Pobres subvencionan a ricos

Por William Pfaff, analista político estadounidense. Traducción de Toni Tobella (EL PERIÓDICO, 03/09/06):

El presidente de la Reserva Federal de EEUU, Ben Bernanke, afirmó este fin de semana ante la asamblea anual de cargos del organismo, que la globalización une explosivas fuerzas destructoras a su dinámica de producción y comercio integrado a nivel internacional. He aquí una pincelada de realismo. Dijo, además, que no se puede garantizar que el consenso internacional actual sobre medidas de desregularización y de integración comercial pueda durar.
Hasta ahora, los grandes poderes económicos no han hecho más que hablar de boquilla sobre las víctimas de tanto recorte, de tanta externalización, de la destrucción de industrias locales, de oficios, de la agricultura de subsistencia y de escala familiar. Su desgracia suele ser despachada como un subproducto transicional del progreso, algo inherente a la globalización, y Bernanke advirtió que la situación puede empeorar.
Bernanke brindó poca ayuda objetiva para las víctimas del progreso. Afirmó que “el reto para los pensadores políticos es asegurar que los beneficios de la integración económica global queden suficiente y ampliamente compartidos para apoyar un consenso hacia un cambio que mejore la asistencia social”, pero su aportación fue pedir que se diera a los trabajadores desplazados una mejor formación “para aprovechar nuevas oportunidades”.

EN ESTA ASAMBLEA, también se expuso la preocupación por que países pobres de Asia, América Latina y Oriente Medio estén invirtiendo grandes volúmenes de capital en EEUU, para ventaja americana. Bernanke explicó que esto se debía, fundamentalmente, a una falta de otras oportunidades de inversión. Sin embargo, Kenneth Rogoff, académico de Harvard, advirtió que esta dependencia efectiva norteamericana de los países en vías de desarrollo es un punto de vulnerabilidad, ya que la tendencia es, evidentemente, reversible. Igual que la compra sistemática de deuda pública norteamericana por parte de China, que permite que la administración de Bush gaste y gaste sin tener que poner más y más impuestos a su clientela de industrias, industriales y demás partidarios privilegiados.
Al panorama en el que países pobres subvencionan a los ricos, hay que añadir la noticia de que los pobres en EEUU están igual. Las pagas y salarios del trabajador norteamericano son la porción más pequeña del producto interior bruto americano, desde que las cifras empezaron a registrarse hace 60 años. Al mismo tiempo, la porción de ganancias empresariales es la más alta en 40 años.
El aumento de la productividad de la industria norteamericana en los últimos años es el doble de lo que ha aumentado la compensación para el trabajador medio (un aumento en productividad del 16,6% entre el 2000 y el 2005, frente a un aumento en salarios del 7,2%).

MÁS HORAS trabajadas y más despidos de personal tienen mucho que ver con el aumento de productividad global. En un informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) se afirma que las horas realizadas por el trabajador norteamericano aumentaron en un 20% entre el 1970 y el 2002. Durante el mismo periodo, las horas trabajadas en la Gran Bretaña bajaron en un 7,2%, en Alemania en un 17,1% y en Japón en un 16,6%.
El poder adquisitivo del salario mínimo norteamericano es el más bajo en 50 años. Los costes sanitarios han subido. Y las empresas norteamericanas están empeñadas en prescindir de sus contribuciones a los seguros sanitarios y pensiones de empresa, algo que ya no pueden pagar por culpa de la competencia globalizada y de las exigencias de Wall Street para obtener mayores ingresos. El principal motivo del aumento relativo de las horas trabajadas y el relativo declive en los salarios en los EEUU es la pérdida del poder de negociación del trabajador por culpa de unos debilitados sindicatos y la amenaza de la deslocalización
Además, los norteamericanos ya no salen de vacaciones. El Conference Board, un grupo de negocios privado, informa que en un estudio de consumo realizado a principios del verano, solo el 40% de los encuestados aseguró haber hecho algún plan para irse de vacaciones en los próximos seis meses, el porcentaje más bajo en 28 años. Una encuesta Gallup hecha en mayo confirmaba ese extremo.
Los grupos empresariales dicen que es porque la gente está demasiado ocupada como para irse de vacaciones, o porque la multiplicación de medios de comunicación electrónica y la necesidad de mantener el contacto con clientes y competencia han hecho que el ritmo de trabajo sea ya tan agitado que la gente no pueda abandonar la oficina. Otros apuntan a que la gente tiene miedo de que si se va otros ocupen sus puestos y descubran que han perdido su trabajo.
Pero a otros, sencillamente, no se les concede ningún día libre. Una cuarta parte de la mano de obra norteamericana en el sector privado no tiene ningún tipo de vacaciones, según la Oficina de Estadística de Empleo (Bureau of Labor Statistics). Otro 33%, simplemente tiene una semana libre al año. Las antiguas vacaciones familiares de dos semanas, antes, más o menos, la costumbre americana, parecen haberse esfumado para siempre.

EL CONCEPTO de las seis semanas de descanso anuales (además de las festividades civiles y religiosas), como las que tienen los trabajadores franceses y alemanes, a los americanos les parece sacado de un cuento de hadas. No pueden entender cómo los europeos consiguen tener una economía que compita con la de EEUU cuando sus trabajadores disponen de todo ese tiempo libre. Y consiguen competir.
Este lunes, 4 de septiembre, EEUU y Canadá celebrarán el Día del Trabajo. Los sindicatos lo declararon en 1882 y el Congreso norteamericano lo convirtió en una fiesta nacional en 1894. La idea es honrar y recompensar al trabajador, por lo menos al que pueda tomarse el día libre…