Pluridentidad

¿Es inevitable que las banderas se enfrenten entre sí? La respuesta podría ser afirmativa, pues se crearon para representar una identidad colectiva, que puede comportar un sentimiento excluyente, cuando no hostil, hacia otros. No obstante, en muchas ocasiones, conviven en paz varias banderas diferentes. Por ejemplo, en el Palau de la Generalitat ondean dos, y según el último barómetro de opinión política del Centre d’Estudis d’Opinió al menos un 60,8 % de los catalanes sienten ambas como suyas, a pesar de todo lo que ha pasado, aunque a una parte de ellos les gustaría hacer más pequeña una u otra. Casi todos se sienten, al mismo tiempo, europeos.

Muchos tienen además otras identidades que pueden convivir con éstas o ser incluso más importantes para ellos. Alguien puede sentirse ciudadano de Barcelona y asumir esa identidad como más importante que su nacionalidad. O puede ser europeo, español, catalán, musulmán y negro, y la forma en la que conviven esas identidades, la importancia que cada una tiene para él, su interrelación, no será seguramente igual a la de ningún otro ciudadano. Se impone lo que podríamos llamar pluridentidad. Pocos sienten ya una sola pertenencia, aunque en un momento determinado muchos se echen a la calle para defender aquella parte de su identidad que creen que está amenazada, sobre todo si algunos —interesadamente— les animan.

Las identidades reales son complejas e individuales, o de grupos muy pequeños, ya que la mezcla de orígenes e influencias presenta tal número de variaciones que en grupos grandes es imposible encontrar una identidad única, aunque pueda haber una predominante. Como en un cuadro impresionista, de lejos puede parecer una sola imagen, pero si te acercas, está formado por puntos muy distintos en forma y color. En nuestras sociedades todo es impuro, y por eso es bello. Las identidades nacionales, como las razas, están en extinción. Solo los populismos intentan construir, para sus fines políticos, una identidad colectiva, única, imaginaria, que nos salvará de los malos, del infierno, que son —siempre— los otros, utilizando un sentimiento de hostilidad, fácil de propagar porque nace del miedo, para sus fines políticos.

La globalización tiende a borrar diferencias, a imponer una cultura única y devorar las identidades más frágiles. Hay que esforzarse para protegerlas, para preservar la diversidad. No como refugio de hostilidad y negación, sino como aportación a lo común. Mucha gente teme diluirse en un espacio más poderoso, y trata de evitarlo rechazando lo ajeno, levantando barreras protectoras. Pero es un esfuerzo inútil, porque la contaminación ya se ha producido y jamás se volverá al estado originario, si alguna vez existió. Es necesario e insoslayable vivir en la identidad múltiple, conservar lo propio e integrar lo demás. Aportar, colaborar, transigir, convivir. Aunque es un fenómeno global, España es buen ejemplo. No será un país plurinacional, porque las naciones están dejando de existir, es ya un país pluridentitario, formado por otras entidades también pluridentitarias, formadas a su vez…Esa es nuestra realidad, y también nuestra riqueza.

A los únicos que interesa negar esta realidad es a los que intentan sustituir un poder – más o menos ajeno – por otro propio, para su beneficio. O imponer un poder centralizador, que ya no se corresponde con la realidad, y suscita rechazo. A la mayoría de los ciudadanos solo les interesa que el poder político resuelva sus problemas y respete su identidad, sea cual sea, del modo más pacífico posible. En la historia, siempre que una identidad ha intentado imponerse a otras con las que convive, ha habido un conflicto, o una guerra abierta si ambos contendientes tenían suficiente entidad. Cuando ha predominado la tolerancia, la cooperación, la mezcla, ha habido paz y progreso para todos.

Vivimos, y viviremos cada vez más, en un mundo híbrido, fluido, en constante transformación, en el que nada es blanco ni negro. Todo se mueve, a gran velocidad, en una amplia gama de grises. Las relaciones políticas y sociales se van pareciendo cada vez más a las redes neuronales: las sinapsis entre los diferentes centros de decisión se desarrollan de acuerdo con las necesidades. El tiempo de las referencias sólidas y permanentes ha pasado. Tenemos necesariamente que acostumbrarnos a movernos en esta nueva realidad, a aceptar un grado elevado de incertidumbre y ambigüedad. Desconfiemos, pues, de los que propugnan la uniformidad y ofrecen fórmulas mágicas, aparentemente seguras, de aquellos que dividen en los de aquí y los de allí, buenos y malos. Saben que mienten, son peligrosos, pueden llevarnos a la violencia y al sufrimiento. Y si no lo saben, cuidado, entonces son aún más peligrosos.

José Enrique de Ayala es general de Brigada retirado y analista de la Fundación Alternativas.

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