Pensar la complejidad

Por Salvador Pániker, filósofo y escritor (EL PAÍS, 18/11/07):

Desde hace ya bastantes años las ciencias sociales y las ciencias duras convergen -o deberían converger- en un nuevo modo de pensar especialmente relacionado con el concepto de complejidad. Ello es que pensamiento sistémico / cibernético, ecología, autoorganización, teoría del caos, globalización, complejidad, etcétera, todo ha sido un proceso concurrente con unas bases teóricas bastante firmes. No estará de más recordar una parte de este proceso.

Ya en 1948 Warren Weaver había publicado un célebre artículo titulado, precisamente, Ciencia y complejidad. No mucho antes, Norbert Wiener había formulado la propuesta de una nueva disciplina llamada cibernética. Vinieron luego la teoría de la información de Shannon, la teoría de la computación de Turing, la algorítmica de Kolmogorov, los libros de Edgar Morin… Así se fue gestando lo que hoy llamamos «paradigma de la complejidad organizada», para distinguirlo del de la complejidad desorganizada, nacido en el siglo XIX, con la termodinámica y la mecánica estadística. Surge el concepto de autoorganización, que tiene su origen en los primeros años de la cibernética, cuando los científicos comienzan a construir modelos matemáticos para las redes neuronales. Más tarde, Heinz von Foerster explica el principio del «orden a partir del ruido», Ilya Prigogine expone la teoría de las «estructuras disipativas», se comprueba que la descripción matemática de estos fenómenos es en términos de ecuaciones no lineales, comienza a hablarse de complejidad «emergente». Se generaliza el concepto de ecología.

Pensar la complejidad es, en todo caso, descubrir ambigüedad, interacción y ambivalencia donde antes sólo veíamos simplismo. Decía Durkheim que no se puede deducir la sociedad del individuo porque no se puede deducir lo complejo de lo simple. Hoy lo vemos de otro modo: lo supuestamente simple (el individuo) es tan complejo como lo complejo (la sociedad). Lugar de encuentro de mil instancias diferentes (ecológicas, culturales, genéticas, históricas, ideológicas), el individuo es, como mínimo, tan complicado como el conjunto de esas instancias. (Naturalmente, la mayoría de los individuos son sólo caricaturas de su latente complejidad; pero ésa es otra cuestión). El caso es que un principio holográfico («el todo en cada una de sus partes») atraviesa el universo, lo complejifica, lo somete a una dialéctica nueva, una dialéctica de autonomías.

Pensar la complejidad implica repensar lo político, entre otros mil asuntos a repensar. Y dentro de lo político, propiciar nuevos espacios de hibridación y de consenso. Consideremos, por ejemplo, la vieja distinción Derecha-Izquierda. Se trata de una distinción (relevante especialmente en países como el nuestro, con una derecha todavía no secularizada) que procede del siglo XIX, de cuando se oponían los principios de libertad y autoridad, los derechos del individuo y las coacciones del poder. Pero sucede que hoy las posturas casi se han invertido; o, mejor dicho, se han entremezclado. En el siglo XIX la izquierda era antiestatalista -el Estado se consideraba un instrumento al servicio de la clase dominante-. Hoy la derecha defiende que cuanto menos Estado, mejor, mientras que la izquierda confía en el Estado para defender a los débiles. El liberalismo, que fue de «izquierdas» en el siglo XIX, ¿a quién pertenece ahora? Los sentimientos patrióticos, que fueron un invento de la Revolución Francesa, ¿quién los invoca hoy? El nuevo liberalismo pretende apoyarse en bases científicas relacionadas con la complejidad. Si se defiende el mercado como mecanismo autorregulador es porque se piensa que el mercado es un mecanismo más sofisticado -y más sofisticado, en parte, porque más aleatorio- que cualquier ordenador central. El mercado es más ambivalente: genera, a la vez competición y confianza. Pero el mercado, que nunca opera en situación de competencia perfecta, y que deja infinidad de problemas sin resolver (como por ejemplo en sanidad, en educación, en infraestructuras), ¿es de derechas, es de izquierdas? En fin, la ecología, que es un movimiento claramente «conservador», ¿es de derechas, es de izquierdas?

Ser de derechas o de izquierdas no resulta ya discernible con criterios exclusivamente económicos. Así, en muchos países, la Izquierda gobernante asume hoy sin inquietud buena parte del paradigma liberal. Las lecciones de la historia son ahí muy claras, y la izquierda es centroizquierda. Casi nadie piensa hoy en acabar con la sociedad de clases o en nacionalizar los medios de producción. Se sabe que el Estado suele ser ineficaz, torpe y burocrático. Se ha asumido la crítica de que el Estado del Bienestar puede crear ciudadanos demasiado pasivos. También la izquierda quiere un contrato entre el Estado y los ciudadanos que incluya tanto derechos como responsabilidades. ¿Cómo entonces delimitar el ámbito de la izquierda?

Desde un punto de vista académico fue muy relevante la aparición en 1971 de Una teoría de la justicia de John Rawls. La discusión se sofisticaba. Rawls reconocía que los individuos somos diferentes, pero planteaba qué tipo de desigualdades socioeconómicas son justas y qué otras no lo son. Son justas las que garantizan la igualdad de oportunidades. Un punto de vista que sería asumido por la mayoría. Con lo cual, se diría que la delimitación derecha-izquierda se plantea hoy, ante todo, en el terreno de los valores, en la lucha (o no) por una sociedad cada vez más laica, en materia de derechos sociales y de costumbres. Sucede que, en cierto modo, ser de derechas o de izquierdas es ya más un asunto de talante que ideológico. Por ejemplo, se puede ser de izquierdas y defender la construcción de centrales nucleares, el consumismo, la publicidad, la televisión. Se puede ser de izquierdas y ser contrario a Fidel Castro, a los nacionalismos, a la energía eólica. Se puede ser de izquierdas y no confundir servicio público con servicio estatal. ¿Definición del talante de izquierdas? Es una cuestión de prioridades y una cuestión de sensibilidad. Tal vez quepa decir que ser de izquierdas es ser sensible al sufrimiento ajeno y no resignarse al mismo. La defensa de los débiles. Lo que ocurre es que algunos conservadores también querrían apuntarse a esa etiqueta. Y también ocurre que tras el fracaso de los grandes mesianismos escatológicos estamos todos muy chamuscados.

El caso es que hay ya muchas maneras de ser de izquierdas. La izquierda es una ideología que, felizmente, se ha desmigajado. Así, por ejemplo, para remediar los males sociales, la nueva izquierda ya no cree en totalitarias utopías sino en una praxis hecha de actitudes individuales libres. (Y dicho sea de paso, para los que tendemos a la moderación política nos es mucho más fácil ser de izquierdas hoy que hace unos años).

Nada tiene de extraño, pues, que en la era de la complejidad encontremos inesperadas convergencias. Al fin y al cabo -pongo por caso- la «mano invisible» de Adam Smith y la interacción entre tesis y antítesis en la dialéctica de Hegel y de Marx son ejemplos de una misma autorregulación cibernética. Así, ya digo, no nos sorprenden algunas nuevas e inesperadas afinidades. Por ejemplo, existe un cierto denominador común entre el «enfoque sistémico» de Edgar Morin, el «orden social espontáneo» de Von Hayek, los «sistemas autopoiéticos» de Varela y Maturana, las «estructuras disipativas» del ya citado Prigogine, el «orden a partir del ruido» del también mencionado Von Foerster, el «constructivismo» de Paul Watzlawick. ¿Qué tendrían en común, políticamente hablando, todos estos autores? Poca cosa. Digamos que su lugar de encuentro no es político sino epistemológico: todos ellos -de «derechas» o de «izquierdas»- han participado en un esfuerzo compartido por pensar la complejidad. Y ésa es la cuestión prioritaria.