Pirañas sociales

Cuentan de un misionero español que, abriéndose camino en la Amazonia peruana, tuvo que cruzar una zona de aguas tranquilas, oscuras, aparentemente apacibles. Los guías indígenas le avisaron de que bajo la superficie cristalina acechaban miles de diminutos dientecitos afilados. De forma tan ingeniosa como poco compasiva, decidieron cortarle los tendones de las patas traseras a una de las mulas que cargaban los pertrechos, y meterla en el río unos metros corriente abajo. La mula se debatió en el río en un mar de espuma rosada hasta desaparecer por completo, mientras el misionero y el resto de la expedición cruzaban. Unos minutos después, el esqueleto limpio, descarnado, de un blanco amarillento, emergió a la superficie.

Pienso en esa vieja historia que mi tío, también misionero, me contaba en la niñez mientras reflexiono sobre las redes sociales y en lo que se han convertido en el breve espacio de tiempo que llevan siendo el principal medio de comunicación en la sociedad occidental. Twitter y Facebook, la nueva plaza del pueblo, son el lugar donde los españoles pasan más tiempo. Más de cinco horas al día, en el caso de los jóvenes. Más de dos, los mayores de 35 años. El 74% de ellos con más de un perfil, uno de ellos al menos para «diversión».

Lo que no nos cuentan las estadísticas es cómo han cambiado esas redes sociales nuestro comportamiento. Cómo nos han vuelto más fríos, más crueles. Quizás, no lo sé, exacerbando rasgos que ya estaban presentes en cada uno de nosotros, amparados por el anonimato y la falsa sensación de impunidad, de juego sin consecuencias. Cómo escribimos, en busca del reconocimiento, del retuit, del «me gusta», opiniones que no nos atreveríamos a sostener si las estuviésemos diciendo en voz alta, con los ojos de una persona real estuviesen mirando a los nuestros, en lugar de a la brillante luz de una pantalla. Me pregunto, sin encontrar respuesta, si tan solo aparece el rostro auténtico cuando se cubre con una máscara.

Pienso en Justine Sacco, la joven norteamericana que, poco antes de subirse a un avión con destino a Sudáfrica a ver a su familia, escribió en Twitter: «Yendo a África. Espero no coger el SIDA. Es broma. ¡Soy blanca!». La broma era estúpida, carente de gracia y reprobable. Fue escrita deprisa y corriendo, con lo que resultó poco precisa (ella quería decir que vivía en una burbuja, por su condición racial). Cuando alguien dice una memez de este calibre, normalmente sus followers se la afean, el memo borra el tuit y pide perdón, y asunto solucionado. El problema para Justine fue que permaneció diez horas encerrada en un avión sin acceso a internet. Y que por uno de esos azares del destino, el tuit llegó a un periodista conocido que lo retuiteó, con una frase indignada. Ahí cogió tracción, hasta convertirse en el número uno de los trendingtopics mundiales. La joven perdió su trabajo porque decenas de miles de personas exigían su cabeza, incluso aunque su tuit y su trabajo no tuviesen nada que ver. Pero su opinión la había señalado de algún modo, la había convertido en el blanco perfecto, en la manera en que la multitud podía fingir expiar los pecados propios en cabeza ajena, como excusa para la práctica del alegre y divertido deporte del linchamiento en masa.

Justine era la mula, y su esqueleto, devorado mordisco a mordisco, servía de sacrificio a los dioses del pajarito azul y la efe blanca, ofrecido en bandeja de plata por las pirañas disfrazadas de caballeros de la Orden de lo Políticamente Correcto.

Pienso en las víctimas del vuelo de Germanwings, a las que una turba de imbéciles no guardó el más mínimo respeto, ultrajándolas cuando aún no se habían enfriado sus cadáveres: «El avión se cayó porque salió de Cataluña, muerte al catalán». «Ojalá un avión en el que estén todos los catalanes y se estrelle contra una roca y se mueran lenta y dolorosamente». «Vale, lo voy a decir yo, pero media España lo está pensando que ojalá los 45 apellidos españoles sean de catalanes, vascos y panchitos». Estos no habían cometido el error de escribir una opinión, solo habían tenido el atrevimiento de morirse. El terrible suceso también sirvió para que las pirañas, esta vez revestidas de graciosos tuiteros ansiosos de seguidores, hiciesen de la desgracia alimento. Te vendo el alma por un follower más, la dignidad por una estrella de favorito.

Pienso en el accidente del Alvia de Santiago, donde ocurrió lo mismo, salvo que sin el componente nacionalista. Pienso en el asesinato del profesor en Barcelona, donde se repitió la xenofobia. Pienso en Paula Vázquez, que tuvo que cambiar de teléfono tras sufrir el acoso machista de centenares de personas tras ponerlo accidentalmente en Twitter. Pienso en la presentadora de TVE Lara Siscar, a la que dos malnacidos, detenidos ambos esta semana, atormentaron creando decenas de perfiles con «mensajes amenazadores, vejatorios y denigrantes», según comentaron los agentes.

Pienso en Yago Lamela, en Robin Williams, en Alex Angulo, en Darío Barrio, en Luis Aragonés, en Adolfo Suárez, en la Duquesa de Alba, por citar solo unos pocos de los que nos dejaron el año pasado y cuyo fallecimiento se convirtió inmediatamente en motivo de escarnio para mentes débiles y almas grises, para personas pequeñas que nunca harán nada más valioso ni más productivo, ninguna aportación mejor que esa gracieta efímera que no tendrían arrestos de repetir si no se ocultasen detrás de un seudónimo cobarde.

Sólo un tuit. Sólo un bocadito, uno pequeño. Una pequeña broma a costa de un famoso. Un pequeño insulto. Una pequeña injuria. Un pequeño acoso. Total, si a él le da igual. Total, si está forrado. Total, si nada de esto es real. Solo un bocadito más, y ya me bajo, que esta es mi parada.

Juan Gómez-Jurado, escritor y periodista.

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