Picasso o Chagall

Los profanos son mis críticos favoritos. Marc Chagall

No hubiera decidido enfrentarme al reto que me he impuesto en este artículo de no haber sido por la cita que lo encabeza, leída en el magnífico libro que Marc Chagall escribió sobre sus primeros 30 años de hombre y pintor, y que la encomiable editorial El Acantilado ha puesto a nuestra disposición. Así que es como profano, como espectador amateur de pintura, y no como experto o especialista, como voy a presentarles el dilema Picasso-Chagall, convencido de que tal dilema encierra algunas de las claves para entender lo que ha sido el devenir de nuestra cultura después de la primera guerra mundial. Perdonen el atrevimiento, pero alguien tenía que decirlo.

El escenario del duelo ético y estético entre ambos gigantes de la pintura es, a mis ojos simples, relativamente sencillo. Ante todo les invito a apuntarse a la tesis de George Steiner, según la cual el año 1914 habría marcado un hito cultural de trascendencia tan o más singular que otras añadas emblemáticas como 1492 o 1789. De aquella mortífera ruptura y otras similares que le siguieron, protagonizadas por los países autoproclamados como los más cultos del planeta, nacieron las escisiones que, como fragmentos de metralla, se incrustaron en nuestra tradición humanista, reduciéndola a cenizas y abriendo las puertas a masacres de magnitud nunca antes vista.

Como siempre, los artistas avisan con tiempo y prefiguran la modernidad que nació en las trincheras hediondas con inimaginables dolores de parto. De tales dolores, el que más nos afecta en este comienzo de siglo XXI, es el de haber perdido los referentes estéticos y morales. Picasso ganó la batalla a Chagall y nos metió en un callejón sin salida. Chagall nos hacía una última llamada al origen, nos enviaba recuerdos desde nuestras raíces, nos avisaba de la debacle. Y nosotros le desoímos.

Al joven y aún pueblerino Chagall que llega a París en 1910, le resulta inaudito que la pintura que goza de más bombo en el ombligo del mundo del arte, sea la pintura «científica», así califica él al cubismo y derivados. No entiende qué ha pasado entre Ingres y Van Gogh por un lado, y Gris y Picasso por otro. Llegado de su Rusia remota, virgen de ideologías pero buen conocedor y mejor practicante de la sabiduría bíblica, enamorado de todos los colores de la naturaleza y de su modesto Vitebsk natal, Chagall no cree lo que está viendo: el maquinismo se ha impuesto en los lienzos; el impresionismo ha degenerado en el puntillismo de la ciencia óptica; las mesas se han triangulado; las guitarras solo tienen cuatro cuerdas; el fauvismo disuelve perspectiva y composición en manchas coloristas. Y, sobre todo, lo que más le afecta es que el cielo esté vacío; quizá fue en aquel momento cuando decidió que la misión de su pintura habría de ser llenarlo de nuevo. Más tarde, de vuelta temporalmente a su Rusia revolucionaria, comprobaría que también allí se apagaban los últimos destellos del arte a manos del desarrollismo y una autocracia criminal que ensució los iconos bizantinos y el brío Tchaikovski con la estética ridícula del realismo soviético y el estalinismo sinfónico de Shostakovich. ¡Él, que adoraba al Veronese!

Apuesto a que le daba miedo conocer a Picasso. En aquel París donde fallecía la bohemia en los pulmones tuberculosos de Modigliani, ya despuntaba el endiosamiento de los artistas a hombros de la crítica, el mercado y otras conveniencias. De ese ruido de fondo le debieron llegar demasiadas referencias extraartísticas del malagueño. La bonhomía del ruso frente al avasallador cubista. El fiel por naturaleza y creencia frente al machista maltratador. El colorista imaginativo frente al realista en grises. La cultura tecnocientífica comenzaba su singladura y de la mano de sus profetas se iba abriendo paso a golpe de tanque, lanzallamas e ingeniería atómica. De aquellas lluvias estos lodos.

Sabemos qué mundo nos trajo Picasso pero nunca sabremos el que podría habernos traído Chagall. Quizá algo más de Oriente, al que luego fueron a salvarse tantos sesentayocheros. Algo más de sabiduría en vez de tanto conocimiento inútil. Más naturaleza y menos urbes que distraen del amor. Algo más de bondad y algo menos de codicia. Más alma y menos psique. Quizá sea la añoranza de esa oportunidad perdida sumada a la sensibilidad neorromántica de nuestros mejores jóvenes la que haya hecho crecer, con el paso del tiempo, el perfil de Chagall; la que haya hecho destacar más y más su paleta colorista sobre el nubarrón gris que ensombrece nuestros días. O quizá sean sus cielos poblados y repletos de imágenes flotantes preñadas de simbolismo, aquello que más sentimos haber perdido: esos novios inclinados, esas vacas en vertical, los mujiks barbudos, adanes y evas, ángeles, yoguis y demás; sí, seguro que son sus cielos densamente poblados los que nos matan de nostalgia, porque los nuestros hace tiempo que se vaciaron de historias y ahora solo albergan máquinas sin espíritu que los cruzan a toda velocidad para ir a ninguna parte.

Antonio Sitges-Serra, catedrático de Cirugía (UAB)

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