Peripecias del cambio de año

Nada más natural que terminar un año el 31 de diciembre y comenzar el siguiente en el 1 de enero. Sin embargo, esta convención occidental, que tiene su origen en la Roma del siglo II a.C., ha sufrido innumerables y apasionantes peripecias a lo largo de la historia, avatares debidos en gran medida a las aproximaciones sucesivas para acompasar la duración del año civil con la del año que los astrónomos llamamos el año trópico que es, en breve, el periodo de 365,2422 días que duran las cuatro estaciones.

Los movimientos de los cuerpos celestes, con sus ciclos matemáticamente precisos, son ideales para medir largos períodos de tiempo y así lo reconocieron las primeras civilizaciones al confeccionar sus calendarios. Por ejemplo, el día y el año, tal y como están definidos hoy, tienen su fundamento en el movimiento de la Tierra sobre sí misma y en torno al Sol. El día y el año son pues los ladrillos fundamentales de un calendario solar. Sin embargo, el mes y la semana son unidades basadas en el movimiento de la Luna y forman la base de los calendarios lunares. El mes representó en origen una revolución de nuestro satélite en torno a la Tierra y la semana corresponde aproximadamente a una fase lunar.

Paradójicamente, nuestro calendario actual, que es obviamente solar, tiene sus orígenes en el antiguo calendario romano que tenía fundamento lunar. En efecto, en la antigua Roma, varios siglos antes de nuestra era, el año era una sucesión de diez meses: Martius (dedicado a Marte), Aprilis (del latín aperire, abrir, quizás por los brotes vegetales), Maius (por la diosa Maia), Junius (por Juno), Quintilis (el mes quinto), Sextilis (sexto), September (séptimo), October (octavo), November (noveno), y December (décimo). El año comenzaba el primer día de marzo (calendas), bajo los auspicios del dios guerrero, pues esta era la fecha que marcaba el inicio de las campañas militares con la designación de los cónsules. El término calendas procede del verbo calare (llamar). A primero de mes los cobradores reclamaban los tributos llamando a los ciudadanos a gritos y el libro en el que anotaban sus cuentas se denominaba calendarium.

Como el año era mucho más corto de 365 días, su inicio iba cambiando de estación, lo que creaba inconvenientes en las campañas militares. Para evitar este problema, se intercalaban meses adicionales cada cierto tiempo, una práctica que se prestaba al desorden. Algunos pontífices, quienes -además de velar por los puentes de Roma- eran los encargados del calendario, alargaban y acortaban los años fraudulentamente, según su conveniencia, para prolongar la magistratura de sus amigos y reducir la de otros. Para evitar estas prácticas, tratando de acompasar el año civil a las estaciones, Numa Pompilius añadió de manera permanente dos meses al final del año: Ianarius (dedicado a Jano, mes 11) y Februarius (de februare, purificación, mes 12). Por otra parte, a mediados del siglo II a.C., las campañas militares lejos de Roma (y concretamente en Hispania) requerían nombrar a los cónsules con suficiente antelación al comienzo de las actividades militares. En el año 153 a.C. se pasó a realizar el nombramiento de los cónsules dos meses antes del comienzo de las campañas y con ello se fijó el principio del año en el día 1 de Ianarius (en lugar del 1 de Martius).

Gracias a los dos meses adicionales introducidos por Numa Pompilius, el año había pasado a tener unos 355 días, así que aún era demasiado corto respecto del año de las estaciones. Para compensar el desfase se introducía ocasionalmente un decimotercer mes, algo también propicio a manipulaciones por intereses políticos o económicos. El caso es que aún en el año 46 a.C. el año del calendario civil se encontraba desfasado por unos tres meses respecto de las estaciones y seguía reinando el desorden.

Fue Julio César quien en el 45 a.C. (año 708 de Roma) decidió realizar una reforma drástica del calendario. Para ello le asesoró el prestigioso astrónomo griego Sosígenes, quien propuso despreocuparse de la Luna forzando la duración de los meses de forma que el año ordinario durase 365 días (como el de los egipcios) y, para que no se acumulase un desfase con las estaciones, se decidió intercalar un día extra cada cuatro años. De esta forma, la duración media del año resultaba ser 365,25 días, es decir, unos 11 minutos menos que el año trópico. Así, César transformó el calendario lunar en puramente solar.

Posteriormente, el mes Quintilus fue renombrado Julius (en honor de Julio César) y el Sextius pasó a llamarse Augustus (por Augusto) pero, por inercia del lenguaje, September, October, November y December han conservado unos nombres que hoy nos resultan aparentemente absurdos pues, por ejemplo, el mes septiembre es ahora el mes noveno y no el séptimo.

Este calendario, denominado juliano en memoria de Julio César, permaneció válido durante más de dieciséis siglos. Pero durante muchos de estos siglos, los católicos se resistieron a celebrar el principio del año en un mes dedicado a una deidad pagana. En la Edad Media, diferentes pueblos de Europa tenían por costumbre celebrar el principio del año en fechas de significado religioso. Dependiendo del Estado europeo, se utilizaba la modalidad de la Navidad, con el año comenzando el 25 de diciembre, la de la Encarnación, con el comienzo en el 25 de marzo, o la de la Pascua, con el año comenzando ¡en fecha variable! El inicio del año el 1 de enero no se hizo obligatorio en muchos Estados europeos hasta el siglo XVI. Se impuso en Alemania mediante un edicto hacia 1500; en Francia entró en funcionamiento en 1567; en España se generalizó hacia el siglo XVII y en Inglaterra hubo que esperar hasta 1752.

Con el transcurso de los siglos, esos 11 minutos de diferencia en la duración del año juliano y del trópico, generaron una deriva muy significativa. A finales del siglo XVI, a pesar de una corrección introducida en el año 325 d.C. en el concilio de Nicea, el equinoccio de primavera (muy importante para la Iglesia, pues determina la fecha de la Pascua) caía hacia el 11 de marzo, es decir, 10 días antes de la fecha que la Iglesia se había impuesto en Nicea. Esta situación llevó al papa Gregorio XIII a realizar una importante reforma en 1582, año al que recortó 10 días.

El calendario resultante, denominado gregoriano y vigente hasta hoy, se critica a veces por diferentes razones. Por ejemplo: no considera un año cero (del año -1 a.C. pasa al 1 d.C.). Sigue conteniendo años bisiestos, pero se suprimieron los años seculares de entre tales bisiestos, salvo aquellos que son divisibles por 400, y todo ello parece ad hoc. Los meses, que como hemos visto tienen a veces nombres absurdos, no tienen un número entero de semanas y tienen un número variable de días (28, 29, 30 ó 31). Además, la duración media del año gregoriano es 365,2425 días, es decir, aún contiene una pequeña diferencia (un exceso de 26 segundos) respecto del año trópico.

Pero también es cierto que, gracias a todas sus peculiaridades y anécdotas, en el calendario gregoriano está escrita una buena parte de la historia de la civilización occidental. Y su precisión es más que aceptable: el exceso de 26 segundos representa una parte en un millón, por lo que el desfase al que puede dar lugar es el de un día en 3.300 años. Este efecto no se corrige de momento pues sabemos hoy que la duración del año trópico tampoco es perfectamente constante. Si fuese preciso corregirlo, sería sencillo: dentro de unos 30 siglos se podría decretar que un año bisiesto no lo fuese. En mi opinión, todo sumado, nuestro calendario gregoriano no solo es un destacado patrimonio cultural de la Humanidad, sino que es una excelente herramienta para medir el tiempo. Fácil de aplicar y sumamente práctico, el gregoriano se ha impuesto hoy en gran parte del mundo, pasando a ser un importante elemento de comunicación y de cohesión a escala planetaria.

Rafael Bachiller es astrónomo, director del Observatorio Astronómico Nacional (IGN) y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.

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