Plausibilidad de vida extraterrestre

La actividad espacial es hoy en día una herramienta esencial para el desarrollo de la humanidad y la gestión de nuestro planeta. Y quien domina el espacio domina el mundo, como antaño se decía de los mares. Sin embargo esta afirmación limita la idea del espacio a un entorno próximo a la Tierra, y perdemos de vista su enormidad y el escaso conocimiento que tenemos de lo que alberga. Una de esas cosas es la existencia de vida extraterrestre, que de confirmarse daría un vuelco a nuestras ideas y valores, incluyendo los éticos y filosóficos.

Produce gran satisfacción ver cómo la prensa generalista, en particular ABC, se hace eco de la próxima misión Cheops para identificar posibles sistemas solares con planetas capaces de albergar vida, y donde, por cierto, la participación española es muy notable, como lo ha sido desde 1960, cuando España fue un país fundador de lo que con el tiempo sería la presente Agencia Europea del Espacio, y con un peso en la investigación científica espacial muy superior al peso de España en la UE.

Plausibilidad de vida extraterrestrePero ¿qué es vida? La definición más simple avanzada por Juan Pérez Mercader, primer director del CAB1 (Centro de Astrobiología de España, único existente fuera de EE.UU.), es la de una entidad que se autorreconoce, se reproduce y muere. Esta definición tiene el inconveniente de dar cabida a máquinas autorreplicantes, y estas no son el objeto de estas líneas. Quizá la definición de Álvaro Giménez, que fue director de Ciencia de la Agencia Europea del Espacio, que añade el aspecto de conciencia orgánica, sea más exacta, y por supuesto el concepto cubre un amplísimo espectro, desde los vegetales más simples a la vida inteligente, si es que la hay, porque, como dice el saber popular, por no haberla no la hay ni en la Tierra.

Y el espacio, ¿cómo es de grande? Aquí es más fácil definirlo, a tenor de lo que sabemos, y sin perjuicio de lo que descubramos con el tiempo, como un volumen que surgió de una singularidad hace unos 13.700 millones de años, y que se expande a gran velocidad. Contiene no menos de cien mil millones de objetos que llamamos galaxias, cada una de las cuales contiene, de promedio, diez mil millones de estrellas; por ejemplo, nuestra Vía Láctea tiene unos ciento veinte mil millones, habiendo galaxias más pequeñas y también más grandes. Una sencilla multiplicación nos da el asombroso número de 1022 estrellas, esto es, cien mil billones, billones españoles, lo que deja, por ejemplo, al número de granos de arena del desierto del Sahara en un lugar muy modesto. Pues bien, si añadimos a esta enormidad el principio de isotropía, esto es que las leyes físicas son iguales en todas partes, parece muy improbable que seamos los únicos seres vivos de todo el Universo. ¿Qué diríamos de unos hipotéticos seres microscópicos habitantes de un grano del desierto que se creyeran únicos?

Desde 1992 a hoy vamos por diez mil planetas descubiertos en estrellas próximas, y cada vez es más evidente que los sistemas solares, incluso los de más de una estrella, pese a los evidentes problemas de estabilidad orbital, tienen planetas girando en sus órbitas. Los números dan que pensar: si sólo hubiera planetas capaces de soportar vida en una de cada millón de estrellas, solo en nuestra galaxia, la Vía Láctea, habría ciento veinte mil tierras, o su equivalente ¿y sólo una vida? Es perfectamente posible, pero altamente improbable, más que si nos tocara un premio gordo de lotería dos veces en un año.

Por otro lado sabemos que los elementos necesarios para la vida, tal y como nosotros los conocemos, el hidrógeno, el oxígeno y el carbono, son elementos muy abundantes en el Universo, y si tienen planetas donde reunirse es posible que surja la vida, que por otro lado en la Tierra ha demostrado su capacidad de adaptarse a cualquier medio, ya sea bajo los mares, en los volcanes, en medios de una salinidad extrema o prácticamente sin agua.

Ya se han hecho experimentos con los tardígrados, u osos de agua, pequeños invertebrados segmentados, con seis patas y un cierto desarrollo, con reconocida capacidad de supervivencia. En un experimento de la Agencia Espacial Europea en cooperación con Rusia en la sonda Foton M3, se descubrió en 2007 que no sólo podían sobrevivir largos períodos de tiempo en el vacío del espacio exterior, con variaciones térmicas de 300 grados según estuvieran al sol o a la sombra, sino que además mantenían su capacidad reproductiva. Parece que la vida no necesita de mucho para manifestarse y expandirse. En cualquier caso, en los últimos cuarenta años hemos empezado a sospechar que también en nuestro propio Sistema Solar podemos tener vida extraterrestre, que como decía una de las autoridades en exobiología, el profesor Oleg Gazenko, del Instituto de Ciencias del Espacio de Moscú, no serían más que vida como la de la Tierra, evolucionada en ambientes distintos como las aves del paraíso en los valles de Papua. Efectivamente, sabemos que los anillos de Saturno son inmensas rocas de hielo, que la luna galileana de Júpiter, Europa, contiene un vasto mar bajo su helada superficie, que Encelado, luna de Saturno, emite géiseres de agua, que corre el agua por las paredes de los cañones de Marte, e incluso la Luna puede tener grandes depósitos de agua en sus profundos cráteres de las zonas polares.

Todo esto, y mucho más que no cabe en el contenido de estas líneas, nos hace pensar en la forma que debemos afrontar el posible hallazgo de vida fuera de la Tierra y sus consecuencias. En estos momentos las actividades espaciales siguen estando reguladas por el Tratado del Espacio Exterior, más conocido como OST por sus siglas en inglés, aprobado por las Naciones Unidas en 1966 y ratificado en 1967 por una gran mayoría de países, entre ellos España. El tratado contiene algunos defectos debidos a la Guerra Fría de la época, esto es, está basado en equilibrar, no en promocionar, la actividad espacial, en intentar evitar su militarización, cuando prácticamente todos los presupuestos (y actores) eran militares.

Otro problema es el de asignar a las naciones el permiso de tener la capacidad de ir al espacio. ¿Nos imaginamos una situación en la que sólo los vehículos del Gobierno pudieran circular por las carreteras? Y no es menos problemático asignar a la Humanidad el patrimonio del espacio. Parece que estamos de vuelta en el siglo XVI, cuando los exploradores europeos tomaban posesión de las nuevas tierras en nombre de sus reyes. El espacio será de quien lo ocupe, y necesitamos legisladores con visión para abrir su exploración para beneficio de todos, pues quizás algún día tengamos que ser emigrantes de nuestro planeta natal y convivir con otras formas de vida. Una vez más, los expertos españoles en Derecho Espacial también ocupan puestos de honor, como es el caso del profesor Faramiñán de la Universidad de Jaén, o Elisa González Ferreiro, del Instituto Iberoamericano de Derecho Aeronáutico y Espacial.

La confirmación de la existencia de vida extraterrestre va a ser el final de una carrera de rebajas donde la Tierra, y con ella la Humanidad, dejen de ser el centro del Universo para ser una modesta mota de polvo y una manifestación de vida como tantas otras. Una cura de humildad que quizá nos ayude a superar nuestras limitaciones y trascender de nuestra pequeñez. Dios quiera que ello nos haga mejores y que nuestra huella ayude a los demás en su propio tránsito.

Álvaro Azcárraga, miembro de la Academia Internacional de Astronáutica.

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