Periodismo bueno

Por Graciano García, director de la Fundación Príncipe de Asturias (EL CORREO DIGITAL, 25/01/07):

La muerte de Ryszard Kapuscinski, tan inesperada y desconsoladora, me trae a la memoria una cita de otro de los grandes, Premio Príncipe de Asturias de las Letras, el escritor Claudio Magris: «El ejemplo de una persona puede iluminar nuestras vidas más que las más bellas obras de arte».

Y es que Kapuscinski parecía haber nacido para enseñarnos a afrontar las dificultades de la vida, para alumbrarnos en los momentos de indecisión o de tristeza, para mostrarnos el verdadero camino. Kapuscinski era una de esas certezas que no se cuestionan para la profesión periodística. Sólo la reiteración de la noticia de su muerte en todos los medios de comunicación consigue convencernos de que efectivamente no era inextinguible, porque cuando uno le tenía delante, como ocurre con otros grandes hombres, parecía que iba a estar allí para siempre, orientándonos. Era una de las personas que mejor conocían la superficie y las entrañas del mundo, y se ha ido cuando más le necesitábamos.

En esta mañana fría, con el retorno silencioso de la nieve, siento un profundo dolor por su definitiva ausencia, que nadie podrá nunca llenar. Y, al mismo tiempo, la fuerza impagable de su ejemplo, la grandeza de su sencillez, de su generosidad, de su humildad, despiertan en mí una intensa emoción.

«Es erróneo escribir sobre alguien con quien no se ha compartido al menos un poco de vida», escribió Kapuscinski. Por eso hoy recuerdo como un honor aquellos paseos por las calles de Oviedo -preciosa, maravillosa, encantadora ciudad, decía- aquellos momentos de cálida y sugestiva conversación, su dulzura, que brotaba del fondo de aquel alma buena, incapaz de acostumbrarse a la repetida visión de millones de seres humanos heridos, masacrados, víctimas de la injusticia, de la miseria, que contaba a los demás una y otra vez, convencido de que las sombras inmensas que se ciernen sobre la Humanidad sólo desaparecerán si se conocen, si no se esconden, si no se ocultan.

Empezó siendo poeta mientras estudiaba y desde entonces no soltó el cuaderno, y en cierta forma los destellos de la poesía, hasta los últimos días de su enfermedad. A Kapuscinski le ha fallado el corazón. Tenía que ser así. Porque el corazón de este reportero genial había latido muy fuerte, agitado por el silencio culpable o cómplice de tantos y el silencio sin esperanza de millones de seres humanos. «La pobreza sufre -escribió-, pero sufre en silencio. La pobreza no se rebela». Contra esa desesperanza, luchando contra tanto dolor, Kapuscinski vivió dando testimonio, con su obra y con su ejemplo, de que era posible aún un futuro mejor para la Humanidad.

Cuando sé que definitivamente se ha ido a un lugar más hermoso, abro las páginas de ‘El Quijote’, un libro que él -buen conocedor de la cultura española- leía y releía. Haz el bien a todos, el mal a ninguno, decía Don Quijote. Así vivió, así trabajó Ryszard Kapuscinski, que un día inolvidable -yo también soy periodista- me dijo algo que tampoco olvidaré: «Para ser un buen periodista hay que ser antes una buena persona».