Piñera ganó en un Chile envuelto por paradojas

El presidente electo Sebastián Piñera se reunió con la actual presidenta de Chile, Michelle Bachelet, el 18 de diciembre. Credit Claudio Reyes/Agence France-Presse/Getty Images

La televisión y la prensa habían hablado de “la elección más incierta desde el retorno de la democracia”. Antes de la segunda vuelta, la corredora de bolsa Larraín Vial informó que cualquiera de los dos candidatos que ganara la presidencia en Chile lo haría “por un pelo de diferencia”. Tanto la candidatura oficialista como la de derecha procuraron tener apoderados en el máximo de mesas para defender cada voto. Días antes del domingo 17, el gobierno estableció conversaciones con ambos comandos para fijar un protocolo de comportamiento en caso de existir resultados muy cerrados y discutibles.

Pero durante este proceso eleccionario en Chile sucedió lo contrario a lo esperado. Si en la primera vuelta Sebastián Piñera sacó diez puntos menos de lo que indicaban las encuestas y el Frente Amplio —coalición de izquierda nacida al alero del movimiento estudiantil de 2011— duplicó la votación presupuestada, en el balotaje ocurrió justo lo contrario: Piñera obtuvo un 54,57 por ciento de las preferencias, casi 650.000 votos más que Alejandro Guillier, cuando se daba por hecho que esta carrera concluiría con fallo fotográfico.

A las 18:57 del domingo, sin embargo, menos de una hora después de comenzar el conteo y con un 82 por ciento de los votos escrutados, ya estaba claro que Piñera sería presidente de Chile por segunda vez. Apenas pasadas las 19:30 Guillier reconoció la derrota. Felicitó a Piñera “por su impecable y macizo triunfo”. Minutos más tarde aparecieron en la pantalla de la televisión divida en dos, Michelle Bachelet y Sebastián Piñera hablando por teléfono. Ella le deseó sus parabienes y él le pidió contar con sus consejos cuando la sucediera. La jornada electoral terminó así con una velocidad, civismo y calma impropias de una nación latinoamericana. Aunque algunos hubieran preferido que no fuera de este modo, Chile ratificaba su condición de país aburridísimo.

De formas aburridas, pero en el fondo inquietante. En apenas un mes, los habitantes de este finis terrae se encargaron de contradecir dos veces los pronósticos y apreciaciones que sobre ellos esgrimían sus dirigentes, intelectuales y medios de comunicación. Cuando, ad portas de la primera vuelta, todo indicaba que la derecha se consolidaría de manera incontestable, la ciudadanía le dio un apoyo inesperado a la periodista Beatriz Sánchez, la candidata del Frente Amplio, el rostro más novedoso de la elección, promotora de transformaciones profundas al modelo neoliberal y al mismo tiempo defensora de la ingenuidad en el quehacer político.

Esa votación dejó fuera del parlamento a prácticamente todos los candidatos de la vieja guardia. De estos rostros que veníamos viendo desde comienzos de la transición sobrevivieron apenas dos —Isabel Allende y José Miguel Insulza— y el resto fueron desplazados por jóvenes a los que esa generación apenas conoce de nombre.

Pero justo cuando el Frente Amplio, que aunque salió tercero de la primera vuelta pareció ser el verdadero ganador, comenzaba a jactarse de entender esta sociedad hastiada de concertacionistas, laguistas y centristas —algunos de los grandes perdedores el 19 de noviembre— y el entorno de Piñera veía temblar sus certezas de triunfo obteniendo un resultado menor de lo esperado, llegó la segunda vuelta, y Sebastián Piñera, candidato de la derecha, ganó con la más alta votación alcanzada por un candidato presidencial desde el triunfo de Eduardo Frei Ruiz-Tagle en diciembre de 1993.

Los analistas de la plaza venían repitiendo hasta el cansancio que si aumentaban los votantes en la segunda vuelta (algo que pocos consideraban posible), mejoraban ostensiblemente las posibilidades de éxito para Guillier. Pues bien, votaron 300.000 más y sucedió lo opuesto.

Todo indica que la comunicación entre las elites políticas y culturales, y aquellos a quienes pretenden representar, se halla muy estropeada. Es de suponer que la decadencia de los partidos políticos, de los sindicatos y las parroquias tengan algo que ver en esta dispersión social. Hoy las mayorías se relacionan con el resto desde la soledad de sus pantallas y redes sociales sin la necesidad de mediadores que aglutinen, traduzcan y faciliten la interlocución.

El resultado es un desorden ideológico inaudito.

Calculadora en mano, por ejemplo, es muy difícil no concluir que una parte pequeña pero significativa de los votantes de la izquierdista Beatriz Sánchez optaron en la segunda vuelta por el derechista Sebastián Piñera.

Quizás sea que ellos no piensan como los políticos. Quizás sea que los políticos contratan investigadores para saber cómo piensan ellos. Quizás ellos cambian mientras los políticos se estancan.

En la recta final de esta campaña electoral, el candidato conservador optó por la estrategia del miedo. Repitieron hasta la saciedad que el triunfo de Alejandro Guillier llevaría a Chile por el camino de Venezuela. Guillier era Chilezuela. Crearon incluso un hashtag con esta palabra que dio lugar a memes y campañas de todo tipo. Algo tan absurdo como vincular al presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, con la órbita castrochavista. El mundo de Guillier, por su parte, intentó reunirse en torno al lema “Todos contra Piñera”, como si Piñera fuera un monstruo reaccionario, enemigo de toda solidaridad y libertad individual al mismo tiempo. Si nos atenemos a los resultados, habría que concluir que fue más efectivo el terror a Maduro, pero no creo que anduvieran por ahí las grandes preocupaciones nacionales.

Los chilenos parecen querer mayores grados de seguridad social, sin por ello cuestionar las virtudes del libre mercado. Piñera, sin ir más lejos, terminó comprometiéndose a no retroceder en ninguna de las reformas iniciadas por Michelle Bachelet. Respecto de la reforma educacional, prometió incluso avanzar en la gratuidad hasta un 90 por ciento para los alumnos de carreras técnicas. Como dijo Alejandro Guillier en el discurso que dio al asumir su derrota: “Debo admitir que mi rival supo recoger muchas de nuestras banderas. Chile cambió y ese cambio es irreversible”.

Terminado este ciclo político de casi 30 años desde el fin de la dictadura pinochetista, está por verse qué derecha y qué izquierda vienen a suplantar las que hemos conocido hasta aquí. La sociedad chilena es evidentemente distinta de la que conocieron Salvador Allende y Augusto Pinochet. También a la que gestaron Aylwin, Frei, Lagos y Bachelet. Tres décadas de Concertación, con sus luces y sombras, la han dejado donde se encuentra hoy. Esa Concertación ya está muerta. Su cadáver se llama Nueva Mayoría. ¿Será Piñera capaz de conectar y representar a esta población desbandada y agnóstica, o sucumbirá a los intereses de sus magnates y el autoritarismo de sus sacerdotes? ¿Qué izquierda nacerá de las cenizas del socialismo? ¿Una que intenta hacer fuego con la leña quemada o que recurre a las energías alternativas?

Durante el gobierno de Sebastián Piñera es muy probable que se viva un rebaraje del mapa político chileno. Nuevas generaciones, nuevas tecnologías, nuevas formas de relación laboral, nuevas condiciones materiales y nuevos medios de comunicación están confundiendo a las antiguas ideologías.

De momento, Chile puede estar tranquilo: sus incertidumbres no ponen en cuestión el sistema democrático. La del domingo recién pasado fue una jornada ejemplar.

Patricio Fernández es fundador y director de la revista chilena The Clinic.

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