Piedras en la unidad parlamentaria ante ETA

Las respuestas de nuestros diferentes parlamentos tras el asesinato de Eduardo Puelles merecen quizás una reflexión más sosegada que la que les hemos dedicado. Las decisiones tomadas en el País Vasco, Madrid y

Navarra reflejan una preocupante ausencia de criterios comunes. El caballo de Troya es aquí, como es sabido, la inclusión de una cláusula de apoyo a las Fuerzas de Seguridad, añadido que se resisten a firmar desde Aralar y NaBai. Tal resistencia dibujó nada menos que tres posibilidades distintas. En el País Vasco, unanimidad en torno a un comunicado del que se excluyó la cláusula. En Madrid, unanimidad gracias a que NaBai no puso peros y firmó un texto que la incluía. En Navarra, por último, la unidad se fracturó. El presidente Sanz forzó la inclusión del apoyo a la Policía a sabiendas de que NaBai no iba a firmar. Desde NaBai le pidieron que el texto fuera idéntico al que todos habían firmado en Vitoria, pero el líder de UPN se negó y sacrificó la unidad parlamentaria contra ETA.

Si se asume que la cláusula tiene categoría de principio irrenunciable, entonces todos los partidos han sido incoherentes. PSOE, PP, UPD y PNV firmaron textos sin cláusula en Vitoria y con cláusula en Madrid. NaBai se negó a aceptarla en Pamplona, pero la asumió en Madrid. UPN se habría mantenido puro, ciertamente, pero al precio de sacrificar la unidad frente a ETA, lo que más que una virtud parece todo lo contrario. ¿Realmente tenemos las cosas claras? Parece obvio que si nos abandonamos al puro tacticismo que dicta la aritmética parlamentaria no encontraremos una base común a partir de la cual forjar un acuerdo. Hace falta profundizar un poco y hablar de principios.

¿De quién es la culpa, del que incluye la cláusula o del que no quiere asumirla? Sospecho que ésa es una manera torpe e infantil de enfrentar el problema, porque conduce a un empate infinito en el que cada parte tan sólo ha de dirigir el dedo acusador a su contraria. Preguntemos mas bien otra cosa: ¿es ese motivo suficiente para romper la unidad ante el terrorismo? ¿Resulta una condición ‘sine qua non’ para poder condenar a ETA y sus acciones?

Hay buenas razones para responder que no, y todas se reducen a una: la línea fundamental que ha de dibujarse aquí es la que separa a los que asesinan de los que parlamentan. Por eso en Vitoria fue posible el acuerdo. Apoyar a las Fuerzas de Seguridad del Estado no es algo que ‘per se’ haya de incluirse en el núcleo de consideraciones éticas fundamentales que definen la democracia, sino algo con respecto a lo cual, guste o no, se puede discrepar. De tal discrepancia puede decirse que es estúpida, desagradecida y mezquina, sin duda. Pero se trata de opiniones que tendrán que venir después. Tras un atentado, lo perentorio es buscar la unión. El lehendakari López lo expresó muy bien: «Si busco la unidad, no voy a poner piedras en el camino».

Todo lo contrario hizo Sanz en Navarra: «Aquí no valen los matices. O se está con el terrorismo o se está al lado de quienes lo condenan», dijo en referencia a NaBai. ‘No valen los matices’, frase terrible que habría desconsolado a Ortega, que intentó enseñarnos que la democracia es, en buena medida, una cuestión de matices. Se trata de una declaración carente por completo de valor argumental. Por mucho que Sanz se empeñe en lo contrario, sus palabras no pueden modificar la realidad: si NaBai condena el atentado, está del lado de quienes lo condenan. Además, sus dardos envenenados habrían de dirigirse por igual, en estricta lógica política, a los firmantes del documento que NaBai propuso en Pamplona, esto es, al PSOE, PP y UPD vascos, partidos que, a lo que se ve, tampoco condenarían el terrorismo. Con estas pobres razones impide Sanz en Navarra la unidad parlamentaria ante ETA, ayudado por un PSN que no acaba de encontrarse (¿por cierto, va a dejar el socialismo navarro toda la oposición sólo a NaBai? Porque menudo panorama).

Pero, ¿por qué NaBai claudicó en Madrid, firmando la cláusula de la discordia? Es obvio que por razones aritméticas: Uxue Barcos habría sido la única diputada de entre 350 en desmarcarse de la declaración. Y si Sanz puede faltar de manera descarada a la verdad con respecto a la postura de NaBAi en Navarra, comunidad en la que tal formación es la segunda fuerza, es fácil imaginar lo que se habría escuchado en España si NaBai no se adhiere al comunicado.

Pero conviene mantener la cabeza fría: si somos fieles al principio de la unidad, a ese ‘no poner piedras en el camino’ del lehendakari, los que no respetan su espíritu ni su letra son los 349 diputados que imponen la cláusula. No están planteando sólo la unidad contra ETA, plantean además la unidad en el apoyo a las Fuerzas de Seguridad. Se esté o no de acuerdo -ésa es otra cuestión-, son cosas diferentes, y convendría no mezclarlas si una minoría discrepa. Aunque sea una minoría de 1 entre 350, lo cierto es que en muchos sentidos la calidad de las convicciones democráticas se mide por la actitud de esos 349 frente a ella. Además, y por traer a colación otro principio, ¿para qué queremos una adhesión que sabemos insincera? ¿Qué tipo de unanimidad es aquélla que incluye también a los que sabe discrepantes, como si fueran meras cifras vacías y no representantes de pleno derecho de ciudadanos que no comparten ciertas cuestiones?

Es la aritmética, así, la que hace y deshace en estos asuntos a su antojo. ¿No hay ya ningún principio común a todos nuestros representantes? En su día lo hubo. El ‘espíritu del consenso’ que animó nuestra Transición consistió en ceder cada parte algo de su verdad para, entre todos, construir una verdad en la que cupiéramos todos. Aunque de ese espíritu se dice que ya pasó, hay situaciones en las que recuperarlo se torna obligado. La declaración institucional de un parlamento que representa a toda la sociedad tras un atentado etarra es una de esas situaciones. Porque no se trata, ante el zarpazo de la sinrazón, de representar nuestras diferencias. Eso ya lo hace el parlamento todos los días. Se trata de representar lo que nos une: la condena y el rechazo del horror. Y unir y consensuar supone dejar a un lado lo que nos separa, lo que nos divide, aquello en lo que discrepamos. Asuntos en los que reina el desacuerdo pero que, ante la locura etarra, pierden importancia y devienen prescindibles.

Creo que son muchos los motivos que justifican dejar de lado las diferencias y anteponer la unidad. Porque la declaración de condena va dirigida a ETA, no al electorado. Porque lo que tiene que recoger es tan sólo el rechazo absoluto y unánime de los representantes a la banda terrorista, no las diferencias que la sociedad a la que representan puede albergar en otras cuestiones.

Y porque, desgraciadamente, nada indica que ésta vaya a ser la última ocasión en la que nuestros representantes habrán de fraguar un acuerdo al respecto, y a todos les tendremos que exigir entonces altura de miras. Creo que el espíritu de consenso que tanto echamos de menos tenía, al menos, bastante claro todo esto. Ahora que asistimos a una recuperación de la figura de Suárez, ¿se lo imagina alguien, durante la Transición, exigiendo a los otros que renunciaran a sus ‘matices’? Lo que hizo fue lo contrario: posibilitar un espacio en el que nadie tuviera que abandonar su credo, lo compartiera él o no. Es a ese espacio al que llamamos democracia. En él no caben los que asesinan, pero los demás sí. Por ello, si la próxima condena es unitaria – y sincera- en todos lados, y no sólo en algunos, será la democracia la que habrá dado un paso adelante, el mismo paso que habrán dado hacia atrás los sicarios del terror… otro más, en su sangriento camino hacia la nada.

Jorge Urdánoz Ganuza, Doctor en Filosofía, Visiting Scholar en la Universidad de Nueva York.