Personalidad e identidad (y 4)

La región canadiense de Quebec  ha sido principal suministradora de ideas a nuestro nacionalismo “casolano”. ¡Cuántas historias habría que contar de la Universidad de Laval! Hubo un tiempo en el que se mandaron instructores lingüísticos y políticos. El calco quebecois del nacionalismo catalán posmoderno alcanza prácticamente toda la gama de lo que por aquí se consideran identidades únicas e intransferibles. Después de dos referéndum de separación fallidos, es raro encontrar en Quebec alguien capaz de insistir. La única persona que jalea a los quebecois a un tercer referéndum figura como representante de nuestra inefable Generalitat en Quebec, y en publicación tan insólita como la revista de viajes Altaïr.

Lo atractivo de Canadá, y muy en concreto de Quebec, es la singularidad de su fauna humana, y en especial aquellos tipos que habiendo nacido en Ontario, o en Toronto, dejaron huella en Montreal. Las figuras que trascendieron la mediocridad de su medio identitario. Aunque suene mal decirlo, toda identidad está basada en la mediocridad ambiental, cuando no en las chumacerías de los canonistas, sea en Catalunya, Asturias, España o ese Canadá del que dijo uno de sus políticos más lúcidos, “tiene poca historia y demasiada geografía”.

Por eso me interesa la figura de Leonard Cohen, montrealés de habla inglesa. ¿Qué hacemos con él? O más bien, ¿qué haría con nosotros y nuestro código identitario? Aparcarlo y no darse por enterado. En Montreal, por cierto, pude contemplar una exposición suya, modesta como pintor, pero interesante por tratarse de una figura indiscutible de esa parcela de la poesía, donde letra y música tienen valores propios.

La dualidad es una cualidad, no sé si de la inteligencia pero seguro que de la civilización. ¿Saben que el himno canadiense, OCanada!,se puede cantar de dos maneras diferentes? Confieso mi perplejidad ante las fuertes personalidades canadienses. Tienen algo especial; una dureza y una resolución que les acerca a la locura y que va más allá de la aventura de vivir. Quizá sea la individualidad. Los grandes espacios alimentan las individualidades. Es posible, pero no estoy seguro. El poeta más importante de Canadá hasta la fecha, el pionero de la poesía, un francófono de padre irlandés, que revolucionó el mundo y se condenó a la peor de las tragedias, la soledad espantosa de un hospital psiquiátrico. Émile Nelligan, un chaval con aspecto de Rimbaud y mirada transida, escribió todo lo que pudo y terminó su obra a los 20 años. ¡Veinte años!, ha leído bien. Pero vivió mucho más; hasta los 62. Su padre lo encerró en un psiquiátrico en 1899 cuando descubrió que aquel muchacho llevaba en sí la semilla del genio, es decir del mal, y no lo sacó de allí hasta que fue cadáver, en 1941. ¿Y la sociedad de Montreal, no hizo nada? Sí, rezaba. Y los más audaces leían el poema Le vaisseau d ´ Or,un clásico con influencias de Baudelaire y Verlaine, es decir, la más bella de las perversidades.

Pero confieso que mis personalidades canadienses favoritas son tan contradictorias que ni yo mismo me explico el por qué. Quizá por lo que tienen de arrogantes, porque la arrogancia es un lujo de la inteligencia; es verdad que en general la arrogancia no es más que presunción y chulería, pero hay casos que no. El de Norman Bethune, por ejemplo. También el de Pierre-Elliott Trudeau. Impensable colocarlos juntos; ni por época, ni por clase social, menos aún por posiciones políticas. Sin embargo, comparten algo de todo eso. También la ciudad, la adorable Montreal, corazón del Quebec y pulmón de Canadá.

Norman Bethune es conocido entre nosotros, un poco, gracias a su efímero papel en la guerra civil. Llegó a España para servir a la República como cirujano, y en verdad que lo era y prestigioso. Su especialidad, la cirugía torácica. Basta citar el título de uno de sus trabajos científicos para detectar que no era precisamente un moderado de la expresión y los gestos. 25 idioteces que no deben hacerse en cirugía torácica.Todo un carácter. Me hubiera gustado extenderme sobre lo que cabría calificar como “carácter de cirujano”. Ahora que los médicos en general han dejado de ser lo que eran; los sustitutos laicos de una religión de hombres libres, queda no obstante el cirujano. Ese resto del concepto antiguo de la medicina. A todo cirujano se le supone capacidad de mando; sin eso, debería cambiar de oficio. Y el mando hay que ejercerlo siempre, lo cual no quiere decir bien, mal o regular, quiere decir siempre.

Acabó a hostias con la cúpula de la sanidad republicana en guerra, en unas batallas donde al carácter de Bethune debía sumarse el estilo burocrático y elitista del cuerpo médico, que por más republicano que fuera seguía siendo el de la España eterna. Les preocupaba sobre todo controlar el servicio de los bancos de sangre y los fondos que manejaba Bethune, y hasta nacionalizar sus nombres, dejando de ser canadienses para ser hispano-republicanos. Fue testigo de excepción, por su valentía, de las matanzas franquistas de la carretera de Málaga. Él venía de Montreal, de ser el más importante cirujano de una ciudad rica y desmesurada. Lo había dejado todo para defender a la República española, y le ponían palos en las ruedas. Se irá a China, donde Mao Tse Tung está en plena Larga Marcha, o lo que es lo mismo en plena Larga Huida de la derrota anunciada. Durante 20 meses, un tipo alto y bien plantado, que no hablaba ni una palabra de chino, se dedicó a operar y curar entre aquella humanidad tan diferente de la suya. El hijo privilegiado de un pastor presbiteriano y una misionera, pueblerino de Gravenhurst, Ontario, donde el animal menos frecuente es el humano. El apasionado galán de amantes imposibles, lector de William Blake más que de Marx, murió de fiebres en una mierda de pueblo chino, Hua Pei. Era el mes de noviembre de 1939, tenía 49 años. Todos los días que pasé en Montreal saludaba su estatua, vulgar como un icono, donde está de cuerpo presente disfrazado de chino. La instalaron los montrealeses en 1976, tras muchas dudas por un pasado poco convencional.

Pierre-Elliott Trudeau, primer ministro de Canadá durante la década de los setenta, se podría decir, y eso aseguran los manuales, que representaba la élite montrealesa anglófona. Yo creo que Trudeau, ni siquiera cuando ganaba elecciones, se representaba más que a sí mismo. Un huérfano que se formó para mandar en un mundo donde Canadá apenas era otra cosa que un socio de los Estados Unidos. Había estudiado en Harvard con Leontief, en París con Raymond Aron, y en Londres con Harold Laski, cuando se le consideraba la gran figura del pensamiento laborista. Lo que tiene de fascinante Trudeau no es su hacer de estadista, notable por otra parte, sino la fuerza de su personalidad en la pelea política. Un montrealés, bilingüe completo, padre anglo y madre francófona, que consigue erigirse en primer ministro, ganando elecciones en un mundo donde se marcan los márgenes de una carrera desde la cuna y el patrimonio. Fue rico en todo, y cuando lo que le faltaba era serlo también en amores – él, que sabía disfrutarlo, con esa inveterada arrogancia de la flor roja en el ojal-se casa a los 51 con una frívola a la que llevaba 29 años. Pobrecilla, creía que iba a disfrutar las mieles del poder y el poder no tuvo más que limones. De todas las decisiones que tomó en vida Trudeau, la más complicada, la más errónea, la que tuvo consecuencias más dolorosas, fue su matrimonio con Margaret Sinclair, en 1971. Su política exterior, la legalización de la homosexualidad y el divorcio, le valieron la enemiga de la entonces potentísima iglesia católica quebecois.Su actitud durísima frente al independentismo del Quebec le consagró de “bonapartista constitucional”. A su funeral asistieron el presidente Jimmy Carter y Fidel Castro.

El Canadá de Trudeau en la presidencia fue especialmente generoso con los chilenos tras el golpe de Pinochet. Una de sus poetas, Yolanda Duque, escribió un par de versos que iluminan la evocación: “Hay días que se equivocan. Amanece el pasado”.

Gregorio Morán