Periodismo de trinchera (I)

Hay una cafetería en Logroño, grande y céntrica, donde el dueño ha escrito en la fachada un lema en letras bien trazadas, para que todo el mundo pueda leerlo. Lo copié en una servilleta, en la seguridad que algún día me iba a ser de ayuda: “Y no acudiré nunca a la cita feroz de la nostalgia”.

No siento melancolía alguna hacia el periodismo de los años de la transición. En España el periodismo se eclipsó con la Guerra Civil. Luego vino otra cosa. Cuando llegó la transición lo más divertido, periodísticamente hablando, es que nadie sabía muy bien dónde estaba, aunque todos creíamos firmemente en lo que hacíamos, y eso daba como resultado una desbordante ingenuidad y una considerable falta de criterio en los grupos empresariales que nacían o habían sobrevivido con la dictadura. Y cuando no hay un criterio preciso en un medio de comunicación todo es posible. Luego afinan y se acaban los juegos. El periodismo de la transición, como el del franquismo, está por historiar.

El oficio de periodista que yo conocí era un trabajo artesano. Como el fontanero o el carnicero o el ebanista. Mejor visto socialmente, aunque con matices, porque un fontanero malo o un carnicero sucio estaban segregados del gremio, pero un periodista chorizo podía tener mucho predicamento. En otras palabras, que los fontaneros o los carniceros o los ebanistas, todos formaban oficios donde la dignidad profesional era sagrada. Nosotros, no. Contemplar a un fontanero en el ejercicio de soldar constituye uno de los privilegios de una edad, por lo demás nada feliz ni gratificante, pero recuerdo que siendo niño, después de pedir permiso por si importunaba, me sentaba sobre un cojín y me quedaba pasmado mirando cómo usaba el estaño y el soplete hasta que obraba el milagro de la aleación. Mi madre siempre les ponía al lado una copa de vino blanco. Sin preguntar, por costumbre.

Hubo un día, no sabría precisar, que empezó a ser carnicero quien tenía una carnicería, no quien sabía cortar la carne. Luego llegaron los argentinos. Argentina, en los setenta, nos trajo con el exilio varias aportaciones, amén de psicoanalistas, entre ellas los cortadores de carne. En Alemania es un oficio, con alta cualificación. Los ebanistas alcanzaban la exquisitez; el olor de un taller de ebanistería no tenía comparación ni siquiera con las tiendas de ultramarinos. Había otros gremios, pero confieso que me atraían menos y no los recuerdo con tanta precisión.

Yo llegué tarde al periodismo canónico, empecé en las cavernas, pero sí recuerdo que las redacciones periodísticas de entonces no eran sanas; tenían todos los vicios de los pobres, y es sabido que en los vicios se nota mucho quién es rico y quién no. Los ordenadores fueron como la luz eléctrica, ¿quién se imagina volver a las velas? Pero se difuminó el gremio; un problema de velocidad. Pasamos en muy poco tiempo por demasiadas etapas. Como en el verso de Aragon, “apenas aprendimos a vivir, y ya era demasiado tarde”. Me temo que los jóvenes estudiantes de periodismo no lean periódicos, les bastará con mirar la televisión. De qué carajo les va a servir lo que nosotros contemos, si en primer lugar no van a encontrar trabajo, y menos aún si dicen que leen, y en segundo lugar, nosotros somos especies de parque natural, dejadas a su suerte; ni siquiera de zoológico, donde se selecciona a los animales.

Soy un contemplador masoquista de los informativos de televisión. Y cada noche me pregunto –sólo veo los vespertinos– cómo es posible que todos sean igual de malos. Idénticos y deleznables. Pueden invertir el orden de las noticias, esa es toda la diferencia, pero siempre dan las mismas imágenes con parecidos comentarios. Me admiran los corresponsables, patéticas figuras que han de explicar lo que les piden, en un tiempo récord. ¿Y saben ustedes lo angustioso del asunto? Que el sueño de buena parte de los nuevos periodistas es poder salir por televisión, aunque sea anunciando compresas en el puerto de Aqaba.

La última vez que me senté en el banquillo de los acusados en un tribunal, cosa nada agradable y que, lamento decepcionar, no fue por estafa, sino por un delincuente que se sintió afectado en su honor de criminal, mi abogado, mío y sólo mío, un curtido penalista, antes de empezar la sesión me hizo una sugerencia inolvidable: “Le ruego que evite las ironías”. Hay sitios donde la ironía, el sarcasmo, el desdén por lo institucional, la distancia frente a la desvergüenza, no tienen sitio alguno. Por entonces yo no había leído las memorias de Bertrand Russell (Edhasa), allí hay unas sentidas líneas sobre Oscar Wilde. El divertido Wilde no percibió que sus agudezas le condenaban ante unos jueces que querían su cabeza y la cobraron.

Los tribunales de justicia no son lugares para la ironía. Los periódicos lo fueron, pero ya no lo son. No porque haya vetos o censuras, sino porque muchos lectores se acostumbraron a leer en diagonal. A partir de eso hay que evitar los sarcasmos sobre la estafa del Palau o sobre los créditos de la CAM, o sobre el PP, o sobre ese candidato retorcidamente genial que es Rubalcaba. ¡He ahí un Andreotti, cuando creíamos que eso no se daba en España desde el conde de Romanones! Se avergüenza uno de tener que explicar, una vez más, que cada día que siga en su casa Fèlix Millet la sociedad catalana está humillándose; retratándose como una sociedad sin opinión pública. Y bastaría el hecho de que han sido sancionados un par de jueces por decir que el sumario y la instrucción se eternizan, para pensar sin rubor alguno que existe una colusión inquietante entre los que administran la justicia y los que han delinquido por activa y por pasiva. Cómo vamos a tener el cuajo de pedir dureza y rigor con los rateros de menor cuantía cuando los grandes se burlan de nosotros.

Hay una diferencia entre estar al borde del abismo y vivir encima de un volcán, y se llama rebelión social; esos comportamientos están convocándola. Que altos cargos de la Caja de Ahorros del Mediterráneo se autoconcedieran créditos suntuosos, con cero intereses, que no devolvieron, exige procesamiento y detención, porque sin esa medida precautoria y exhibicionista no es posible que alguien asuma por qué debemos apretarnos el cinturón, o colgarnos de él.

El problema por abordar no es si la crisis nos va a barrer, cosa que excede en este momento nuestras posibilidades analíticas. Tampoco está en pronosticar si los socialistas pueden perder por más o por menos. La cuestión se reduce a la obviedad siguiente: todos los partidos que pierden, es decir, la izquierda, lo hace a causa de que el votante se retira, abandona, los manda a la mierda, a ellos y a ese Mefistófeles que se han inventado en la figura guiñolesca de Rubalcaba. Lo peligroso de una situación como ésta es que no se ha roto el pacto de la transición, porque dicho pacto no existió nunca. Lo que sí es gravísimo es que la Constitución, que por cierto es denunciada por quienes la rechazaron o ni siquiera tenían edad para no votarla, no conseguiría ni la mitad de apoyo que entonces. Y que los partidos se están quedando sin base social en el mismo momento que el periodismo se mete en las trincheras.

¿En qué se diferencia el alcalde de Vic del alcalde de Badalona? En que uno es de familia conocida de toda la vida, y el otro un aspirante a líder. El pool de intelectuales que tanto ayudó a la victoria de García Albiol debería pensar en eso. Que los partidos ascendentes en Catalunya no son los independentistas, que gozan de la subvención y el narcisismo patriótico, sino un grupo que ni haciendo un casting de tipos imposibles para la política, podrían dar un equipo como el formado por una señora que se llama Alicia y unos hermanos, los Fernández Díaz, idóneos para hacer de los Dalton del spaghetti western en el que se ha convertido la política catalana. El periodismo no se debate entre corrupción o mediocridad, sino en que nada evita que los corruptos además sean mediocres.

Por Gregorio Morán

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