escenario europeo del que trataban de librarse hace lustros para centrarse en el Indopacífico; ha reforzado a la OTAN, de la que ya nadie quiere salir (véanse los sondeos de opinión de los españoles) pero muchos quieren entrar, y que estaba en «muerte cerebral» (según Macron) u «obsoleta» (según Trump); ha hecho brotar, en horas, la UE geopolítica, una UE que empieza a hablar «el lenguaje del poder» (Borrell); incluso ha torcido el brazo de los neutrales como Suiza o Singapur. Y corre el serio riesgo de perder el apoyo de China.

Si nos tomamos en serio la numantina defensa ucraniana, y los armamos y apoyamos con todos los instrumentos posibles (repito: todos), salvo el envío de tropas, que desataría la escalada nuclear. Y si consideramos que Rusia es una potencia con los pies de barro -no soportará una guerra prolongada (menos después de las sanciones)- y que su ejército se revela como un ejército Potemkin: el ejército corrupto de una sociedad corrupta; considerando todo eso, creo que es posible agotar a Putin en una guerra prolongada hasta el momento en que una mala paz sea mejor que un conflicto que no va a rendir frutos. Pues aunque gane la guerra ha perdido la paz. Sin excluir posibles tensiones internas en la elite del Kremlin y un cambio de liderazgo como le ocurrió a Kruschev tras la crisis de los misiles de Cuba. Tenemos que escapar del dilema de guerra termonuclear, o lenta pérdida de la libertad, y restablecer la hegemonía de Occidente (al menos en Occidente), antes de buscar una nueva paz por equilibrio, esta vez entre China y EEUU, la única que cabe hoy y ahora.

Por supuesto se me ocurren mundos mejores y más tranquilizadores pero, lo siento, no son reales.

Emilio Lamo de Espinosa es autor de Entre águilas y dragones. El declive de Occidente, Premio Espasa de Ensayo 2021.

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