Pinceladas sobre caza y conservación

Hay quien estima que la caza sólo sirve para que se acribillen animales indiscriminadamente, y por el contrario hay quien la considera un medio de control y conservación de la naturaleza.

Muchas son las causas que afectan al entorno y ponen a los animales en peligro de extinción: deforestación, incendios forestales, desecación de marismas y humedales, venenos, cepos, pesticidas, fertilizantes, matanzas sistemáticas con ánimo de lucro, el furtivismo, la industria, la intensificación de la agricultura (disminuida en extensión, pero aumentada en producción), la infraestructura viaria, la contaminación, la ganadería, la tala de árboles, obras hidráulicas, parques eólicos, urbanizaciones en áreas montañosas…

Es el deterioro de áreas naturales por la mano del hombre, es la civilización, y no la caza controlada, lo que provoca la extinción de especies; por tanto, resulta injusto culpar al cazador por daños ecológicos provocados exclusivamente por la sociedad.

Juan Mario Vargas (Alerta cinegética) manifiesta que un hábitat de calidad debe garantizar alimento, protección frente a depredadores y emplazamientos para la cría. Mediante el amparo de estos aspectos, la intercesión de los cazadores ha salvado del exterminio a multitud de especies. De hecho, la inmensa mayoría de las especies de caza atraviesa un excelente estado de conservación: se lleva cazando ciervos desde el Paleolítico y, sin embargo, hay más venados que nunca. Así pues, debe conceptuarse la actividad cinegética como una herramienta de gestión racional y sostenible de la vida silvestre, pues con ella se evitan daños a la vegetación, bajas tasas de natalidad, epizootias que diezman las poblaciones y pueden afectar al ser humano, hambrunas etc. «La caza es el mejor y el más noble de los medios de aprovechar unos excedentes biológicos que, de no ser utilizados por el hombre, se perderían en puro desperdicio y que, siendo el cazador quien emplea conscientemente su esfuerzo, su tiempo y su dinero en producir estos excedentes, a él, con más derecho que a nadie, le corresponde disfrutarlos (…). Hora es ya de reconocer que el buen cazador es un conservacionista activo y que cuando mata, además de contribuir a restablecer equilibrios biológicos rotos hoy por la falta de predadores, lo hace de una forma mucho menos dolorosa y bastante más humanitaria que la propia Naturaleza cuando aplica sus frías leyes» (Maximiliano Elegido, Los libros de la caza española).

La gestión venatoria en España se rige por la Ley 1/1970 de 4 de abril, que «regula la protección, conservación y fomento de la riqueza cinegética nacional y su ordenado aprovechamiento en armonía con los distintos intereses afectados». La Ley establece zonas de seguridad, terrenos cinegéticos de aprovechamiento común, parques nacionales, refugios, reservas nacionales, zonas de seguridad, cotos, cercados, otros terrenos adscritos al Régimen de Caza Controlada y, además, se establecen prohibiciones encaminadas a proteger y conservar la fauna.

Asimismo, la Ley 4/89 de Conservación de Espacios Naturales y de la Flora y Fauna Silvestres armoniza caza y protección de especies al determinar que «el ejercicio de la caza y de la pesca continental se regulará de modo que queden garantizados la conservación y el fomento de las especies autorizadas para este ejercicio» (Art. 33.1).

Además, desde hace unos años se está implantando en España el Certificado de Calidad Cinegética con el fin de preservar los hábitats naturales, conservar las características de las especies objeto de caza, permitir la coexistencia de otras especies del ecosistema y, también, satisfacer al usuario.

Sin embargo, lo cierto es que «el sector cinegético no es capaz de trasmitir los valores de su actividad a la sociedad (…). La caza, como actividad sostenible y respetuosa con los principios básicos de protección medioambiental, no sólo no es en sí un problema ecológico, sino que puede y debe funcionar como una medida rentable de gestión del medio que permita que las generaciones futuras disfruten de un entorno natural lo menos transformado posible» (Jorge Cassinello Roldán, La caza como recurso renovable y la conservación de la naturaleza).

Por si lo dicho fuera poco, dado que la población campesina está disminuyendo y que el territorio rural español abarca el 91% de la superficie, un excelente modo de promocionar el desarrollo rural reside en la caza. Jorge Cassinello Roldán, (op. cit.) sostiene que «la actividad cinegética produce más que el olivar, que el vacuno en extensivo, que la producción de leche, que la actividad forestal o que el turismo rural».

Los beneficios directos e indirectos de las actividades cinegéticas del país superan los 3.500 millones de euros anuales, y se estima que estas actividades generan más de 150.000 empleos. Siendo como es España la mayor potencia cinegética europea, parece sensato seguir aprovechando este recurso de manera racional y sostenible.

Ramón Capín Rama, profesor.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *