Periodismo, secreto y transparencia

La verdad es que Wikileaks se ha convertido en un espectáculo de primer orden que desborda lo informativo y lo político para meterse por los laberintos de la filosofía, la sociología y la ética. Unos consideran que es el Santo Grial del periodismo; otros, como Hillary Clinton, sostienen que es un ataque a la seguridad internacional. En la red se puede leer que Julian Assange es un paladín de la transparencia o una serpiente inquietante y venenosa. Y a partir de ahí un montón infinito de alabanzas y descalificaciones. En vez de periodismo de investigación, yo lo calificaría como periodismo de revelación, derivado de un determinismo tecnológico. Fruto de una tecnología que posibilita una interminable revelación de documentos del santa sanctórum de la diplomacia norteamericana protegidos con la etiqueta de confidenciales. Un verdadero salto mortal en el arte de obtener información.

Hasta época reciente, copiar uno solo de esos documentos exigía el trabajo de un equipo de avezados espías; ahora se han encaminado hacía el portal Wikileaks por medio de claves y métodos que desconocemos, pero sí sabemos de su eficacia y que se puede hacer y se hizo en muy poco tiempo. El polvo y la gestación de tanta transparencia están rodeados de misterios. En la prehistórica época del papel como elemento imprescindible, se hubiese necesitado un tren de varios vagones para trasladar todos esos documentos. Según los cálculos de un matemático estadounidense, no cabrían en el Air Force One de Barack Obama. Una verdadera pasada. Se trata de una auténtica inundación, pero, como en todas las inundaciones, lo primero que falta es el agua potable, que en esta ocasión han potabilizando los cinco periódicos elegidos por Assange para que le sirvan de plataforma de difusión y, al mismo tiempo, de carta de fiabilidad y credibilidad.

Los medios clásicos y tradicionales siguen siendo el disco duro del periodismo. Otros periódicos y revistas de igual importancia que los elegidos han manifestado de distinta forma su irritación por considerarse marginados. The Washington Post, el de los papeles del Watergate, afirma que hay que cerrar el sitio Wikileaks porque se trata de una empresa criminal; la revista Newsweek, más titubeante que The Washington Post, solo se pregunta si se debe denunciar la falta de ética de Wikileaks. Después de la primera entrega, en la que nos decía que a Berlusconi le gustaban las fiestas salvajes y el sexo desmedido, que Angela Merkel carecía de imaginación política, que Putin era el macho alfa de la tribu rusa, que Sarkozy ambicionaba desempeñar un papel de primer orden en la escena internacional o que Zapatero profesaba un socialismo trasnochado, se extendió la tesis de que no nos descubrían nada nuevo. Hoy, después de conocer los subtítulos y la letra pequeña de esos documentos, es difícil sostener esa tesis.

Después de la inundación de Wikileaks, algunas cosas ya no serán como eran. La primera es de orden tecnológico y salta en forma de pregunta: ¿se pueden proteger los datos sin riesgos de fuga en el planeta internet? Porque si no se pueden proteger, todo cambia en el sistema solar de la política, la diplomacia y todo lo demás. Hasta ahora hemos visto el mundo desde la óptica norteamericana, de cómo mueve el cayado el país que pastorea más que ningún otro los reinos de este mundo, pero tendría o tendrá un gran interés complementario conocer los cables de los ministerios de Asuntos Exteriores de China, Francia, Irán, Egipto, Cuba, la India y los países que ustedes quieran, y por supuesto los que llegan desde las nunciaturas a la Secretaría de Estado del Vaticano. De particular interés para nosotros serían los cables diplomáticos que llegan o han llegado desde Madrid a Berlín analizando la situación económica de España.

Del debate que se está derivando a causa de Wikileaks hay dos conceptos que tienen una singular relevancia en su vertiente filosófica. Son los de secreto y transparencia. La importancia de los papeles que están saliendo a la luz radica en que eran secretos y fueron escritos con la seguridad de que eran confidenciales y secretos. Si quienes los escribieron hubiesen sospechado que iban a ver la luz, o no los habrían escrito o los habrían escrito de otra manera.

Con motivo de estos hechos hemos visto personajes notables y grupos tumultuosos pidiendo a los políticos una claridad total y tolerancia cero con los llamados secretos de Estado. El periodismo debe luchar por conseguir de las alcobas del poder la mayor información posible y debe ser implacable en la denuncia de delitos si se cometieron, pero los estados, al igual que los individuos, para ser operativos, tienen necesidad en ocasiones del secreto, de eso que pomposamente llamamos secretos de Estado. En un mundo como el nuestro, tan amenazado por el terrorismo, el secreto forma parte de la estrategia para combatirlo. Una transparencia total nos llevaría a la hipocresía y a la ineficacia.

Por Alfonso S. Palomares, periodista.

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