Per la grandesa d’Espanya

Francesc Cambó, hoy olvidado pero siempre reivindicado, elaboró un discurso a favor de la autonomía de Cataluña dentro de España en el marco de la legalidad constitucional y apostó por la negociación y el pacto con el Gobierno, la participación en las instituciones y la política españolas, radicalmente opuesto al caciquismo (hoy comparable a la corrupción) y con un propósito claro de modernizar Cataluña y España a través de reformas económicas, educativas, culturales y sociales, y consideró que el llamado «problema catalán» sólo podría resolverse si los catalanes decidían involucrarse en la gobernación de una España de la cual forma parte.

Cataluña ha mantenido, durante siglos, una incuestionable voluntad de ser, es decir, una clara determinación para mantener una cultura propia –una lengua y una forma peculiar de organizarse socialmente–. Esta voluntad de ser ha ido ligada a la demanda de reconocimiento por parte del Estado. Un reconocimiento muy bien expresado, por cierto, en la Constitución del 78. Al contrario de lo que se suele decir, la singularidad catalana está bien ajustada en nuestra arquitectura institucional.

Hoy, en Catalunya, vivimos un momento de franca y clara decadencia. La pujanza económica y civil, la satisfacción del trabajo riguroso y de una sociedad cohesionada han dejado paso a un clima general de niebla y de tristeza. Hay en el ambiente un aire de desánimo que todo lo empapa. Un sentimiento de derrota y una especie de indignación con nosotros mismos por no haber encontrado la salida del laberinto y por haber caído, una vez más, en el arrebato desastroso de la rauxa. Pero digámoslo claro: no hay un «problema catalán», sino un «problema separatista». La discusión no es entre «centralismo» y «descentralización», sino sobre cómo asignar las competencias de las administraciones según su capacidad racional para cumplir mejor, según el principio de subsidiariedad. No hay un problema con el catalán, lengua española, ni con el castellano, acogido desde siglos por los catalanes como lengua propia, lo que hay es un problema de derechos humanos y de libertad ciudadana. No hay «España» y «Cataluña», sino Cataluña y resto de España. No hay «unionistas» porque no hay nada que unir, sino un pequeño grupo de catalanes ideologizados que utilizan el populismo surgido de la crisis económica, institucional y moral del 2008 para avanzar en su agenda ideológica. No hay que «encajar Cataluña»; hay que superar el separatismo en el Estado de Derecho.

Ni Cataluña fue solo moderna y europea, ni la burguesía catalana fue progresista, ni el autoritarismo o el imperialismo tampoco fueron creados en la rural y decrépita Castilla, como desean imaginar los separatistas catalanes del siglo XXI. España no es Madrid, ni Cataluña es Barcelona. Basta de relatos falsos, y aprendamos de la reflexión de Valentí Almirall, cuando planteaba lo que era el catalanismo, en el congreso catalanista de 1880: «El catalanismo, para nosotros, significa ser muy españoles, pero no castellanos, ya que estos solos no forman la nación. España es un conjunto de grandes regiones con condiciones diferentes y su grandeza depende del desarrollo de la vida, de la forma de ser y de las tendencias de cada una de ellas».

Superar los bloques en Cataluña debe ser la principal tarea de los catalanes libres de supremacismo, y la táctica a seguir no debe basarse exclusivamente en reivindicar pactos fiscales ni pedir acciones judiciales contra los infractores de la legalidad española, sino que se tiene que romper el terreno de juego conceptual del separatismo y destinar generosos recursos a explicar la bondad de la convivencia y de nuestra historia en común. Llevamos ya muchas legislaturas posponiendo e incluso alentando el problema; solucionar exige audacia y pro actividad. En este sentido, el catalanismo del siglo XXI no puede ser ajeno a los profundos cambios que ha sufrido el mundo. Tomando como punto de partida la defensa del autogobierno y la cultura y la lengua propias, el catalanismo no debe alinearse con los movimientos populistas y eurofóbicos que hoy amenazan la UE. Al contrario, los valores europeos están en el ADN de la catalanidad.

Para ello nace Lliga democrática, a través de un grupo de personas de diferentes sensibilidades y de procedencias diversas vinculadas por el convencimiento de que sólo desde el respeto al estado de derecho es posible el progreso y el mantenimiento de la cohesión social. Somos hijos y herederos de una historia, una cultura y una determinada manera de entender la sociedad y la política que, desde la Renaixença hasta hoy, ha definido el catalanismo político. Nos une una visión amplia e integradora de este catalanismo del cual queremos recoger el testigo. Un catalanismo que reconoce la especificidad de Cataluña, que quiere trabajar por el respeto y el desarrollo de su singularidad, que desarrolle su máxima capacidad de autogobierno con una financiación justa y equitativa, que quiere contribuir lealmente al avance del conjunto de España no sólo como locomotora económica, sino como fuerza de gobierno. Y que quiere hacerlo dentro del marco de la Unión Europea, con la condición de que, aun siendo este un proyecto perfectible, ha sido capaz de construir el espacio de democracia, libertad y justicia social más desarrollado del mundo.

Repensar el catalanismo del siglo XXI es la mejor contribución que la Lliga democrática debe hacer por la defensa del catalán, por la unidad de España y con el claro propósito de seguir compartiendo un proyecto común con todos los españoles y el convencimiento de que las dificultades que pasamos como país serán superadas desde la unidad y no desde la separación; proyecto que debe ser el camino para poner fin a las derivas supremacistas. Puede sonar a tópico, pero sólo con una efectiva propaganda de recordatorio de las evidencias que nos unen podremos conseguir nuestro objetivo y salir de la permanente discusión sobre la unidad territorial. Mantener estos planteamientos obliga a posicionarte contra la corriente dominante de pensamiento en los medios públicos y subvencionados, y en una parte significativa del debate público.

Es necesario articular de nuevo, de forma armónica, la conciencia de la catalanidad y la noción de un proyecto común español. Y esto sólo será posible si logramos construir un renovado relato de España que tenga también acento catalán. Esto significa, por un lado, un proyecto nacional que esté protagonizado decisivamente por catalanes. Y, por otra, una narrativa que se exprese y explique también con los matices propios de la mentalidad y de la lengua catalana.

La solución al pleito político que hemos vivido no pasa por otorgar a Cataluña más competencias sobre ella misma, sino por trabajar en la mejor tradición del catalanismo político que se ha comprometido siempre con la misma intensidad por la plenitud de Cataluña y por el renacimiento de España. Y para ello queremos proponer a los ciudadanos catalanes descontentos, desconcertados y desilusionados con los estériles resultados del proceso independentista una opción política catalanista sin complejos que haga del diálogo, el pactismo y el buen gobierno su razón de ser. Una fuerza capaz de aglutinar las diversas sensibilidades e iniciativas que buscan superar la política de bloques, construir los máximos consensos y gestionar los conflictos sociales sin más exclusiones ni límites que el respeto a las reglas de juego. Queremos enderezar Cataluña con vocación constructiva y sin espíritu de revancha ni con ánimo de buscar culpables. Asumimos el reto de construir un mejor futuro para los catalanes mirando adelante y evitando caer en las trampas del inmediato pasado.

Con palabras de su tiempo, Cambó repetía que los catalanes debíamos trabajar «per la llibertat de Catalunya i per la grandesa d’Espanya».

Mon Bosch Codina, historiador y empresario, es ex presidente de Societat Civil Catalana y secretario general de Lliga Democràtica.

1 comentario


  1. El caciquismo no tiene nada que ver con el saqueo de las arcas públicas del presente. Era un sistema deficiente de representación que, en distintos formatos, estaba presente en los regímenes liberales de toda Europa. La democracia fue un objetivo de los liberales y conservadores dinásticos y pretendieron hacer poco a poco más veraz los comicios. Tan veraz lo hicieron que en 1931 cayó el régimen monarquico.

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