Plebiscito para la impunidad (1)

Siempre que aparece el nacionalismo en su forma institucional sé que están tratando de engañarme. Lo aprendí en una escuela que duró muchos años y que se llamó franquismo; entonces éramos autodidactas y nos dieron unas lecciones tan intensas que nos convirtieron en licenciados. Lo que está sucediendo en Catalunya en los últimos años apenas tiene nada que ver con aquello, pero al menos algunos guardamos la lección aprendida: allí donde hay un patriota, un abertzale, la libertad vale menos que sus convicciones. Estos caballeros supuestamente pacifistas, con mucha cita histórica y embelecos sobre lo líquido y lo gaseoso, nada violentos –de momento–, están dispuestos a manipular a la opinión con bombarderos que intimidan, cañoneras que asaltan las barcas de Roses y milagros portentosos de hijos de futbolistas, asunto nada baladí teniendo en cuenta que Lourdes por primera vez está al borde de la quiebra. Los fanáticos de ahora no van a las basílicas sino a los campos de fútbol.

¿Cuántas dosis de realidad es capaz de soportar una sociedad sin que te linchen? Un veterano, con el que no comparto nada y con el que no he hablado nunca, como es Duran Lleida, dice que si contara la verdad ahora, “acabaría condenado a la hoguera pública”. Lo entiendo, aunque no debería, porque creo que los riesgos del oficio de ser líder están incluidos en el sueldo.

Si a estas alturas de la película yo dijera que al honorable Tarradellas no lo trajo ni la sociedad catalana ni el pueblo catalán defensor de sus tradiciones, sino la derecha española aliada con un buen puñado de inteligentes mediadores catalanes que entendieron que la victoria de la izquierda en Catalunya, en la primeras elecciones de 1977, no auguraba nada bueno para sus intereses, ¿me costaría un disgusto patriótico? Asustados ante lo que pudieran pretender aquellos feroces izquierdistas llamados Joan Reventós, Narcís Serra y el Guti, ¡el trío de la bencina, los pobres!, convocaron a toda prisa a Tarradellas en Madrid, doce días después de ver el descalabro en los comicios del 15 de junio. El president de la Generalitat en el exilio, al que nadie hacía ni puto caso hasta entonces, demostró la diferencia que había entre un profesional con talento y aquel personal bisoño. Las grandes manifestaciones del 76 y del 77, 11 de septiembre incluido, exigían “Llibertat, amnistia i estatut d’Autonomia”. Nada más, y no era poco entonces. Me permiten recordarlo aunque seguramente no figurará en los libros canónicos. Seamos humildes al menos por una vez y abandonemos ese concepto de falsa superioridad. España no es Canadá, ni Inglaterra, en similar medida que nosotros no somos ni Escocia y menos aún Quebec. Somos como todos, pero con mayores ambiciones. Nada más.

El próximo 25 no se dirime ni la independencia, ni el derecho a decidir, ni el comienzo de una nueva etapa dirigida por los mismos que han gobernado la vieja etapa durante décadas. El próximo 25 se trata de conceder a CiU el derecho a no explicar nada de cómo facilitaron la ruina del país y cómo participaron en las operaciones más corruptas de los últimos años. A mí no me roba España, sé muy bien qué españoles me roban, pero como vivo en Catalunya, entre los que me roban hay más catalanes que castellanos, santanderinos o bilbaínos.

Un ejemplo. Carmen Chacón, o Carme –me son indiferentes estas chorradas para patriotas descerebrados–, afirmó que la sede de Convergència estaba bajo control judicial tras el desfalco del Palau. En una entrevista que le hizo Josep Cuní, Francesc Homs –yo desconfío siempre de los tipos que llevan ropa impecable y luego se ponen calcetines negros con zapatos de color– respondió que no era cierto. Me gustan las entrevistas de Cuní, aunque las frecuento poco. Tiene esa capacidad para tranquilizar al entrevistado y luego lanzarle un directo a la mandíbula mental que le deja atónito. Pero no remata; no le costaría nada, otra pregunta y el personaje quedaría KO ante la pantalla, sin embargo no lo hace y le entiendo; ni es su estilo, ni creo que esta sociedad soportara esos ejercicios que, en Europa o Estados Unidos, son frecuentes. Pero vayamos a lo importante. ¿Está embargada o no la sede de Convèrgencia a causa de la estafa del Palau? Uno de los dos miente, y si hubiera periodismo auténtico en Catalunya alguien tendría que sacarnos de la duda, y cada cual asumiría su responsabilidad. En España entera, no hay excepciones, se puede mentir impunemente. Como si fuera un gaje del oficio.

Pocas decisiones políticas se pueden explicar con la facilidad que puede hacerse esta de la convocatoria de nuevas elecciones en Catalunya. Acosados por su propia corrupción, acojonados por el despilfarro en el que han quemado sus penúltimos recursos –quedan los últimos para gastos de representación y el cultivo de la parroquia–, intimidados ante la protesta por el carácter selectivo de los recortes en sanidad y educación, se agarraron a la manifestación del 11 de septiembre. La alimentaron con abundante ayuda económica, ¡qué sería la Assemblea Nacional Catalana sin un adecuado engrase financiero! No hay organización patriótica sin subvención, ese es un principio básico de todo gobierno nacionalista, sea CiU o del inefable tripartito, que cumplió a rajatabla la misión que se le había encomendado. Si a esto sumamos un bombardeo de los medios de comunicación sin precedentes, y a los voceros alimentando la ira, tendremos el panorama perfecto para la gran batalla de ñigui-ñogui.

Contemplar a Artur Mas envuelto en la estelada es una de esas frivolidades que tendrán su precio. Me atrevo a asegurar que cree menos en la independencia que yo, porque a diferencia de algunos de nosotros que sobreviviremos solos, por hábito y veteranía, él maneja un barco que por muchos boquetes que tenga es todo lo contrario de un partido independentista. Ni derecho a decidir, ni independencia. Se hará lo que ellos negocien a partir de la victoria del próximo 25. El volumen de esa victoria dictará la arrogancia de sus pretensiones, pero todo dentro de un orden, y con la impunidad de que nadie osará citar el inmediato pasado. El pueblo cándido y la inteligencia alquilada otorgarán el derecho a decidir a él, a sus socios y a sus intereses inmediatos.

Tiene gracia el dirigente de las CUP (Candidatura d’Unitat Popular), la más aparentemente radical de las opciones electorales. “La independencia no es conservadora”. Santa simplicidad. La independencia no la vas a ver, porque ellos saben, ximplet, lo que se juegan en este envite. Y tú, y tus voluntariosos seguidores, todo lo que tenéis en Catalunya son cuatro alcaldías de mierda –de pueblos muy bonitos, eso sí–, en una sociedad a la que le agrada vuestro papel de caganers. La alegría de un pessebre.

Metido el PSC en el Puente de los Olvidos, tratando de conservar al menos los empleados sin demasiado dispendio. Hasta el cuello de conchaveo y corrupción, porque la pomada se repartía y había que estar a la que salta, patrióticamente hablando, por supuesto. Despiertos demasiado tarde los chicos de la bicicleta, por buen nombre Iniciativa per Catalunya; que ya tiene mérito en una organización supuestamente radical e internacionalista. El territorio se repartirá entre la convicción convergente y su pareja de hecho, Unió Democràtica. ¿Y Esquerra Republicana? Esquerra nunca fue un partido sino un comedero desde los tiempos de Companys, el de la muerte heroica y la irresponsabilidad política. Es como una empresa de intermediación que cobra altas comisiones, pero que salva al propietario. Ocurrió con Barrera y Pujol, luego repitió experiencia con Maragall y Montilla, menos experimentados, y que pagaron un precio que les sacó de la bancada y les metió en una crisis de la que aún no han salido. ¡Manda huevos que el voto del rechazo al sistema en Catalunya sea el PP! Lo demás son cotufas en el golfo. ¿Y nuestra prestigiosa inteligencia?

Gregorio Morán

1 comentario


  1. “los fanáticos de ahora no van a las basílicas sino a los campos de futbol”. Lo suscribo totalmente.

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