Pío, pío, estoy que trino

Los más ancianso del lugar recordarán a Sara Montiel que, esperando al hombre que más quería, pasó del cigarrillo al puro habano. La gran Sara fue la protagonista de La Violetera e inmortalizó la canción del mismo nombre que comenzaba así: Como aves precursoras de primavera, en Madrid aparecen las violeteras que pregonando… parecen golondrinas que van piando, que van piando.

Ahora no sólo pían las violeteras. Ahora pían nuestros hijos, nuestros nietos; incluso los adultos se han incorporado con pasión al pío-pío universal; de modo que nos pasamos el día entero saltando de rama en rama, piando, aunque digamos tuiteando, porque el inglés se impone por todos lados. Pero conste que, primero, estuvo Sara: La Violetera.

Muchas mamás, aunque no hayan sido violeteras, han acunado a sus hijos con aquella canción, probablemente anónima, de los pollitos y el pío pío: Los pollitos dicen pío, pío, pío cuando tienen hambre, cuando tienen frío. Y muchos cursillistas de cristiandad -poco se habla ahora de ellos- cantaron años atrás, con fervorosa ilusión, De colores, una canción que decía que los campos se vestían de flores en la primavera, que el gallo cantaba con el kiri kiri, la gallina con el kara kara, y los polluelos con el pio pio pio pio pi.

Bien es verdad que, muchas veces, lo mejor es no decir ni pío. Hay una fábula sobre el riesgo de piar, infundadamente atribuida a Esopo, que se cuenta con pequeñas variantes. Una de ellas refiere que un pollito, huyendo de la zorra, se refugió en un establo, debajo de una vaca, a la que pidió socorro. La vaca soltó su boñiga y ocultó al pollito; pero este no soportó la infamia, y asomó la cabeza piando su indignación; y, claro, la zorra se lo merendó. Por eso, a veces, para evitar complicaciones, aconsejamos o decimos como una amenaza: Tú no digas ni pío. Algunos se toman tan en serio este consejo, que se mueren, efectivamente, sin decir ni pío.

Cuando los pájaros cantan, producen trinos, que es algo más complejo y, de ordinario, fascinante. San Virila, cuenta la leyenda, se perdió en la sierra de Errando escuchando el canto de un pajarito, y regresó al convento de Leyre 300 años más tarde: así pudo tener un atisbo de la eternidad, que no acababa de comprender. Menos suerte tuvo Chogüí, el indiecito guaraní que hablaba con los pájaros y, sobresaltado por los gritos de su madre, se cayó del árbol al que se había encaramado para salvar a uno de aquellos del mortífero ataque de unas hormigas, y se mató. Chogüí se convirtió en pájaro, dice la leyenda, y se le recuerda cuando suena el trino del chogüí, que recibió su nombre. Vivaldi, que quizás fuera un bird-listener (escuchador de pájaros) además de un músico admirable, escribió Il cardelino (El jilguero) inspirado en los trinos de este hermoso pajarito.

Lo curioso es que del trino de los pájaros, esa musical algarabía que se escucha al amanecer y al terminar el día, cuando se despiertan y cuando se van a recoger en sus nidos, hemos pasado paradójicamente al estoy que trino. Ha ocurrido algo parecido con lo de fumar en pipa, ahora casi un delito: antes era una actividad relajante y morosa, y ahora si digo estoy que fumo en pipa, en realidad quiero decir que tengo un mosqueo más que considerable, como si fuera a romper la boquilla de la pipa de una dentellada.

Esto es lo que ha pasado con los indignados de la Puerta del Sol y de otros lugares del territorio nacional, que comenzaron a tuitear su indignación, a través de las redes sociales, se llamaron unos a otros, como se llaman los pájaros cuando están de recogida, anidaron en el espacio público, intentaron mostrar pacíficamente que estaban que trinaban, y lograron que bastantes comerciantes y pequeños empresarios -sobre todo los de la sufrida Puerta del Sol de Madrid- estén que trinan, aunque compartan algunos de los eslóganes de la variopinta congregación de los indignados.

En los últimos días he sido abordado por varios integrantes de una mendicidad nueva, forzosa y sumamente dolorosa, acrecentada por una crisis que se ignoró, se negó, y se afronta ahora con soluciones o paliativos, que se han aplicado con negligencia e imprudente retraso. Y cada día hay más gente piando, porque «tienen hambre» y porque «tienen frío», como los pollitos del cantar de cuna. El tuiteo silencioso de los que carecen de tiempo y de voz para proclamar su indignación empieza a ser un generalizado trino de humilde protesta. Sí, están que trinan, aunque su dignidad les impida escenificar la indignación con aviso previo a las cámaras de la televisión. Como las violeteras, parecen golondrinas que van piando, que van piando…

Esteban López-Escobar, catedrático de Opinión Pública.

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