Periodismo o qué

Me disponía a poner la selección de piezas de laúd que han devenido banda sonora de mi placentera escritura. Otros sufren con este bendito trabajo, hablan del vértigo de la página en blanco. Lo lamento. El caso es que un repentino capricho, incompatible con la concentración, me ha llevado a Sidney Bechet, una interpretación en directo de Petite Fleur. Ah, belleza arrebatadora. Platónico como soy, esa plenitud se me antoja inseparable del bien y de la verdad. No niego que la sensibilidad artística extrema toque el alma de malvados y enemigos de la verdad. Es conocida la pasión musical, rayana en el éxtasis, de algunos jerarcas nazis. La tríada de Platón solo funciona a veces. Su República, nunca.

¿Y dónde está la política? –se preguntará el lector–, que espera lo que espera, y hace bien. Si fuera de izquierdas le diría que todo es política.

Petite Fleur ha sido un acicate, un recordatorio no solo intelectual, sino vital en sentido estricto. Son cuerpo y alma (o cerebro) activados, excitados por la sublime interpretación, los que me reafirman en la necesidad de verdad, bien y belleza… también en los artículos de opinión. Otra cosa es la objetividad, que se espera de las piezas informativas. Al menos en teoría; no nos engañemos, la objetividad la contemplan con más escepticismo que nadie los intelectuales, entre ellos algunos teóricos del periodismo, y una parte considerable de sus practicantes. No me afecta esa postura. Soy impermeable a las devastadoras tesis postestructuralistas en materia de verdad y objetividad, a los argumentos –abstrusos, aunque interesantes– que llegan a negar la realidad, o que la circunscriben a lo textual. Por estas y otras razones siento una especie de pena cuando leo la prensa. Puesto que visito a diario todo lo que damos en llamar prensa seria, corro el peligro de que la pena se me incruste. Creo que he logrado no sucumbir a la depresión lectora por seguir una regla de higiene: tras las noticias y columnas, vuelvo a los libros. Como quien se ducha. Sería injusto omitir que en los diarios, y sobre todo en este, hay diamantes, literatura sin adjetivos. Ahí está Jesús Nieto Jurado y algunos más que no cito para que nadie se moleste. En las profesiones muy competitivas, y esta lo es en grado sumo, alabar a alguien se interpreta como una crítica al resto. No existe tal intención.

Mi vocación es de escritor de diarios. Tengo otras, pero esta es la que aquí cuenta, y es fuerte. Eso me aleja del periodismo en sentido estricto. No me reconozco en la definición de periodismo del DRAE. A mi vocación la traiciono a menudo porque me siento obligado a aclarar ora confusiones jurídicas extendidas, ora sobreentendidos injustificados que crecen y crecen, y siento que solo pueden deshacerse mediante una exposición lógica y clara que no casa bien con el revoloteo lingüístico ni con un recreo de tropos, que me procurarían más placer. Qué le vamos a hacer, contra el criterio unánime me aburre el Azorín periodista («la puerta es verde», que diría Josep Pla). Paradójicamente, prefiero «la puerta es verde» en una novela.

Literatura aparte, creo que el buen periodista debe tener alguna especialidad, y que ninguno debería incurrir en errores jurídico-políticos de bulto, por la cuenta que nos trae y porque se hace imposible escribir sobre política sin invocar elementos constitucionales o, con más frecuencia, propios del Derecho Administrativo general. A nadie se le pide que sea un experto en derecho urbanístico, pero es lamentable la difusión de equívocos sobre conceptos que no se pueden estirar a conveniencia. Periodista, ¿es usted capaz de dar una definición aceptable de Administración? ¿Sabe usted exactamente qué es la Generalidad de Cataluña, de la que tanto hemos escrito? Si la respuesta es negativa, al menos no se pronuncie con tanta rotundidad. Numerosas noticias atañen a la organización territorial del Estado, vale la pena tenerla en la cabeza. Cuántos pronunciamientos de la prensa sobre la ley 'Sisí' reflejan un desconocimiento total del abecé del Derecho Penal general. En descargo de los extraviados, diremos que cada disparate jurídico cuenta con el respaldo de algún catedrático de Derecho. Pero fíjese, siempre se trata de los mismos tipos. Los mercenarios jurídicos no son tantos. Solo me vienen dos nombres a la cabeza.

El periodismo conforma la opinión pública, realiza derechos y libertades, y sin periodismo libre no existe democracia. Entonces, ¿seguimos llamando periodismo a la propaganda? Las afinidades políticas están muy bien, y además son inevitables, pero se agradecería que el periodista no tirara de consignas de gabinete, que hiciera su propio esfuerzo argumental. Pienso en los que negaron que la ley 'Sisí' iba a acortar penas, en los que culparon a los jueces hasta que dio vergüenza hacerlo. Nos han intentado engañar firmas importantes de grandes medios nacionales. ¿Se le puede llamar periodismo?

En cuanto al ridículo corporatismo: como se precisa la carrera de Medicina para practicarla, la de Derecho para ejercer la abogacía y la de Ingeniería para levantar puentes, algunos periodistas (jóvenes) creen que sin la carrera de periodismo uno no debería publicar en un diario. Mucho menos para hablar de periodismo, como estoy haciendo. Son hambrientos de espacio que aún no han demostrado nada y querrían sacudirse la competencia por las bravas. De momento compites contigo mismo. Por ahora tus puertas giratorias llevan de la nada a la mediocridad, y viceversa. Escribe diez mil horas, fideliza lectores y sé libre aunque molestes a muchos, incluso a quien te paga. Luego pontifica.

Juan Carlos Girauta

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