¿Podemos volver a crecer?

Supongamos que el o la cabeza de familia de una familia ha perdido su empleo. La disminución de sus ingresos implica que no podrá hacer frente puntualmente a los pagos de su hipoteca, de modo que acude a su banco y explica su situación. ¿Qué le pedirá la entidad financiera? Que reduzca sus gastos corrientes y que aumente sus ingresos. Pues eso es lo que vienen pidiendo nuestros acreedores desde que estalló la crisis de la deuda soberana: austeridad.

Pero «solo con la austeridad no resolveremos la crisis», gritamos. Es verdad. Por eso pedimos a nuestros acreedores que nos dejen más tiempo para reducir nuestro déficit público, de modo que nuestra recesión sea menos violenta. Pero esto no es suficiente, y volvemos a pedir: «Europa debería ayudarnos». En términos de la familia de nuestro ejemplo, lo que estamos haciendo es pedir a nuestros primos que transfieran algunos de sus ingresos a nuestra maltrecha economía familiar. O, dicho con más claridad, estamos pidiendo a los ciudadanos alemanes y austríacos que nos hagan una donación; o un préstamo en condiciones tan favorables que sea, de hecho, un regalo.

Podemos pedir, claro. Pero me parece muy poco probable que nos lo den. Primero, por su cuantía: una aportación a España, Italia, Grecia y Portugal del 1% de su PIB, que no resolvería muchos de nuestros problemas, supondría aumentar el presupuesto de la Unión Europea (UE) en más del 25%: no parece viable, al menos a corto plazo. Y, sobre todo, pregúntese el lector si estaría dispuesto a ayudar a alguien, que ni siquiera es pariente suyo, cuando sufre una necesidad que él mismo se ha provocado por gestionar mal sus asuntos en el pasado, gastando una renta que no tenía y viviendo de un crédito que no sabía si podría devolver.

«Eres muy duro en tus apreciaciones», me dice el lector, «y probablemente injusto con nosotros, los pobres españoles». Puede que sí, pero si tu primo piensa así de ti, ya me dirás cómo le convences para que te ayude. ¡Ah!, y si lo hace, detrás vendrán los griegos, italianos y portugueses, y después, ¿por qué no?, muchos otros miembros de esta familia de 27 países que formamos la Unión Europea.

Moraleja: la recuperación de nuestra economía depende de nosotros. Es la hora de las reformas. Una reforma es un cambio en las reglas del juego que altera la estrategia económica de un país. Un acuerdo para moderar el crecimiento de los salarios, como el que tomaron hace unos meses la patronal y los sindicatos, no es una reforma; el cambio en la naturaleza, cuantía y condiciones de los costes de despido sí lo es, porque modifica los incentivos a contratar, retener y despedir trabajadores. Después de una reforma estructural «las cosas ya no son como antes». Las reglas del juego no deben alterarse con demasiada frecuencia, pero de vez en cuando es necesario corregir vicios acumulados o adaptar el país a las nuevas condiciones de la economía internacional.

Las reformas no sirven para recuperar el crecimiento cuando el país está en recesión. Más aún: a menudo, los costes de una reforma agravan la situación a corto plazo. La familia con deudas tendrá que renunciar a sus vacaciones, ahorrar energía, seguir con el coche viejo¿ Esto no mejora el nivel de vida, claro. Pero cuando el deterioro estructural es grave hay que hacer reformas. Porque es una manera de cambiar las estrategias de los agentes económicos.

La reforma laboral, por ejemplo, puede crear en los empresarios la expectativa de que, cuando llegue el momento de aumentar la producción, los costes laborales serán más bajos, de modo que será rentable crear más puestos de trabajo. Una reforma en las leyes de la competencia puede representar una reducción de costes para muchas empresas, lo que moverá a nuevas decisiones de inversión y a la introducción de nuevas tecnologías. Y una reforma energética supondrá también un cambio de ventajas competitivas para muchas empresas.

Todo esto nos conduce a otro argumento: las reformas crean la expectativa de que, en adelante, algo será más fácil, más barato o más competitivo, de modo que valdrá la pena llevar a cabo una inversión o una nueva iniciativa. A corto plazo, las cifras macroeconómicas -crecimiento del PIB, inversión, consumo, desempleo, déficit exterior- seguirán siendo negativas, pero las actitudes de los agentes económicos serán, probablemente, mejores. Y lo que nos sacará de la recesión son esas expectativas, no un aumento del gasto público.

Pero esto será verdad solo si las reformas son correctas y están bien planteadas y bien ejecutadas, superando las barreras de la oposición popular, de los intereses creados, de las dificultades administrativas, del pesimismo de los medios de comunicación y de las actitudes ideológicas. O sea, no todo lo que se anuncia como una reforma arroja resultados positivos. Al final, hace falta acierto, acompañado de capacidad de rectificar los errores, perseverancia, la colaboración de todos (chicos: tenemos un problema, y no solo los padres, sino todos)… y, por qué no, suerte.

Por Antonio Argandoña, profesor del IESE. Universidad de Navarra.

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