Pianistas en el burdel

Vivimos sobre un volcán, pero damos  la impresión de ser tan felices que no se sabe si disimulamos nuestro miedo o sencillamente hacemos lo que nos piden. Lo digo bruscamente: no me creo este juego de trileros entre unos controladores, sobrados y corruptos, y un gobierno, de incompetencia tan reiterada, que cada vez que se pronuncia intuyes que mienten. Un chiste macabro.

Los aeropuertos se parecen cada vez más a los supermercados. Un diseño frío e incómodo. O consumes o te aburres. Eres un cliente en tránsito, al que van a extorsionar desde la misma puerta de entrada. Te humillarán, y si eres mujer, doblemente; quizá por eso creen compensarla ofreciéndole más tiendas, más oportunidades para olvidar el mal rato que le han hecho pasar unos individuos que bordean la legalidad y sobrepasan la decencia. Nuestro volcán en erupción es tan frágil que hasta nuestra seguridad está en manos de bandas privadas.

Por eso cuando sucede algo que impide volar a un avión, los aeropuertos se trasforman en campos de detención. Los viajeros no afectados apenas si se dan cuenta, porque cada cual va a su prisa y lo único que detecta es la mirada cargada de envidia de quienes no pueden volar hacia quienes están puestos en las colas de embarque. Basta una pequeña catástrofe – que un grupo de subalternos enfadados decida invadir las pistas o que un estamento gremial afecto a ansiedades y sobredosis, como los controladores, abandone las torres de control-para que los aeropuertos se transformen en campos de detención masivos, ratoneras para presos sin destino ni condena, cárceles de prisioneros en tránsito.

Los sistemas de seguridad, pensados para intimidar a los viajeros, devienen, a partir de una situación de emergencia, sistemas de represión que limitan tu capacidad de moverte, que impiden tu exigencia de libertad de expresión, y por supuesto aplastan toda intención de protestar. “Si usted quiere quejarse, póngase en aquella cola y redacte un parte”. Se dice “una reclamación”, pero la gente no quiere reclamar nada, lo que quiere es que la extorsión que sufre se termine. Aena te cobra, Aena no te permite volar, Aena te tiene en el aeropuerto y Aena recogerá tus quejas. ¿Qué es Aena? Nadie, que yo sepa, me ha explicado qué es Aena, ni cómo se llaman sus jefes. ¿Cobran o lo hacen gratis? ¿Son una oenegé? Se va a privatizar y aún no sé lo que es, salvo que seguiremos pagándola.

La experiencia de un aeropuerto convertido en campo de detención es única, y quien no la vive no puede hacerse a la idea. Por eso se olvida enseguida, porque se quiere pasar página lo más rápidamente posible. Ocurre como con la cárcel. Quien no ha pasado por una entrada en calabozos, o en prisión, cree que por haberlo visto en las películas sabe de qué va. No tiene ni idea. Intente hablar con alguien que lo haya vivido; me refiero a ese instante, el de salir de la lechera, ir sacando las pertenencias, y el cinturón, ¡no olvidarse de los cordones de los zapatos! “Y esa cadenita de la Virgen María, chaval, pónmela aquí, que vírgenes no vas a ver ninguna hasta que salgas”.

Vivimos sobre un volcán y está en erupción, pero ante algo tan evidente como el humo, la lava y las llamas, yel rumor perfectamente perceptible de la explosión, puede haber varias alternativas. Advertir de lo que se nos viene encima, o denunciar lo que nos amenaza, o apuntar a los irresponsables que ocultan lo evitable. Y también hay quien te anima a que aproveches la oportunidad para asar chuletones. Cuando unos 180 viajeros de la colombiana Avianca llevaban dos o tres días en el campo de detención instalado por Aena en el aeropuerto de El Prat, un mosso d ´ esquadra replicó a una airada viajera que reclamaba un avión para ellos: “¿Cómo va a pedir usted que la compañía flete un avión, con los millones que ha perdido en estos días? Esta es una crisis que ha afectado a 300.000 personas. Entiéndalo”. Ese mosso es un representante de la posmodernidad, y él no lo sabe; debería aspirar a que le asciendan. Yo le abriría un expediente, porque esa mentalidad atenta contra los derechos de los ciudadanos; los viajeros pagaron su billete por adelantado y ninguna razón puede eximir a la compañía, a sus accionistas o al Estado que la autoriza, de que cumplan con sus obligaciones sin llamarse a andanas.

Al parecer si usted era socio de Twitter, o pagaba en aquel momento por hacerse – fíjese qué oportunidad-,cuando estaba deprimido en su campo de detención, sin poder salir, sin que le dieran ni un miserable café, cuando la verdad es que tenía derecho a champán y a una cena elaborada por esas estrellas Michelin de las que estamos rodeados, va, y Aena le abre una ventana para el diálogo. Transcribo el texto anónimo que apareció en este diario: “Poco a poco los viajeros tirados en los aeropuertos fueron dándose cuenta de la ventana de diálogo que había abierto Aena”. Permítanme que lo escriba en catalán, porque tiene más fuerza: acollonant.¿Y de qué puede usted dialogar con Aena? ¿El diálogo del viajero ante el guardián, en El castillo de Kafka?

¿Cómo es posible que aceptemos una situación de emergencia, el famoso estado de alarma, como si se tratara de una pelea en la que el Tirant de Rubalcaba les pone firmes a los diabólicos chantajistas de las torres de control? ¿Eso es todo? Y los centenares de miles de afectados, ¿qué recibieron de Aena? ¿Una ventana de diálogo en Twitter? Ya me gustaría a mí saber qué gabinete de imagen es el responsable de Aena, y cuántos obsequios se van a distribuir estas Navidades. En ocasiones como esta se manifiesta el desprecio más absoluto hacia la ciudadanía, y al tiempo la más lacayuna disposición ante los poderes establecidos, llámense Aena, compañías aeronáuticas o nuestro Crispín político renovado, Alfredo Rubalcaba. ¿Han escuchado ustedes, como yo, las cinco preguntas que cuatro mujeres y un chico, periodistas, le hicieron al ministro ante el primer estado de alarma de nuestra democracia? Sentí vergüenza ajena, yme la bufa que sean de medios amigos o enemigos. Como todos preguntaban lo mismo, el propio Rubalcaba, cumplido el trámite, dijo: “Esta es la última”, como el abuelo cuentacuentos les diría a los chavales que no quieren irse a la cama. No me creo una sola palabra de lo que dijo Rubalcaba y menos aún las explicaciones de Blanco, el de la mirada turbia. La huelga empezó antes de la tarde del viernes, y en estos casos las horas cuentan para los estrategas. Las compañías embarcaron las maletas como si nada pasara incluso el sábado bien entrada la mañana. Los aeropuertos españoles se convirtieron en auténticos centros de detención, con el agravante de que no hubo nadie para darles tratamiento, ni a niños, ni a ancianos, ni a pasajeros de la clase de tropa. La directiva de Aena, en pleno, incluido el genio voluntarioso que ejerce como jefe de comunicación e imagen, debería dimitir, por más que la propuesta sea una ingenuidad. Y el señor ministro de Transportes, el inefable Blanco, un cínico compulsivo, poner su cargo en cuarentena.

¿Y los controladores? Miren ustedes, los controladores llevan chuleando al sistema democrático desde el primer día. Estos de hoy son hijos políticos de quienes facilitaron la caída de Adolfo Suárez. ¿Nadie se acuerda ya de aquel congreso de la UCD, que debía celebrarse en Mallorca, y donde el presidente Suárez pensaba dar la última batalla antes de su dimisión, que hubo de suspenderse por la primera huelga de controladores? Probablemente a ellos el golpe del 23-F, como todo lo demás, les importaba un carajo; quizá a los servicios de información, sí. Los de ayer y los de hoy. Esos mismos servicios de información que, con toda seguridad, tuvieron informado al avispado Rubalcaba de lo que se venía encima.

Y este es el problema. Que sale nuestro Andreotti-Rubalcaba – cada vez se parecen más, incluso físicamente-y le preguntamos, acojonados, si va a hacer lo que ha dicho que va a hacer. Somos como los pianistas en los burdeles; amenizamos los encuentros.

Gregorio Morán