Penúltimo aviso

El soberanismo catalán ha vuelto a responder este martes a la convocatoria de otra gran manifestación. Se trataba de demostrar que en las circunstancias más adversas, con presos, exiliados, juicios pendientes y ausencia de perspectivas, la gente no desfallecía. Lejos del tono épico de las anteriores, la manifestación ha sido de rechazo y de protesta. Muchos acudieron para que nadie pudiera decir que el primer 11-S tras el intento fallido del pasado otoño había pinchado. Por encima de las divisiones partidistas del independentismo, unidad de propósito, de ánimo y determinación. Ni suflé pues, ni globo sino una masa compacta. Compacta pero insuficiente. ¿Hasta cuándo?

Nadie sabe a ciencia cierta si el apoyo social a la independencia sube. En todo caso, no disminuye, y no parece que lo vaya a hacer si el estado no rectifica. El propio ministro Borrell aboga  por la libertad condicional de los presos. Es una condición para la credibilidad del diálogo y la distensión. Condición necesaria, de la máxima importancia, pero insuficiente.

Tras la manifestación, es posible que la bifurcación del independentismo entre los moderados de ERC y los radicales de Puigdemont sea un acierto estratégico. Los irreductibles mantienen viva la llama y los moderados pretenden ampliar la base. Por mucho que los primeros se empeñen en repetir que la mayoría es suficiente, es evidente que en ninguna convocatoria electoral homologable la suma de los partidos independentistas ha llegado a la mitad de los votos válidos. Lo ha impedido la escalada de la participación en las autonómicas, con la implicación de cientos de miles de antiguos abstencionistas que se oponían a la independencia con su voto. Empate al alza. El incremento del voto independentista ha sido contrapesado por el incremento del voto contrario.

La persistencia de la represión induce dos movimientos. Por un lado, la compactación de las masas soberanistas. Por el otro, el rechazo de una parte aún no cuantificada pero seguro que significativa de los que el 21-D votaron a los partidos que apoyaban al 155. A este rechazo hay que sumar la rectificación de Oriol Junqueras, manifestada con la máxima claridad en sus  declaraciones en EL PERIÓDICO de la semana pasada. Sean sinceras o interesadas, para facilitar la liberación de los presos, sean tácticas o estratégicas, sea cambio de naturaleza o piel de cordero, la insistencia en el diálogo y en el referéndum acordado y la renuncia a la unilateralidad y la desobediencia, pueden producir a corto o medio plazo, sino un paso de gigante desde el unionismo al independentismo, un retorno a la abstención de parte del votante movilizado para frenar la independencia unilateral.

De manera que no está tanto en juego la hegemonía dentro del independentismo como la mayoría del voto independentista. La manifestación puso de manifiesto que la rectificación, aunque sea parcial, y la división en dos grandes bloques no desmoviliza. Quizá desmoraliza pero no desmoviliza. En el caso, nada improbable, de que la rectificación de Junqueras y la represión combinadas hagan bajar la participación, la mayoría independentista en votos estaría prácticamente asegurada. Si se llega a producir, cambiará la correlación de fuerzas. Entonces, el problema puede consistir en contener a las masas si se niegan a abandonar las calles.

La mejor fórmula de que dispone el Estado para evitar un riesgo tan importante consiste, por una parte, en liberar a los presos y encontrar una fórmula para que no vuelvan a ingresar en prisión. Por la otra, en ofrecer una alternativa a la independencia de tipo confederal, no un viejo Estatut maquillado. La propuesta hecha pública por el Cercle d'Economiahace unos meses podría ser un buen punto de partida. En cualquier caso, debería incluir cuatro puntos: reconocimiento de Catalunya como nación; pacto fiscal; plena soberanía cultural y lingüística; y un plan de inversiones en infraestructuras a partir del reconocimiento de la deuda histórica.

Una propuesta de este tipo sometida a referéndum contaría con muchas posibilidades de ganarlo. El Estatut actual con cuatro retoques, perdería, y la derrota sería entendida como una victoria del independentismo, quizá la definitiva.

En este pulso histórico entre el soberanismo y el Estado, el que rectifique gana. No el último que ponga el freno antes del barranco sino el primero que dé un golpe de volante. De momento, aunque sea de una manera tímida y no del todo creíble, la única rectificación que se ha producido es en el campo del independentismo.

Xavier Bru de Sala, escritor.

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