Poca corrupción es ya mucha corrupción

La corrupción es el mal uso de recursos públicos en beneficio privado. Es un concepto opuesto a la transparencia. La corrupción no es tan antigua ni tan inherente a la condición humana como dicen los corruptos, los que cuentan con serlo algún día o los que intentan restar importancia al drama. No se puede hablar propiamente de corrupción si no hay dinero público. Un recaudador de impuestos en nombre de un señor feudal o de un faraón que se queda pasta está robando a su amo, pero no es corrupto en el sentido moderno del término.

El científico Joan Guinovart aludía hace unos días a las células cancerosas como individuos corruptos porque se aprovechan de los recursos del organismo en beneficio propio. En biología hay otros ejemplos notables. El gran entomólogo Edward O. Wilson, en su último y muy recomendable ensayo (El sentido de la existencia humana, Gedisa, 2016) ahonda en el altruismo que se puede observar en las sociedades de insectos: dentro de un grupo el individuo egoísta se impone fácilmente al individuo altruista, pero, atención, un grupo de individuos altruistas sobrevive mejor que un grupo de individuos egoístas. Da para reflexionar sobre las sociedades humanas.

Estos días de prácticamente campaña electoral suenan voces que claman que la corrupción es inherente a la condición humana, y que por eso afecta a todas las formaciones políticas; o sea, mejor descontarla ya en las próximas convocatorias. Si la corrupción nos iguala a todos, pasemos a considerar otros rasgos más diferenciadores a la hora de votar. La honradez es algo nebuloso y complejo de evaluar. Es el mensaje del Gobierno en funciones: votemos algo más objetivo para desbloquear la situación, votemos por ejemplo eficacia. Algo de esto está sucediendo ya. Las últimas elecciones han apostado por una presunta eficacia y no han castigado demasiado la corrupción. Eso no es nuevo. Durante la campaña por la alcaldía de Sao Paulo en 1957 se hizo muy famosa la frase que Paulo Duarte acuñara contra su adversario Ademar de Barros: «Ademar rouba, mas faz» (Ademar roba, pero hace). La versión original debió ser «Ademar hace, pero roba» y los partidarios de Barros le dieron la vuelta como a un calcetín. La frase hizo fortuna, se incrustó en la mente de los ciudadanos, Barros ganó las elecciones y décadas después la expresión aún se usa para aupar a políticos como Paulo Maluf. Hoy es una frase hecha de la práctica política, quizá no para escribirla en las vallas publicitarias pero sí para soplarla de oreja a oreja.

Volviendo a nuestro país, digamos que la buena noticia es que la atmósfera general contra la corrupción está cambiando. La policía investiga, los jueces juzgan, los ciudadanos se indignan. El caso Soria es un gol en propia puerta que solo puede entenderse por la rapidez de este cambio. Muchos políticos aún no se han hecho cargo de que ciertas opacidades ya se han hecho translúcidas y que se les ven todas las vergüenzas. La mala noticia es que seguimos votando corrupción porque seguimos pensando que se puede ser corrupto y eficaz al mismo tiempo. Nada más falso. Lo peor de la corrupción ni siquiera es la hemorragia de decenas de miles de millones de euros. Lo peor de toda sociedad corrupta es que el trabajo ya no lo hace nunca quien lo tiene que hacer. El criterio no es el talento, el esfuerzo o la idoneidad profesional. El trabajo se rige por el nepotismo, los favores, las comisiones y las tramas. La cantidad de corrupción que puede soportar un colectivo humano sin colapsarse en una mediocridad irreversible no es muy grande. Por eso poca corrupción es ya mucha corrupción y marca la diferencia entre un país que funciona y otro que no funciona. Corrupción y mediocridad son dos patologías inseparables.

No hay que votar corrupción, porque la corrupción no es inevitable. No se puede impedir su eclosión, pero sí su metástasis. Ningún rincón de la sociedad se libra de esta gravísima amenaza. La ciencia, con todo su método y su prestigio, es rica en malos ejemplos. Suele ser más para ganar un falso prestigio que para ganar una verdadera fortuna. Ha habido varios casos de oncólogos que diagnosticaban cáncer de mama a mujeres sanas a las que luego curaban con agresivos y costosos tratamientos. El campeón es sin duda el físico alemán Jan Hendrik Schön, que entre 1999 y el 2001 publicó un artículo a la semana (¡!) en revistas de máximo impacto, todos falsos. Casi gana el Nobel. Ha habido científicos que se han vendido con informes sobre la inocuidad del tabaco o del cambio climático… Pero la corrupción científica siempre acaba saliendo a flote. Lo que no se publica no es ciencia. El secreto es que no hay secretos de larga duración. La transparencia es un antídoto que la ciencia se regala a sí misma por definición. No hay ciencia opaca y sí muchos mirones. Es la buena pista.

Jorge Wagensberg, Facultad de Física de la Universitat de Barcelona.

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