Podemos cambia de piel buscando la hegemonía en las izquierdas

El giro que ha dado Podemos en las últimas semanas, al distanciarse del chavismo y adoptar como modelo económico de referencia el aplicado por la socialdemocracia de los países nórdicos, supone que el partido de Pablo Iglesias aspira a ampliar sus bases de apoyo porque cree tener opciones de alcanzar el poder.

Esta moderación en el mensaje, en efecto, le permite ensanchar su influencia a los votantes tradicionalmente fieles al Partido Socialista. Sin duda, es una maniobra inteligente, una vez que ya ha conseguido el objetivo de reducir a su mínima expresión a IU

Podemos cambia de piel buscando la hegemonía en las izquierdasLas elecciones en España, desde la muerte de Franco, siempre se han ganado desde el centro. Lo hizo Suárez, con la UCD; González con un PSOE que abandonó el marxismo y aceptó la entrada en la OTAN, y lo hizo Aznar limando las aristas más retrógradas del PP.

Durante los últimos 37 años, el PCE, como luego Izquierda Unida, tan sólo aspiraban a influir, a buscar alianzas con el PSOE para que su política fuera «auténticamente de izquierdas». Esa táctica fue la que llevó a IU al pacto con los socialistas en las elecciones de 2000 (que el PP ganó por mayoría absoluta) o, más recientemente, al acuerdo de gobierno en Andalucía.

La evolución de Podemos ha sido espectacular, no sólo por el aumento en sus expectativas electorales, sino también en la adecuación de sus mensajes. Con orígenes tan diversos como IU, Izquierda Anticapitalista y los movimientos ligados al 15-M, Podemos ha girado desde planteamientos cercanos al marxismo-leninismo a posiciones homologables con los partidos socialdemócratas.

Les pondré un ejemplo. El programa de Podemos para las elecciones europeas del pasado mes de mayo incluía el «derecho a una renta básica para todos». Esta propuesta suponía que todos y cada uno de los ciudadanos, por el hecho de serlo, tendrían unos ingresos garantizados por parte del Estado de unos 7.500 euros anuales (lo que se considera como el «umbral de la pobreza»). Según los cálculos de Jordi Arcarons y Daniel Raventós (redrentabasica.org), que son dos de los principales defensores de esa propuesta, aplicarla supondría una transferencia de renta de los contribuyentes con mayor renta (los ricos) a los de las más bajas (los pobres) de 35.000 millones de euros. La financiación de la renta básica se lograría con una reforma fiscal que supondría aplicar un tipo único de IRPF de «algo más del 49%». Un informe oficial que maneja el Banco de España multiplica por diez (337.000 millones) el coste de la aplicación de la renta básica, al margen de otras nefastas implicaciones económicas, como la deslocalización empresarial, el efecto llamada que provocaría, o simplemente la desincentivación para trabajar. Hay que tener en cuenta que cada miembro de la familia recibiría esa renta: 7.500 euros el considerado «primer adulto», 50% de esa cantidad para el resto de los mayores de edad y 30% para los menores. Así, una familia con dos hijos (uno de ellos mayor de 18 años) recibiría, de entrada, sin trabajar, 17.500 euros al año sin ninguna retención fiscal.

Sin embargo, en el programa económico presentado por Podemos el pasado 27 de noviembre (elaborado por Juan Torres y Vicenç Navarro) ya no se habla del «derecho a una renta básica para todos», sino de «establecer un sistema de renta mínima garantizada», que no se concreta ni en la cantidad a percibir ni en el número de personas que tendrían derecho a ella.

La cuestión no es baladí, ya que implica situar en una nebulosa (como la sociedad sin clases de los primeros comunistas) una de las medidas más revolucionarias del programa de Podemos y que conectaba a este partido con otros movimientos radicales antisistema europeos (ligados a la red BIEN: Basic Income Earth Network).

El pragmatismo de Iglesias se vio reflejado en su discurso del pasado domingo en Barcelona, en un pabellón de Vall d’Hebron abarrotado de gente joven. El líder de Podemos defendió «el derecho a decidir para todas las cosas» y dijo que él prefería que Cataluña se quedase en España. Es un mensaje suficientemente ambiguo como para calar en votantes de ICV y del PSC. Si, además, lo salpicamos de proclamas contra la «casta española» provoca el éxtasis incluso en los votantes de la CUP.

Pero Iglesias ya sabe que se ha comido prácticamente a Izquierda Unida y que le ha robado un buen trozo del pastel electoral a otros grupos como la CUP, Compromís e incluso Bildu.

No, esa no es la cuestión ahora. Esa no es la causa de la moderación del discurso. El objetivo es el PSOE.

Por fin, la vieja idea del sorpaso, esa aspiración imposible que tanto Carrillo como Anguita tuvieron alguna vez en la cabeza, que un partido comunista pudiera superar a los socialistas, podría convertirse en realidad de la mano de Podemos. Esa es la fuerza del partido de Pablo Iglesias, que da a sus seguidores confianza en que el triunfo es posible.

Ese movimiento táctico y la constatación en las encuestas de la solidez de Podemos es lo que pone de los nervios a los socialistas.

¿Qué ha hecho Pedro Sánchez ante tal amenaza? Sencillamente ha pasado de una postura firme de rechazo a un posible acuerdo con Podemos a un posibilista «depende del programa a aplicar y de quien lo lidere».

Habría que recordarle al secretario general del PSOE que así empezó Cayo Lara y en pocos meses, y aún renunciando él mismo al liderazgo de IU, su coalición no ha logrado que Podemos se le ponga al teléfono.

El mayor peligro que corre el PSOE es que sus votantes lo perciban como un partido que ha renunciado, de entrada, a su vocación de gobernar en solitario.

Los cinco meses que quedan hasta las elecciones municipales y autonómicas van a ser cruciales para comprobar la fortaleza del PSOE y la consolidación del liderazgo de Sánchez. A medida que el líder socialista se deje seducir por el atractivo de Podemos su debilidad será mayor.

Por su parte, el PP está haciendo justo lo que Podemos quiere que haga.

En un primer momento le trató incluso con simpatía: era una cuña que debilitaba al PSOE. Ahora están en una fase aún más peligrosa: lo desprecian y a la vez creen que es un fenómeno coyuntural que terminará desinflándose; en fin, un suflé como el del soberanismo en Cataluña. Ya hemos visto lo acertado de esos análisis por los que hay gente que incluso cobra dinero.

Podemos es una fuerza política que va a tener una importante representación en comunidades y ayuntamientos y que va a lograr un gran resultado en las generales. Son un enemigo político serio al que hay que tratar con respeto y al que hay que combatir con inteligencia, porque su proyecto político implica un cambio de modelo sustancial respecto al que hemos conocido desde 1977.

Su moderación es sólo un cambio de piel para lograr votos y poder. La casta acabaremos siendo todos los que no apoyamos a Podemos.

Casimiro García-Abadillo, director de El Mundo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *