Podemos como síntoma

Una de las novedades que nos está proporcionando el inicio del curso político es la publicación de encuestas que señalan que la intención de voto a Podemos sigue creciendo con respecto a los ya buenos y sorprendentes resultados que obtuvo en las elecciones europeas de mayo. Digo sorprendentes porque ninguna encuesta previa de entonces había sido capaz de detectar la magnitud de su éxito. Ahora hay encuestas que llegan a colocar a este movimiento muy cerca del PSOE como segunda fuerza política de España. Y en Madrid parece que ya lo sería, según algunos de estos sondeos.

En la historia democrática de España no se había dado nunca un fenómeno de estas características: la irrupción de un grupo político (aún no está claro si es un partido político o si se trata de una especie de movimiento de vocación populista, como el chavismo en Venezuela) que, en tan poco tiempo, haya alcanzado este grado de desarrollo y de aceptación por parte de bastantes ciudadanos. Por eso, la aparición de este movimiento debería ser un aldabonazo en las conciencias de todos los que, de una u otra manera, nos dedicamos a la política. Y debería obligarnos a reflexionar en profundidad acerca de lo que ha pasado y pasa para que se haya producido este fenómeno.

Porque, que un movimiento de corte y discursos populistas y de ideología y métodos extraídos del marxismo-leninismo, que, además, tiene como modelo confesado el siniestro régimen chavista de Venezuela, haya alcanzado este auge en tan poco tiempo entre los ciudadanos españoles necesita una explicación. Que haya –según algunas encuestas– hasta un 22 por ciento de ciudadanos dispuesto a votar una opción política que ha llevado al desastre total a los países donde han sido aplicados sus métodos y sus programas exige una reflexión de todos.

Es verdad que la dureza y la larga duración de la actual crisis económica, con unas cifras de paro verdaderamente escandalosas, sobre todo entre los más jóvenes, son un adecuado caldo de cultivo para que medren movimientos que ofrecen soluciones populistas y demagógicas. Está ocurriendo en otros países de nuestro entorno, aunque en ellos el paro no sea tan grave como en el nuestro. Pero la irrupción de un grupo que se declara abiertamente comunista de los de antes, que ni siquiera se mira en el «eurocomunismo» del Carrillo de la Transición, sino en el marxismo-leninismo, constituye un fenómeno exclusivamente español.

Esta peculiaridad española creo que se debe, en gran medida, a los errores que los políticos españoles hemos cometido en los últimos tiempos. Unos errores que han provocado el hartazgo de muchos hacia las opciones políticas tradicionales. La proliferación constante de casos de corrupción a la que hemos asistido últimamente es un gravísimo factor a la hora de provocar el rechazo de los ciudadanos hacia los políticos. A esto hay que añadir el exceso de poder de las élites en los partidos y la falta de democracia dentro de ellos, que impiden que lleguen a la cúspide de los partidos las voces de los ciudadanos y su malestar. A esto hay que unir una ley electoral que, como ya hemos señalado muchas veces, aleja a los electores de los elegidos y que conduce a que los cuadros de los partidos estén siempre más atentos a quedar bien con los jefes que a preocuparse y ocuparse de los problemas de los ciudadanos.

Solo si consideramos estos errores de los políticos de los partidos tradicionales junto a la dureza de esta crisis económica (una crisis que está provocando que, por primera vez en nuestra Historia, la generación de los hijos va a tener más dificultades de las que encontraron sus padres), se puede entender el descontento de algunos españoles, que les lleva a considerar a Podemos, que es un movimiento de rancio comunismo y recetas muy antiguas y fracasadas, una opción regeneradora.

Ante este panorama, los partidos clásicos tienen que reaccionar sin dilaciones y sin contemplaciones. Los ciudadanos quieren ver que los corruptos son castigados de verdad por sus propios partidos y no solo que se deje en manos de una lentísima Justicia la solución de los casos. Los ciudadanos quieren ser escuchados, también de verdad, por los políticos. Los ciudadanos quieren que los políticos den la cara y se expliquen claramente. Los ciudadanos quieren que el malestar de la calle lo hagan suyo los políticos.

La responsabilidad de esta tarea regenerativa no incumbe solo a los políticos de la izquierda, que parece que, hoy por hoy, son los más amenazados por el movimiento de Podemos. Nos incumbe a todos. Porque, que no se engañe nadie, Podemos y sus propuestas pretenden dinamitar el régimen de libertades que nos hemos dado. Y sería imperdonable que este movimiento siguiera creciendo por nuestros errores y nuestra falta de sentido de la responsabilidad.

Esperanza Aguirre, presidente del PP de Madrid.

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