Pensiones y futuro: una historia sin fin

Estos últimos días, el debate sobre pensiones ha regresado, ahora de la mano de la Comisión del Pacto de Toledo en el Congreso. Ahí ha sido donde el gobernador del Banco de España, Luis María Linde, ha sugerido elevar de nuevo la edad de jubilación y se ha aramado la de San Quintín. El Pacto se ha tenido que reactivar por el agotamiento del Fondo de Pensiones, la hucha que en este 2017 quedará a cero. Ello obligará, por vez primera en la historia, a emitir deuda pública para cubrir algunos pagos. Dada la importancia del tema, me permitirán algunas aclaraciones.

Primera, el fondo se constituyó para lo que se ha utilizado: absorber crisis de ingresos por pérdidas de empleo. Cierto que inicialmente se esperaba que los problemas serios solo emergerían a partir del 2025, cuando comiencen a jubilarse masivamente los ‘baby boomers’. Pero la dureza de la debacle ocupacional 2008 / 2014 ha sido tal, que los peores escenarios se han adelantado una década.

Segunda, la actual insuficiencia de recursos refleja el impacto sobre el nivel del gasto del aumento de la pensión media y del número de pensionistas. El primero es inevitable, a medida que se jubilan contingentes que han recibido salarios más elevados, aquella aumenta: un importante 29% entre 2008 y 2016 (de 810 a 1.043 euros al mes). Por su parte, el número de jubilados con derecho a pensión creció un 16% (de 4,9 a 5,7 millones), aunque el total de pensiones (por jubilación, incapacidad permanente, viudedad, orfandad y otras) aumentaba algo menos, un 12% (de 8,3 a 9,4 millones). Con esta dinámica, el gasto en pensiones se ha incrementado más de un 40%, de cerca de 84.000 millones de euros en el 2008 a 119.000 en el 2016. Frente a este fuerte incremento, los ingresos por cotizaciones han avanzado menos, escasamente un 9% en ese mismo período (de 108.000 a 117.000 millones de euros). El déficit del sistema, pues, está servido.

Tercera, dado el sesgo de la recuperación ocupacional hacia sectores con salarios bajos (hostelería, comercio, transportes, entre los más importantes), se hace difícil imaginar un incremento de cotizaciones que permita cerrar la brecha abierta y la dinámica que la explica. No obstante, habrá que ver los efectos de las dos reformas sobre la estabilidad del sistema. La de Zapatero, con el alargamiento de la edad de jubilación y el endurecimiento de las condiciones para acceder a una pensión y la de Rajoy, con la caída del poder adquisitivo (un aumento del 0,25% anual frente a una inflación esperada del 2%) y la reducción del importe de las nuevas pensiones a partir del 2019 (por efecto del factor de sostenibilidad que las liga al alargamiento de la esperanza de vida).

A la luz de lo anterior, algunas propuestas para el corto, el medio y el largo plazo. De forma inmediata, parecen razonables las propuestas gubernamentales de elevar los topes de cotización para los salarios más elevados, reducir las exigencias para los que quieran compatibilizar pensión y trabajo, financiar la parte de pensiones de viudedad que se pagan con cotizaciones a través de impuestos y compensar a la Seguridad Social por las bonificaciones al empleo que se han puesto en marcha en la crisis. Y, probablemente, hacer más difíciles las jubilaciones anticipadas: todavía más del 40% de las jubilaciones se producen antes de los 65 años.

En el medio plazo habrá que continuar con el endurecimiento de las condiciones de acceso a una pensión, en línea con la reforma Zapatero: probables nuevas elevaciones de la edad de jubilación y alargamiento de los períodos de cotización y del de cómputo de los salarios utilizados para el cálculo de la pensión.

Para más adelante, y dada la creciente robotización de la producción, habrá que avanzar en fijar impuestos sobre las máquinas, aunque en un contexto económico tan liberal como el europeo y con la globalización en marcha, no será fácil. Todo apunta a que será el IVA el pagano. O, como en Francia, quizá una contribución extraordinaria vinculada al IRPF.

Pero lo primero es construir un consenso permanente. La reforma de pensiones que hoy se plantea es una más de las que nos esperan, porque el envejecimiento y el cambio técnico no van a terminar cuando finalicen los trabajos del Pacto de Toledo. En una sociedad que envejece aceleradamente, y en un contexto global de robotización y presión a la baja sobre los salarios, los problemas del sistema de pensiones no son el resultado de una crisis puntual: son el principio de una historia interminable.

Josep Oliver Alonso, UAB y EuropeG.

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