Platero cumple cien años

A los cien años de su publicación, todos valoran «Platero y yo» por su lirismo sentimental; muy pocos lo ponen en relación con el deseo de educar a los españoles en una nueva sensibilidad; casi nadie recuerda que uno de sus capítulos escandalizó a Giner de los Ríos.

El libro apareció en la víspera de la Navidad de 1914 (algunos concretan: el 14 de diciembre), en la colección La Lectura, una serie dirigida a un público infantil, que incluía obras clásicas como las «Florecillas» de San Francisco, «El conde Lucanor» y «La vida es sueño», adaptadas para los niños. Tenía ilustraciones de Fernando Marco (que Juan Ramón consideró «elementales») y una cubierta con flores; se vendía al precio de 2 pesetas.

El poeta debió de comenzar a escribirlo a partir de su vuelta a Moguer, en 1906. Además de sus impresiones personales, está demostrado que se inspiró también en la lectura de algunos periódicos; entre ellos, el ABC. Al comienzo, él no lo estimaba demasiado: «Una elegía en prosa: escenas entre el asnucho (sic) y yo. Ninguna de sus páginas me ha llevado más de diez minutos».

Platero cumple cien añosEn ese momento, Juan Ramón está iniciando su gran época, al superar el modernismo inicial; un período de investigación formal, que dará origen a obras tan notables como «Sonetos espirituales», «Estío» y «Diario de un poeta recién casado».

«Platero y yo» es un hito fundamental en el poema en prosa en España, el género historiado por Guillermo Díaz-Plaja. Parte de la prosa modernista pero emprende un camino de purificación que será decisivo en toda su obra. Participa también de la atmósfera impresionista. Al leerlo, sentimos cómo va cambiando Moguer, según las horas del día: igual que Claude Monet nos mostraba las distintas imágenes de la fachada de la catedral de Rouen, desde un ascua de oro hasta una sombría caverna.

El burro protagonista tiene un posible origen literario (Francis Jammes), además del autobiográfico: «Es una suma de recuerdos. Tuve de muchacho y de joven varios burros Plateros». A muchos lectores ha encantado este símbolo de suavidad y dulzura pero también ha suscitado reacciones feroces. En 1928, los vanguardistas Luis Buñuel y Salvador Dalí muestran su rechazo del sentimentalismo en una carta a Juan Ramón: «Especialmente: ¡¡MERDE!! para su “Platero y yo”, para su fácil y malintencionado “Platero y yo”, el burro menos burro, el burro más odioso con que nos hemos tropezado». Años después, el soneto que abre «El burro explosivo», del más escandaloso Rafael Alberti, alude malévolamente a una conocida máxima de Juan Ramón («No la toques ya más, que así es la rosa»): «Mas siendo de artificio también mea, / desprende en plastas moscas de veneno… / Y no lo toques más, que el burro explota».

No se entiende adecuadamente el libro sin situarlo en la órbita de la Institución Libre de Enseñanza y su empeño por mejorar España mediante la educación. Llevó allí a Juan Ramón el doctor Simarro, que lo trataba: «Yo no iba nunca a la Institución que no saliera lleno de cosas». Poco antes de morir, don Francisco Giner dedicó al libro grandes elogios: «Es perfecto. Con esta sencillez debía Ud. escribir siempre. Pero no se envanezca…». Juan Ramón lo agradeció, dedicándoselo: «Giner sacó a Platero por el ronzal hasta la puerta de la vida».

Más allá de la anécdota biográfica, posee esto un sentido histórico evidente. Como ha mostrado Víctor de la Concha, «Platero y yo» ejemplifica los ideales krausistas: «lograr la “aristocracia de intemperie”, cultivar la sensibilidad del pueblo».

El cambio de perspectiva es importante: no se trata ya de un ejemplo de lirismo sentimental (para algunos, cercano a la cursilería) sino de una manifestación más del gran proyecto que acometen los escritores de la promoción del 1914. Tiene mucho que ver con la conferencia de Ramiro de Maeztu, en el Ateneo, el 7 de diciembre de 1910, que inspira un episodio de «Troteras y danzaderas» (1913), de Ramón Pérez de Ayala; también, con la conferencia de Ortega, «Vieja y nueva política» (1914). Ese mismo año, funda Ortega la «Liga de Educación Política Española», de la que forman parte, desde el primer momento, Pérez de Ayala y Maeztu.

Si la generación del 98 creía que el problema de España es un problema de educación, los intelectuales de 1914 dan un paso más: es, también, un problema de sensibilidad colectiva. Lo resume Pérez de Ayala, en su citada novela de clave: «Tejero (Ortega) era quien había infundido emoción estética y comunicativa a aquella vieja lamentación española, que ahora hacía eco en el cráneo y en la voz de Mazorral (Maeztu)… Lo que hace falta es una educación estética que nadie se curó de darle hasta la fecha».

Al decir esto, no está limitándose Pérez de Ayala al buen o mal gusto de los españoles, sino a algo más profundo y radical: a su incapacidad para «ver» y sentir la realidad; necesitan sensibilidad y sensualismo para lograr la plenitud de su desarrollo como seres humanos. Ésa es la clave de «Las novelas de Urbano y Simona», de Pérez de Ayala, y de «El obispo leproso», de Gabriel Miró.

«Platero y yo» no es una simple efusión lírica sino una muestra más de este empeño de regeneración nacional. Para ello, Juan Ramón volvía sus ojos al pueblo andaluz: «Creo que Andalucía es lo único que puede salvar esta España conceptista de hoy. Andalucía es, creo yo, lo que más acerca España a lo universal». Siguió revisando el libro hasta los años cincuenta y, antes de morir, declaró: «Es lo más representativo de mi primera época».

Resta todavía una coda tragicómica, que debo a mi querido amigo Ricardo Gullón. Él fue el gran estudioso de «El último Juan Ramón» y publicó sus impagables «Conversaciones» con él. En 1960, dió a conocer un borrador de prólogo inédito del libro. En la puertorriqueña Universidad de Río Piedras, descubrió que el poeta había proyectado que tuviera 190 capitulillos (en vez de 138). Según me contó Ricardo, uno de ellos contaba la llegada de la primavera («tempus est jocundum», cantan los «Carmina Burana»), la eclosión de la naturaleza, y el despertar de los instintos de Platero, cuando ve a una atractiva burrita… Al leerlo, don Francisco Giner, profundamente escandalizado, le hizo suprimir este episodio. Entre nosotros, del puritanismo no se han librado ni la derecha ni la izquierda.

Andrés Amorós, escritor y catedrático de Literatura de la Universidad Complutense.

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