Podemos llegar a ser ciudadanos

El programa La Tuerka emitido el 29 de noviembre de 2012 se abre con una presentación de Pablo Iglesias en la que, literalmente, dice: “¡Qué bonita es la palabra ‘paraíso’!, ¿verdad? Viene incluso en la letra de La internacional: ‘La Tierra será el paraíso, patria de la humanidad’. ¿Pues sabéis qué? Yo creo que a la izquierda le iría mejor si en lugar de prometer paraísos para los parias de la Tierra prometiera un buen infierno rojo para los ricos” (sic).

Cuarenta minutos después, Iglesias entrevista a Albert Rivera y le pregunta: “Vosotros ¿sois de izquierdas o de derechas?”. Rivera le responde: “Nosotros somos un partido progresista y no sectario, somos un partido que defiende la socialdemocracia y el liberalismo progresista; y un partido que nace en el siglo XXI, pues, evidentemente, no se rige por los criterios de hace dos siglos. Pero, en cualquier caso, somos un partido reformista, no nos gusta cómo está funcionando este país y venimos a cambiarlo”. “Parece que no se defiende mal”, concluye Iglesias al cerrar la entrevista. Y a la vista de lo que ha empezado últimamente a responder el propio Iglesias cuando le preguntan si Podemos es de izquierdas, habrá que concluir que él mismo parece que no disimula mal.

Un partido político, en la práctica, funciona como si fuese la mezcla de una empresa, un ejército y una Iglesia: necesita tener muy clara la diferencia entre sus clientes y los de la competencia, entre el soldado propio y el enemigo, entre los fieles y los paganos. Es lógico, pues de esa diferencia depende la cuenta de resultados, la victoria o la derrota, la salvación o la condena electoral.

Cuando un nuevo partido tiene éxito e inicia una trayectoria ascendente, empieza a recibir una catarata de nuevos militantes deseosos de combatir “altruistamente” por los intereses de la sociedad. Pero en cuanto se incorporan empiezan los navajazos para repartirse los puestos (imprescindibles para tan “noble” combate) de sargento, de capitán y de general. O de monaguillo, sacerdote, obispo, cardenal y, como haya ocasión, de Papa. O de recepcionista, secretario, jefe de sección, director general, presidente…

Del equilibrio que logre el nuevo partido entre la realización de sus ideales y las inevitables ambiciones personales de sus dirigentes y militantes dependerá el éxito del proyecto. El orgullo y el deseo, dos componentes básicos, nucleares, de todo ser humano (desde el origen de la especie hasta las sociedades más avanzadas del siglo XXI), son factores con los que ha de contar quien quiera entender algo de las dinámicas psicosociales. Pero orgullo y deseo tienen que ser cuidadosamente manejados, satisfechos, limitados y canalizados, si se pretende que una organización colectiva (como lo es cualquier ejército, Iglesia, empresa o partido político) ofrezca a la sociedad en la que se inserta más beneficios que daños, a la vez que satisface las legítimas aspiraciones de los seres humanos que la forman y reprime las ilegítimas. Cuando ese equilibrio se rompe, la institución fracasa por exceso de idealismo o, lo que es mucho más frecuente, por exceso de corrupción.

Quizá ahora tenga Ciudadanos la oportunidad de no hacer lo que ha hundido a sus predecesores y facilitar al máximo la unidad, la armonía y la colaboración entre todos los españoles que ya no esperan mucho de PP y PSOE (empeñados en seguir compitiendo por el papel de protagonista en la historia del increíble partido menguante) y que tampoco quieren un infierno rojo, que sería tan infernal para los pobres como para los ricos: lo demuestran claramente todos los intentos que recoge la historia del siglo XX a cualquiera que la lea sin anteojos leninistas. Incluso aunque se trate de un “leninismo dulce”, como el que proponían los chicos de Podemos cuando todavía decían algo de lo que pensaban. E incluso entonces ocultaban que “leninismo dulce” es como llaman a sus propias ideas los partidarios del totalitarismo amargo hasta el día en que logran tomar el poder.

En la medida en que un grupo político empieza a ver la posibilidad del triunfo, va reduciendo sus niveles de sinceridad, va utilizando un lenguaje cada vez más ambiguo y va ocultando sus proyectos concretos para no espantar a los posibles votantes. Es lógico, pues cualquier decisión política suele beneficiar a unos y perjudicar a otros. Cuanto más explícitos y más concretos sean los programas políticos, más probabilidades hay de que los futuros perjudicados por ellos se vayan a dar el voto a la competencia.

Quizá una de las razones por las que Albert Rivera está triunfando en el año 2015 es porque aún dice cosas tan concretas como que piensa suprimir las Diputaciones (con lo que muchos miembros de la casta política —término que Rivera empleaba antes de que existiera Podemos— tendrían que “buscar oficios honestos”, como soñaba Borges que llegaría a ocurrirles a todos los políticos). O, más concretamente todavía: reducir el número de Ayuntamientos españoles desde los 8.115 actuales a no más de 1.000, fusionando obligatoriamente todos los que tienen menos de 5.000 habitantes. ¿Es posible imaginar la mejoría de prestaciones que eso supondría para sus habitantes, que dispondrían de servicios imposibles de financiar en un Ayuntamiento con 2.000 vecinos? Y además, suprimiendo de un golpe 7.000 puestos largos de alcaldes y otros tantos de concejales de urbanismo, con el espectacular ahorro que eso supondría en sueldos legales, sin mencionar siquiera el de las comisiones ilegales. (Por cierto, quizá no sería mala idea aplicar la misma argumentación también a la otra estructura territorial, haciendo que los 17 estaditos en que ahora se divide el llamado “Estado español” se redujeran a seis o siete).

¿Qué deberían hacer los dirigentes de Ciudadanos ahora que les ha llegado la época de vacas gordas? Lo primero es evitar que el orgullo y el deseo de dirigentes y militantes acaben corrompiendo los aspectos positivos de un proyecto que, por su carácter laico y posnacionalista, por la solidez intelectual de sus fundamentos originarios y por las circunstancias que le han allanado el camino, quizá tenga pronto la ocasión de llevar a la práctica lo que proponía su primer manifiesto en el año 2005: que un “partido identificado con la tradición ilustrada, la libertad de los ciudadanos, los valores laicos y los derechos sociales”, oponiéndose “a la destrucción del razonable pacto de la Transición que hace poco más de 25 años volvió a situar a España entre los países libres (…) contribuya al restablecimiento de la realidad”. Esta última frase del viejo manifiesto ha sido retocada por C’s en su ideario de 2015 como “restituir el principio de realidad en la política española”. Y para restituir el principio de realidad hay que hacer lo contrario de lo que es habitual entre los que procuran ocultar sus intenciones y se escurren entre palabras vagas sin concretar nunca sus proyectos.

José Lázaro es profesor de Humanidades Médicas en la UAM. Coeditor del libro Ciudadanos. Sed realistas: decid lo indecible (Segunda edición, 2015).

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