Pensando lo impensable

Estamos donde estábamos. Hemos vuelto al punto de partida: al rescate de Grecia. ¿El segundo, el tercero? Nadie lo sabe exactamente porque lo que está en duda es si Grecia es rescatable, si vale la pena prestarle otros 80.000 millones de euros, o 110.000, las cifras bailan, para encontrarnos dentro de pocos años, o meses, en la misma tesitura, solo que más pobres todos. Aunque lo realmente grave es que nadie está ya seguro de nada, que todos empezamos a darnos cuenta de que vivimos en un mundo irreal, de que Grecia, el euro, la Unión Europea no son los que habíamos previsto y se nos están hundiendo bajo los pies.

Yo no sé nada de economía. Pero he llegado a la conclusión de que los economistas saben aún menos. ¿Por qué? Pues porque hace años vengo diciendo —y los lectores de ABC son testigos de ello— que el euro estaba asentado sobre bases falsas, mejor dicho, sin una base que lo sostuviera. Una moneda común sin un sistema fiscal común es como una casa sin cimientos: cualquier sacudida de tierra o grieta en uno de sus pisos puede hacer venirse abajo todo el edificio. Funcionó durante algún tiempo, pero a costa de aumentar la fragilidad del inmueble conforme crecía. Los vecinos más pobres, al disponer de una moneda fuerte, empezaron a permitirse lujos, desde irse de compras a Nueva York hasta un Estado del Bienestar como el de los más ricos, que no les correspondía. O incluso mejores. ¿Sabían ustedes que solo ahora Grecia se ha comprometido a crear un Sistema Impositivo de Impuestos para recaudarlos de forma efectiva? ¿Y que aquellos peluqueros podían jubilarse anticipadamente al considerarse arriesgada su profesión por manejar productos químicos cuando teñían el pelo de sus clientas?

«No hay almuerzo gratis», dice el refrán norteamericano, pero millones de europeos hemos estado almorzando gratis durante años a costa de una riqueza ficticia —«compro un piso y lo vendo al doble de lo que me costó» o «este fondo de inversión me da el 12 por ciento, con lo que puedo permitirme un Audi»—, hasta que el volumen de la deuda privada, bancaria y de las administraciones estalló como un globo demasiado hinchado. Hay culpas para todos: para los gobiernos que no supieron regular un mercado desmadrado, para los bancos que especularon con sus depósitos, para los particulares que creyeron que los perros se atan con longanizas. Madoff es el símbolo de una era en la que la codicia y la irresponsabilidad han prevalecido a todos los niveles. Y el único que ha ido a la cárcel, lo que fastidia bastante.

Es como hemos llegado a un callejón sin salida. Los países que se creían ricos no acaban de hacer los recortes necesarios, alegando que tales recortes les impiden crecer para pagar sus deudas, lo que en parte es verdad. Se crea así un círculo vicioso de ajustes y rescates, cada vez mayores y angustiosos. La situación empieza a parecerse a la de las noveles negras norteamericanas en las que el protagonista se las ve y se las desea para pagar no ya su deuda, sino los intereses de la misma, al prestamista que le impone intereses de usura.

Tomemos el caso más agudo, el de Grecia. Su embajador en Madrid defendía ayer en carta a ABC las reformas que está haciendo su Gobierno y los sacrificios de su pueblo. Pero que las dudas sobre su solvencia permanecen lo demuestra que se haya pospuesto la primera entrega de la ayuda prometida. Son cada vez más los que piensan que mientras los griegos crean que sus socios ricos los rescatarán no harán los sacrificios necesarios. Y los inversores internacionales seguirán prestándoles dinero, al tener seguro que lo recobrarán, a interés cada vez más altos, desde luego. El círculo vicioso del que hablábamos.

El problema es que no solo Alemania, sino también Finlandia, Austria y algún otro, han dicho que no están dispuestos a rescatar a nadie que no se rescate antes a sí mismo. Una situación imposible que solo puede resolverse como la de Alejandro ante el nudo gordiano: de un tajo. En este caso, que Grecia salga del euro. Algo que hace temblar solo pensarlo. Pero que cuanto más se piensa más se llega a la conclusión de que es la mejor, si no única, salida para todos. Si Grecia volviese al dracma, automáticamente su moneda volvería a reflejar el valor de su economía, es decir, se devaluaría, empobreciendo a todos los griegos y obligándoles a ajustarse a su realidad. Fue lo que ocurrió en Argentina en 2001, cuando rompió la paridad ficticia del peso y el dólar, dejando flotar su moneda hasta que alcanzó su auténtico valor. Pasó años terribles, pero sus productos se hicieron mucho más baratos en los mercados internacionales, mientras las importaciones disminuían, al hacerse demasiado caras para el ciudadano corriente. Pero su PIB ha crecido un 63 por ciento en los últimos seis años y 11 millones de argentinos, de un total de 39, han salido de la pobreza en el mismo tiempo. Naturalmente, muchos de ellos sufrieron, y sus acreedores sufrieron también pérdidas considerables en el dinero que les habían prestado. Pero sabían el riesgo al que se exponían.

En contraste, Grecia va por el tercer año de crisis, su situación no hace más que agravarse y sigue sin vérsele salida. ¿No habría sido mejor que hubiese tomado desde el principio el «camino argentino»? Todo apunta a que sí, pero el caso griego presenta dos importantes diferencias. En primer lugar, los principales acreedores son los bancos franceses y alemanes, y sus gobiernos se resisten al palo que iban a recibir. Más grave aún es que se teme el «efecto dominó» que podría causar en los países de la zona euro ya intervenidos, Portugal e Irlanda, y en los dos bajo sospecha, Italia y España. Pues si Portugal e Irlanda, por su tamaño, son, con esfuerzo, rescatables, España e Italia, por la misma razón, no lo son. No hay fondos en la CE para rescatarlos, lo que significaría la quiebra de esta o su división en dos zonas económicas distintas. En cualquier caso, su fracaso. Es por lo que se está haciendo lo posible e imposible para que lo no deseado no ocurra.

Se me dirá que es difícil, muy difícil, aparte de trágico. Responderé que más difícil todavía va a ser mantenerse en el difícil equilibrio inestable en que nos hallamos. Y si el torero dijo aquello de «lo que no puede ser no puede ser, y además es imposible», lo imposible se nos presenta a veces como un imperativo insoslayable en la vida de personas y naciones. Yo, como he dicho, no sé nada de economía, pero aparte de sospechar que nadie sabe, está el hecho de que esta no es una mera crisis económica. Es una crisis total, como una guerra o una gran catástrofe natural. Es decir, una situación extraordinaria. Y en las situaciones extraordinarias hay que tomar medidas extraordinarias, medidas que se salen de lo corriente, haciendo lo que normalmente no se hace. E incluso si fuésemos tan listos como nos creemos, aprovecharíamos la ocasión para crear una Europa sólida, sobre los únicos cimientos en que puede sostenerse: con una fiscalidad común, una legislación laboral equiparable y unas normas generales, con los correspondientes mecanismos para implementarlas. Es decir, un gobierno de facto europeo. Pero si nos empeñamos en poner meros parches a la envejecidas y cada vez más inoperantes instituciones, lo único que conseguiremos es perder el tiempo, el dinero, el humor y, lo que es más grave, el tren de la historia. Que, por cierto, es lo que estamos haciendo en España, con nuestras trifulcas domésticas, cada vez más ruidosas y anacrónicas, mientras fuera tañen las campanas llamando a concejo.

José María Carrascal, periodista.

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