Pioneros

Por Luisa Castro, escritora (EL PAÍS, 05/03/07):

El comentario llegó por mi hombro izquierdo. Procedía de una alumna, en medio de una clase sobre la novela Pioneros, de la escritora americana Willa Cather. En esta novela se cuenta la historia de una mujer, Alexandra, que levanta con toda su fuerza a una familia de hermanos más pequeños, en el Medio Oeste norteamericano de finales del siglo XIX; una de aquellas pioneras, hija de noruegos, que llegan en esa época a las áridas y salvajes tierras de Norteamérica y consiguen hacer de ese erial un lugar de riqueza impresionante.

Cuando Alexandra ha cumplido este papel de máter familias, y por fin se le presenta la oportunidad de realizarse como mujer y de amar a un hombre, sus hermanos se oponen y ella renuncia al amor. Es la mujer entregada al bien común (al egoísmo común) y con su vida personal sacrificada. Su hermano pequeño sí amará, pero a una chica casada con una especie de energúmeno que en un momento dado coge su rifle y se carga a los dos adúlteros. Años después del crimen, cuando el hombre que ha matado a su hermano está ya en prisión, Alexandra va a visitarlo. Se produce entonces un diálogo extraño, asombroso, en el que Alexandra, que parece que va a cantarle las cuarenta, poco menos que le pide perdón al asesino de su hermano. Con frases muy explícitas dice sentirse culpable de su ruina, y se siente unida a él. Ella, la hermana de la víctima, necesita el perdón del asesino y trata de liberarse así del dolor y la rabia que la inundan.

Traté de darle sentido a esta escena, que a todos nos resultaba incongruente con los trazos del personaje y con el desarrollo de la historia. Traté de explicar por qué la escritora Willa Cather aparentemente impugna toda la coherencia de la historia en las últimas páginas, y por qué le da ese vuelco al personaje de Alexandra cuando el asesino lleva media vida en la cárcel y el cadáver de su hermano se ha fundido con la tierra. La literatura se ocupa de mostrarnos cómo en la vida esas incongruencias aparentes tienen en el fondo su razón de ser. A veces son difíciles de entender. Cómo explicar por ejemplo que el perdón es más necesario para la víctima que para el asesino, cómo entender que el inocente necesita más (de un modo increíble) la restitución del honor que el culpable. Alexandra necesita esa reconciliación, la necesita mucho más que el asesino de su hermano, al que la carga de su propia culpa le “llena” de razón. Alexandra se da cuenta de que la única persona que le une a su hermano, la única persona en el mundo que le puede restituir un poco a su hermano, acercárselo, es la misma persona que se lo arrebató. Entonces se aproxima al cristal que la separa del reo y se produce ese vuelco completo, esa inversión que libera al culpable de su culpa y al inocente de su inocencia: en un ejercicio imprevisible, cuando parece que va a decirle todo lo que piensa, cuando parece dispuesta a desalojar todo su odio, se desmorona y le pide perdón. No se lo reclama. Se lo pide ella. Ella, la agraviada, es la que pide perdón.

Se piensa, por ejemplo, que el perdón debe pedirlo el que hace el mal. Pero el que hace el mal nunca pide perdón, y lo pide menos cuanto más consciente es de lo que ha hecho. Lo normal es que el “malo” rechace su culpa. Cuanto más grave es el delito, cuantos más cargos se le imputan y más evidente es la culpa, menos dispuesto se mostrará el agresor a reconocer su crimen, y no digamos a pedir perdón.

Pocos encausados por delitos contra la humanidad y muy pocos por crímenes de sangre piden perdón. No lo pedimos nosotros en nuestras vidas cuando causamos dolor. Siempre es el que “se sabe” causante de dolor el que proyecta sobre el otro su culpabilidad. Es el que comete el crimen el que ve a su víctima como su deudor, en una inversión automática, incongruente como tantas cosas pero cotidiana. Cuando el mal está hecho y vienen las leyes, la cárcel, casi nunca llega la necesidad de pedir perdón. Es obvio, el perdón lo necesita mucho más la víctima; el agresor ya tiene su condena de la sociedad, de algún modo esto le redime. Es el agraviado el que necesita el perdón.

Sí, puede que en muchos casos sólo el agraviado esté capacitado para pedir y dar el perdón. No se puede exigir el perdón, por la sencilla razón de que el perdón sólo puede nacer de quien puede darlo, o dárselo. Nefasta educación vindicativa que hoy se les inculca a los niños tanto en el colegio como en el hogar (¡pídele perdón a tu hermano, pídele perdón!), y luego uno se queda tan ancho, como si por pedir perdón eso ya nos eximiera de toda futura responsabilidad. Se rebaja el perdón a un asunto de palabras, cuando en realidad es un acto. El perdón sólo puede pedirlo el que puede darlo, y lo recibe el que lo pide aunque nadie se lo dé, y aunque nadie se lo pida lo recibe el que lo da.

Cuando Juan Pablo II pidió reunirse con la persona que quiso matarle, no fue éste un gesto vacuo, de una persona simplemente bondadosa, o de alguien que debe dar ejemplo. Más bien es un acto que resume el sentido y la necesidad del perdón. ¿Qué se dijeron Juan Pablo II y Alí Agca en ese encuentro? ¿Qué palabras pronunciaron? Sé que en la sociedad que vivimos este tipo de reflexiones están de más. Una sociedad que olvida las incongruencias básicas del alma humana, que no las acepta, que las rechaza y trata de neutralizarlas con una parrilla de leyes punitivas que sólo sirven para castigar cuando el mal ya está hecho, pero pocas veces para prevenir el mal y muy pocas para curar sus efectos, una sociedad que exige el perdón pero que no sabe darlo ni lo comprende, no está preparada para entender que ese residuo de dolor que deja la muerte sólo se evapora con la energía del perdón, una energía que siempre emana del que más capacitado está para ello, del que cansado de combatir el mal entiende que el mal no se puede combatir, que sólo se puede “compartir”, trascender.

Nuestro mundo es más bien pendenciero, vindicativo, y la justicia de los hombres y sus altos tribunales ha ido sustituyendo por completo esa otra potencia humana de resolver los conflictos y liberarnos del dolor. Habría que pensar más en esto, en cómo se disuelve el dolor que causa la muerte, y que no curan ni ochenta años de cárcel, ni la venganza, ni la cadena perpetua. ¿Se acaba el miedo, y por tanto el odio, con la eliminación del culpable? Es posible que sólo sobrellevando su carga, compartiéndola (incongruente, sí) podamos llegar a deshacernos del odio que nos causa. Pareciera que el triunfo del mal consiste en multiplicarse en el contagio que hace iguales a verdugos e inocentes, ambos deshumanizados y desalmados en esa comunión nefasta que produce el mal.

Ese momento en el que Alexandra se acerca al asesino de su hermano para reconciliarse con él, impugnándose a sí misma y a su propio hermano, dándole la vuelta a todo con tal de conseguir lo que más se necesita, una esperanza en el erial en que se ha convertido su vida, me pareció que, lejos de resultar incongruente con el personaje, era el punto culminante de la novela: al fin y al cabo ella es una pionera, y encontrará la manera de volver fértil una tierra seca, no parará hasta extraer vida de donde pudiera parecer que sólo hay muerte. Ése es su gran triunfo sobre el mal de los malos y sobre el bien de los buenos. Gracias a esta liberación (de su propia familia y de su agresor) Alexandra recupera el amor al que había renunciado.

El comentario de la alumna del curso sobre Cather versaba sobre De Juana Chaos. ¿Dónde se ha visto que el agraviado tenga que pedir perdón? A esto no supe qué responder.