Pluralismo moral y células troncales

Por Adela Cortina, catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia, miembro de la Comisión Nacional de Reproducción Humana Asistida y del Comité Asesor de Ética de la Investigación Científica y Tecnológica (EL PAÍS, 19/03/03):

El debate sobre las células troncales (stem cells) ha puesto de nuevo sobre el tapete de la discusión una realidad, innegable en nuestro país y en los de su mismo bagaje cultural: la realidad del pluralismo moral o ético. La transición a la democracia consagró oficialmente lo que ya venía ocurriendo en la vida cotidiana, y es que España no es una sociedad moralmente homogénea, ni tampoco tan heterogénea que los distintos grupos sociales no compartan un conjunto de valores éticos. Nuestra sociedad es moralmente plural.

Lo cual significa que no es relativista, que no todo vale, porque sí hay unos valores éticos compartidos. Ni es tampoco “subjetivista”, porque las cuestiones de justicia no dependen de las preferencias de cada sujeto. “Pluralismo moral” significa que hay discrepancias, pero que desde ellas existen unos valores compartidos en cuestiones de justicia: existe una intersubjetividad ética en valores básicos de justicia. El respeto a la dignidad humana, la defensa de la libertad, igualdad y solidaridad, la valoración del diálogo como medio de resolver los conflictos, el rechazo de la guerra, el fomento del respeto activo hacia posiciones morales razonables aunque no sean las propias, componen esa ética cívica compartida desde la que tenemos que abordar conjuntamente los problemas morales que nos afectan a todos, e ir construyendo nuestra vida común.

La discusión sobre las células troncales es sólo un ejemplo de la gran cantidad de cuestiones que tenemos que abordar juntos. El hambre, la miseria, el subdesarrollo, la guerra, la violencia.

La falta de asistencia sanitaria, la incultura son los grandes problemas éticos que requieren ya soluciones en las que debería estar empeñada la comunidad internacional y no lo está. En este desbordante marco de problemas tiene un lugar el debate de las células troncales, pero nunca conviene olvidar los otros, ni siquiera relegarlos.

Como es sabido, en la actualidad existe un amplio consenso científico sobre el gran potencial terapéutico de las células troncales humanas (adultas y embrionarias) y en considerar, por tanto, que las investigaciones con este tipo de células son prometedoras por su posible utilización terapéutica. Obviamente, desde un punto de vista ético, toda expectativa de curación de enfermedades graves en seres humanos es una razón poderosa para promocionar el tipo de investigaciones que vayan en este camino, porque fomentar el bien de las personas, evitando en lo posible el sufrimiento, es tarea de la ciencia.

El problema central se presenta en el caso de las células troncales embrionarias, porque se pueden obtener o bien a partir de embriones sobrantes de programas de fecundación in vitro o a partir de abortos, espontáneos o provocados, o a partir de embriones somáticos obtenidos por técnicas de clonación, o bien produciéndolos para investigación mediante técnicas de fecundación in vitro. En todos estos casos, la derivación de células troncales comporta la imposibilidad de que el embrión progrese en su desarrollo y, por tanto, su destrucción. En nuestro país, la discusión se centra en el momento actual en los dos primeros supuestos y, en el caso de los embriones sobrantes, en aquellos que no van a ser implantados por no haber sido requeridos, o porque los progenitores no han dado autorización. Su alternativa es en cualquier caso la descongelación y, por tanto, la destrucción.

La manzana de la discordia consiste, al parecer, en dilucidar cuál es el estatuto del embrión desde las perspectivas ética, biológica y ontológica, para decidir el tipo de respeto y protección que merece el embrión temprano. Y es la manzana de la discordia porque se trata de una cuestión que está en debate precisamente porque no hay acuerdo en torno a ella.

Algunos grupos de investigación entienden que el embrión humano merece especial respeto por ser vida humana, pero que en el caso de embriones tempranos, y más si la alternativa es la destrucción, deben tenerse en cuenta otros valores, como el posible alivio del sufrimiento humano mediante investigaciones dirigidas en ese sentido. Otros grupos consideran, por su parte, que el embrión debe protegerse como persona desde que el óvulo ha sido fecundado, porque desde ese momento debe tenerse como realidad personal, y prefieren la descongelación y la destrucción a que se utilice para investigar. Otros sectores, por último, entienden que el embrión es un conjunto de células que no tienen un rango diferente al de otras células humanas desde el punto de vista de su valor y, por lo tanto, que debe haber pocas limitaciones a su utilización, si hay alguna.

Ante las diversas posiciones, las sociedades éticamente pluralistas se encuentran en una situación distinta a la de las sociedades éticamente homogéneas. Tienen que tomar decisiones compartidas, ya que es un problema de la sociedad en su conjunto, pero no existe un “Parlamento ético”, legitimado para sancionar leyes éticas. Los Parlamentos son políticos y se ocupan de “leyes legales”, no de “leyes éticas”. Tampoco existe una “Iglesia ética”, es decir, una Iglesia que ejerza un magisterio para la sociedad en su conjunto. Evidentemente, existen diversas confesiones religiosas y diversos grupos políticos, que pueden y deben expresar sus convicciones en la vida pública y aportar argumentos que ayuden a tomar decisiones. Por supuesto. Pero en una sociedad plural no hay una sola instancia ética a la que atiendan todos los ciudadanos, aunque todas puedan hacerse presentes en el debate público. Y éstos son los mimbres con los que tenemos que tejer nuestra vida en común desde las diferencias.

El camino emprendido por el momento en las sociedades pluralistas ha consistido -junto al debate en el foro público- en nombrar comisiones de expertos que estudien los problemas y lleguen a recomendaciones. Éste es el caso de nuestro país, donde dos comisiones han asumido la tarea de evaluar éticamente el problema de la investigación con células troncales: la Comisión Nacional de Reproducción Humana Asistida, que emitió su informe en 2000, y el Comité Asesor de Ética de la Investigación Científica y Tecnológica, que hizo público el suyo el pasado 5 de marzo.

Sin duda, el primer problema consiste en designar a los miembros de los comités, que deben ser competentes, interdisciplinares y plurales. Y, una vez nombrado el comité, la tarea central de sus miembros consiste -a mi juicio- en deliberar en serio para llegar a las recomendaciones que sean lo más ajustadas posible a la ética cívica de esa sociedad. Para conseguirlo es preciso eludir presiones economicistas (los intereses puramente económicos), partidistas (los intereses electorales de los distintos partidos políticos), fundamentalistas (la radicalización de posiciones ideológicas), “personalistas” (el empecinamiento de algún miembro con un asfixiante afán de protagonismo), y también aprender que puede haber más de una posición moral respetable. Que gentes de bien pueden defender una posición distinta a la mía, que, sin embargo, representa un punto de vista moral respetable, aunque yo crea que no es correcto y, por lo tanto, no lo comparta.

Para llegar a este punto es preciso analizar los problemas desde la perspectiva científica, sacar a la luz los valores éticos compartidos, indagar hasta dónde llegan los acuerdos y dónde empiezan las discrepancias, descubrir las posiciones moralmente respetables y ofrecer recomendaciones desde la posición mayoritaria, pero dejando constancia de las discrepancias a través de votos particulares, expresivos de una sociedad plural.

En el caso de la investigación con células troncales se han ido descubriendo en el nivel transnacional un conjunto de valores compartidos que deben ser contemplados, como el respeto a la vida humana desde la etapa de embrión, el valor de intentar aliviar el sufrimiento humano por medio de investigaciones, el valor de la libertad de investigación, siempre que exista conciencia de que el poder técnico no se identifica con el poder ético; el valor de la libertad, en este caso, de las parejas afectadas, cuyo consentimiento es necesario. Priorizar la investigación con células troncales animales es la consecuencia, pero también permitir la investigación con humanas en el caso de embriones destinados a la destrucción, cuando el motor de las investigaciones es el alivio del sufrimiento humano.

Evidentemente, todo esto debe seguir siendo discutido, porque al debate abierto es al que nos obliga el ejercicio de eso que hemos llamado la “razón pública”, empeñada en construir una convivencia a la altura de la dignidad humana.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *